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Frustración

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Título: las tres guerras. Autor: José Antonio Pérez. Consultar referencia aquí Imagen extraída de google images L a mañana que Ernesto y la muerte se miraron a los ojos no fue distinta de otras. Él siempre creyó que se vería sorprendido, que se encontrarían de improviso y que ese encuentro sería fugaz, pero no fue así. Se aguantaron la mirada durante largo rato, uno frente al otro, a través del espejo del baño. Supo que aquella mirada era la de la muerte porque sus ojos no brillaban y las arrugas eran profundas, surcos negros en su frente y en sus labios que se habrían paso hacia dentro, dejando asomar, a poco que se fijó, el color blanco y brillante de sus huesos. Llevaba algún tiempo esperando el encuentro. Incluso pensó, llegada la hora, que la espera había sido larga, lo cual era normal, también pensó, aunque tampoco era tan viejo, siguió pensando. Pero Ernesto estaba cansado de recorrer su vida y ahora, que se encontraba al final del camino, justo al final de nada, en e...

El péndulo

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Fotografía: Péndulo Autor: Miguel A. Brito Un ritmo claro, pausado, imperturbable. Me someto a sus manecillas que me hacen señas, dirigiendo en la casa la hora del almuerzo, la hora del telediario, la hora del café de media tarde. Sólo me permite decidir que me lo tome amargo, porque ¡hasta feo estaría, que en mi café mando yo aunque él ponga las horas! Me acerco demasiado y se ríe de mi, atrapa mi reflejo en su péndulo cromado. ¡Será engreído el puñetero reloj! Don Sabino, su dueño, me dice que él tenía cinco años cuando el aparatejo llegó a su casa, que vino de muy lejos, de La Habana quizás. Yo vuelvo la mirada hacia él y veo su cara llena de arrugas y las comparo con las vetas en la madera del reloj, igual de hondas, igual de oscuras. Han crecido juntos, envejecen juntos. Sus corazones laten igual de pausados, golpes miméticos, sincrónicos. Fantaseo imaginando una conexión inalámbrica desde el primer día que el reloj entró a su casa; un tic pendular que se cuela por sus oídos...

Plegaria

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M i vida es un asco, sobre todo en lo que se refiere al asunto de la suciedad de mis pensamientos: Señor, perdóname señor. No puedo evitar hurgar en sus vidas y tirar de sus hilos enredados. A veces quisiera no llegar tan lejos, quedarme sólo en el umbral de la puerta de sus alcobas, pero ellas se abren a mí como flores pidiendo agua, y yo las intento regar con palabras de consuelo, de compasión por sus actos tan humanos e impuros. Sus confesiones se me clavan en lugares remotos que ya no recuerdo si un día exploré. Son como plantones negros de malvas que crecen eternas, con raíces que arañan mis intestinos y encojen mis pulmones y me hacen respirar hondo para no morir ahogado. Se me encharca el estómago, se convierte en un pantano. No me puedo arrancar sus voces de mi cabeza, vuelven y vuelven y revolotean resonando como graznidos en la noche. Al darles la comunión y ver cómo de mis manos a sus bocas se derrama tu cuerpo sagrado y en vez de paladearte agradecidas te engull...

El zumbar de las cucarachas

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F ede cenó lágrimas de rabia en su habitación. Sólo. ¡Cómo se puede ser tan insensible! , se decía. Había reunido fuerzas para darle un beso de buenos días a Cris en el patio del recreo. Ella aceptaba los besos en la mejilla de todos los chicos, además parecía que le gustaba, pero él nunca se había atrevido. ¿A qué olerá su mejilla? , se preguntaba. Se acercó, le dijo hola y la besó. Ella respondió con un sonoro soplamocos que tuvo el efecto de un cohete de feria y estalló en risas estridentes alrededor suyo: el mayor ridículo de la historia. ¿Qué haces imbécil?, le dijo. El día fue largo, muy largo. Fede sintió como si la noticia del bofetón hubiera tenido alcance internacional, mucho más que la muerte de Lennon a manos de aquel psicópata el día anterior. Lo podía leer tras él en las miradas y las risas por lo bajo de los compañeros de clase y de las otras clases. El suceso se extendió como una pandemia. Quiso por un momento que se recolocara el mundo y que el puto esp...

