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Encuentros de cabina.

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M atías tomó asiento en ventanilla. La casualidad quiso que Manolita, una desconocida septuagenaria como él, cayera en su misma fila pero en pasillo. Así lo pidió, por si le entraban las urgencias. Se fijó en ella antes, en la terminal, mezclada entre los otros treinta viajantes del grupo. Se miraron como deslizando los ojos desde la cara a los pies y luego a un punto al azar, con la intención de demostrar que el cruce de miradas era tan casual como carente de intención. Entre ellos se sentó una joven de labios perfilados y pechos turgentes lucidos en un escote generoso hasta el insulto, muralla insalvable, que impedía ver y ya no digamos intimar a los dos ancianos durante el viaje. La chica se incomodó con las miradas de Matías que se reclinaba sobre su hombro intentando saltar los obstáculos, y no tardó en quejarse a la tripulación y pedir cambio de asiento por culpa del viejo verde . La ubicaron en primera, al lado de un ejecutivo de percha y pelo brillante que dejó inme...

Sábanas vencidas.

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Sus alcobas se tiñeron de malva en la noche, aún cuando solo había maderas gastadas bajo las tejas del techo. Elena en su cama y Carmelo en la suya. Habían encontrado en el baile un resquicio para burlar las miradas: las de la madre de ella apoltronada en la bancada de la plaza, también las del padre por encima del vaso de vino, y las del hermano, con esa mirada del que mata sin hablar. Carmelo imaginaba cómo sería tocar su piel por debajo del vestido, y no podía evitar un arranque de deseo incontenible escapando de sus pantalones, hasta notarlo ella martilleándole el ombligo. Estaban, ahora sí, bailando según lo acordado hacía dos semanas en susurros, juntando sus manos que antes habían acariciado sus partes, aquellas que no se podían nombrar, sacando a bailar sus aromas ocultos. De regreso a casa se llevaron olores mezclados en sudor, el de toda una noche de manos juntas. En sus camas solitarias durmieron acompañados, lamiendo, oliendo, gimiendo, tocando lo propio pensando en...

Boleros por no llorar

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W illiberto llegó de Cuba con su danzón, su trompeta abollada y sus bembas risueñas y su negro retinto. Para él ser pobre no era para llorar y buscaba en las estrecheces una pista donde sacar a bailar su risa. Llegó a las calles de Santa Cruz, buscando prosperar. Acá la cosa está buena, hermano. Es como estar en casa, pero con más que comé . Esto le decía Rubén, el primo mayor, cardiólogo en Camagüey y médico de urgencias en Santa Cruz. Williberto se vino con lo puesto para poner azúcar a las calles, y se juntó con Carmelo el Culebra que hacía vibrar el bongó como nadie, y su repertorio lo hicieron de rumbas y danzones. No encontró lo que soñaba. Primo, la vaina cambió sin darme cuenta, le dijo Rubén. Hacía bailongos, acompañaba con palmas los solos de Culebra , arpegiaba la trompeta hasta espantar las palomas,... nada hacía tintinear los euros ni dibujar sonrisas. Pa’la guapa señora este danzón , y la señora cambiaba de acera. Ya Williberto no toca rumbas, solo...

El color del miedo

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E ntraron en el mar. Era la primera vez que Luis sentía aquel líquido frío y salado rodeando su cuerpo. Las olas le tambalearon y pronto perdió sus referencias. Empezó a sentir miedo por no saber dónde se encontraba; se había desorientado. Se aferró con fuerza a las manos de Sonia. Ella era sus ojos. Luis se había perdido muchas experiencias en la vida a causa de su ceguera, pero después de conocerla, con ella  había descubierto más en unas semanas que en el resto de sus veinticinco años de oscura existencia.             –Tengo miedo. No me sueltes por favor –Luis temblaba algo por el frío y mucho por el miedo.             –No temas que no te voy a soltar –Sonia le intentaba tranquilizar–. ¿No te gusta?             –No, esto no me gusta. No es como cuando subimos a la Noria o cuando me enseñaste el t...

Atrás queda.

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U na vez escuché decir que para huir del pasado, lo mejor era correr hasta morir. Así que, un buen día, me calcé las playeras decidido a rubricar mis senderos con la firma de mis calzas. El trabajo había matado mi familia, y la tristeza que sentí mató el trabajo, y una mañana me dije, ¡Al cuerno, me voy a echar a la calle a correr!;  oye, dicho y hecho. Quince minutos de carrera acabaron rápido con mis ganas, pero el caso es que me sentí bien. Tan vacío quedé que tuve ganas de volverlo a intentar para ver si así llegaba a conocer el límite de mis fuerzas. Era..., cómo decirte..., como una mezcla de dulce sufrimiento y morbosa curiosidad por conocer dónde terminaba mi existencia. Empecé a pensar que era capaz de huir tan lejos de lo que había sido mi vida, que ésta no podría alcanzarme por mucho que intentara perseguir la peste del sudor de mi esfuerzo. Así empezó mi carrera. Pronto olvidé mi pasado, apelotonado entre hombros, espaldas y pechos, y rancios aromas de tercos maratoni...