La última lágrima

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Una furtiva lágrima Aut: Nicoletta N o puedo perdonarme el día en que su última lágrima se escurrió entre mis dedos sin poderla atrapar. Asomó por la esquina de su ojo izquierdo, el juguetón y vivaz, el que tiempo atrás repasaba mis imperfecciones, divertido, sin apenas inmutarse. Ahora se vació y luce marchito, apenas una hoja trémula agitada por el viento a punto de dejar su árbol y caer al vacío y cerrarse del todo, como lo hicieron sus labios después de decirme adiós. Esa última lágrima estaba tan cerca. Quizás un leve toque de entusiasmo la habría retenido en su cuna y hubiera salvado a su ojo de secarse para volver a lucir el brillo húmedo que siempre tuvo, el de una fuente chapoteósica y risonante. Hoy su mirada es gris y asonrisada.  Traspasa mi cuerpo más allá del rellano, y me siento el espectro de una tumba sin nombre. Su ojo busca un camino perdido o un infierno por recorrer y mi voz susurrada para no asustarla es un sordo aliento infecundo. La mesa de nuestros en...

Un brindis por mi

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¿Que por qué vengo yo aquí? ¿A mí qué me pregunta? Es mi madre la que dice que estoy enfermo y que digo cosas raras de que me quiero morir. Pero yo no estoy loco, estoy bastante cuerdo, más que ella. ¿Cómo? ¿Desde cuándo pienso esto? Creo que fue desde que mi novia me pidió casarnos porque estaba embarazada. Dice que ocho años de noviazgo son demasiados. Igual lleva razón, pero es que yo nunca le dije que me quisiera casar, solo vivir juntos, como novios, como cuando estábamos en la universidad. Lo del niño no estaba previsto, es cierto, pero no me parece que el que no me quiera casar sea un acto de egoísmo. Por ejemplo, yo nunca le he sido infiel aunque haya tenido oportunidad y a mi siempre me ha gustado ella, pero me ha gustado así, de novios. Ya se que usted no me ha preguntado si le he sido fiel o infiel, pero se lo cuento para que vea que no soy egoísta, que pienso en ella también y también en mi y en el hijo que espera, y yo no quiero casarme aunque ella quier...

El entierro de tío Fidel

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M e pone nervioso decir cosas trascendentales. Me pasa mucho con las chicas. Cuando quiero decir que están guapas, termino enredándolo todo, y ellas acaban entendiendo que las llamo rechonchas o zancudas o cuellilargas. Me pasa siempre. Por eso ya casi no hablo, solo escucho y muevo la cabeza.  De todas las veces que me ha pasado, lo del funeral de tío Fidel fue lo peor. Yo tendría quince años y era la primera vez que asistía a un entierro. Me resultaba violento dar el pésame a mi tía porque, cuando la gente lo hacía, ella lloraba y gritaba. Me parecía que le hacían daño y yo la quería mucho. Decidí esperar a que se sintiera mejor, pero el tiempo pasaba y ella peor se ponía, ¡venga a llorar! Llegó el momento de poner la caja en el nicho y ya no quedaba otra. Me puse a la cola. Mientras me acercaba iba practicando y me repetía lo de mi sentido pésame . ¡Lo hice veinte veces por lo menos! Cuando llegué donde ella estaba, la abracé y le dije felicidades . Me quedé helado. Ella llo...

Te veo.

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Cumplía doce años cuando lo vi por primera vez. Me espiaba desde la calle, con su largo gabán y su sombrero calado. Bajo las sombras de su cara se dibujaba una sonrisa a medio hacer, la de quien disfrutaba contemplando mi miedo. Desde aquel día me acompañó cada día al colegio. Esperaba tras la esquina de clase, se sentaba a mi lado en el comedor, contempló mi cuerpo desnudo en la ducha. Pronto dejé de cerrar las puertas. Ninguna llave podía separarnos. Los perros nunca le ladraron. No olían su presencia. Acompañaban con gemidos preocupados los gestos de inquietud de mi cara. Quise compartir con mi madre y mis amigas su presencia, pero ellas no querían saber nada de él. Nos dejaron solos. Hoy hace treinta años de aquella primera vez. Él sigue a mi lado y aún no veo sus ojos. Su risa se ha esfumado. Ya no se alimenta de mis miedos.

Tablas

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N os sentamos. Un saludo inicial, protocolario, más distante y frío de los que acostumbramos, dió paso a nuestro juego. Te tocó mover primero: Las Blancas cayeron de tu lado y las Negras del mío. Te decantaste por una apertura de centro, y esos movimientos de imitación ya escritos siguiendo el guión de los maestros, nos llevaron a las posiciones igualadas y previsibles del  gioco piano  de la defensa italiana. No podía ser de otra manera porque antes, mucho antes de empezar a jugar, sabíamos que no podíamos hacernos daño. Sin embargo, algunas de mis intenciones avivaron tu curiosidad dormida, y te acercaste titubeante hasta el umbral de mi puerta, que encontraste entreabierta, pero el miedo a entrar del todo y verla cerrar a tus espaldas, te hacía esperar, quieta, escrutando el interior oscuro de mi estancia ancha, balanceando tu cuerpo en el filo de un escalón, sin atreverte a dar el paso decisivo que te hiciera caer y rodar, engullida por tus propios impulsos. Volviste ento...

Vivir la noche.

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Texto ganador de la 3ª convocatoria de la Noche en Blanco 2012 - San Cristóbal de La Laguna. Me sentí especialmente bien cuando escribí y presenté este texto a la 3ª convocatoria de la Noche en Blanco 2012. Verlo ganador, me ha llenado de alegría. Es la primera vez que me siento así por escribir y espero que no sea la última. Gracias a todos vosotros, los que me leéis y que hacéis que cada día me exija un poco más. Para todos vosotros mi dedicatoria. Vivir la noche. La noche se colaba en él casi sin darse cuenta. Le gustaba esperarla en la costa, al lado de su fiel amigo, justo donde sentía el batir de las olas contra las afiladas rocas del acantilado, al tiempo que el ensalitrado rocío se acomodaba en los pliegues de su cara y las pardelas acudían a picotear sus pensamientos. Así era hasta el alba, cuando su compañero, lamiendo su mano, le avisaba que era la hora de volver. Prefería vivir la noche y dormir el día, total, la luz hacía ya mucho tiempo que no gobernaba sus c...

Instante

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E l corazón calé martilla su pecho de amante mancillado tras acabar en un instante, de dos zarpazos ciegos, con la amistad traicionada y el amor sentido. Ahora en su cabeza solo queda un grito sordo y el vacío eterno teñido de carmín.

Moño Triste

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La expresión de Moño Triste es la de un higo secado al sol de agosto. Nos quiere echar de la calle con su mirada. Aquella calle que un día fue suya y en la que ahora campamos a nuestras anchas a pie o en ruedas de a dos o de a cuatro. Pisoteando pasados sin pedir permiso. Miro hacia su ventana en el segundo piso, y parece, en el retablo de la fachada, la imagen de la Virgen de los Santos Ascos. Más allá del cristal y su torneado moño cenizo, no alcanzo a ver más que sombras, y la envidio por no poder saber más de ella que lo que ella sabe de mi. Conoce mi gusto por el café de las diez en la Cafetería de la Petra, que me gusta leer El Ideal, y que me meto los dedos en la nariz cuando nadie me ve. Nadie salvo ella, Moño Triste. Hoy veo su altar vacío. Solo quedan las sombras. Petra me dijo que anoche salió, con los pies por delante, para dar un último paseo por la calle que un día fue suya.

Volver a Ser

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      E l viejo escritor llegó al pueblo que lo vio nacer. Llevaba ya unos años, buscando en su interior una inspiración que se le negaba, vaciado por dentro como estaba de tantas vidas y lugares creados y escritos.  Salió temprano por la mañana y los aires de primavera le recibieron abrazándolo como lo hubiera hecho su difunta madre si hubiera vivido aún. De aquellos años sólo quedaban vagos recuerdos en su memoria gastada.  Llegó a la vieja plaza que había sido testigo de sus correrías de juventud. Sus carreras para llegar al colegio, sus primeros escarceos de amor, el primer beso robado, a escondidas, en la noche... Se sentó en el viejo banco a observar y cerró lo ojos y sacó su libreta nueva de color verde, donde escribiría la que intuía sería su última obra literaria, más intimista, más autobiográfica: “Copas de laureles cubrían de un verde manto la plaza” escribió. Paró por un momento de escribir. El olor a pan recién hecho le trajo el recuerdo de d...