Una vida

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U na sola copa. Una sola copa de más. Quizás fuera un chupito, el último. Me lo imagino de vodka-pomelo. No se porqué. Es el regusto que se me ha quedado. ¡Cuántas cenas de navidad truncadas por el mismo chupito! Esa última copa retrasó lo justo el tiempo de frenada. Lo he leído. Cada grado de más, un segundo de menos, y ¡chás! No lo cuentas. Me imagino a sus padres esperándolo para la cena de navidad. Sus abuelos también. Su hermana desolada cuando escuchó por teléfono la noticia. Ella fue la única que me vino a visitar unos días después para conocerme. No me dijo nada. Solo acarició mi mano y derramó una lágrima. Una más.    ¡Cuántas cenas de sillas vacías aquella noche solo por un chupito de más! Los Atestados, que llegarían a casa y encontrarían el guiso frío y el cava caliente. Y el cirujano... Por la hora en que lo llamaron, seguro que lo cogerían entre el consomé y el cordero, justo ahí. Me imagino el pitido del busca al ritmo de las luces del árbol del salón. Un pit y ...

Mil quinientas veces... Dos mil veces.

Aquí os traigo un relato que fue publicado hace algunos meses en el blog La Esfera Cultural y que ha sido leído por José Francisco "La Voz Silenciosa". Una verdadera delicia escucharlo y un enorme placer que lo haya escogido. Muchas gracias, amigo. Espero que os guste y no dejéis de visitar a La Voz Silenciosa en:  http://www.facebook.com/vozsilenciosa

Noche in-tranquila.

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Tac, tic, tic, tic, tac, tic, tic, tic, tac,... Un tac y tres tics. Hasta ahora no me había dado cuenta. Está oscuro aún. Todo casi negro. ¿Qué hora será? Lo peor de cada tic y cada tac es que añaden un fotón más de luz y hoy no quiero que amanezca.  Ese dichoso informe...  ¿Qué le voy a decir mañana a la jefa cuando me lo pida? Nada. Me quedaré ahí alelado, mirándola con expresión de besugo muerto. Quizás vaya siendo hora de que alguien le diga que lo que ella piensa de cómo han de hacerse los despidos es de “crápulainsaseable”. Solo pendiente de salvar de la quema su culo gordo.

Rumiando.

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R aúl quería ser poeta. Con esa vocación había alimentado de goces su cuerpo. Placeres contables e incontables. Viajó por el mundo con actitud camaleónica, mezclado entre sus gentes sin ser visto. Leyó clásicos, los más, y entró en el alma de los poetas hasta alcanzar a ver sus vísceras abiertas. Vio, tocó, olió, bebió fascinado en la fuente de la vida antes de tomar la decisión de escribir y contárselo a todo el mundo. Se sentó a escribir una tarde de mayo. Lo primero que dibujó fueron trazos breves y frases inconexas. Poco fluidas. Nada reveladoras de sus sentimientos. Rompió una y otra vez papeles garabateados de absurdos. Observaba con impotencia cómo sus pensamientos se desvanecían al asomar por la punta de los dedos. Raúl dejó entonces de escribir y se sentó en el sofá del salón para revolcarse en él con sus sentimientos. Amor y odio. Desprecio y fascinación. Deseos incontenibles y ascos infectos. Mezclando palabras y sentimientos elaboró platos a veces placenteros y a veces difí...

Sueños y ensueños.

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M e fijé en él, sentado en la mesa de al lado. Daba pequeños sorbos a una copa de tinto aromático que acompañaba con media ración de buen jamón. Un perfume pasó a nuestro lado taconeando elegante y altivo sin reparar en nosotros. Él siguió su olor, olfateando hasta extraer la última gota de esencia deseando atraparla entre sus manos y sentir su tacto. Cuando se alejó del lugar, él arqueó las cejas y suspiró mientras sonreía. Bebió otro sorbo de la copa, que paladeó con deleite. El sabor del vino y el aroma recién atrapado, seguro que formaban una excitante mezcla en la que recrearse. Incluso, quién sabe si la ensoñación de una experiencia en la que seguir jugando en la noche. Pidió la cuenta. Dejó una buena propina y se levantó. Tomó su bastón y se dirigió golpeteando los adoquines en dirección al paso de peatones a esperar que el piar del semáforo le indicara que podía cruzar. Yo me quedé sentado en la mesa un instante más recordando la espectacular   mujer que había pasado a n...

Impulso Inevitable.

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          A quel día era igual a muchos otros: terraza, sol de tarde, café, la mesa más íntima del lugar... Su cantarina voz, alegre,  rebosante de melodía. Me encantaba su conversación. Llenaba un gran espacio vacío en mí. No recuerdo lo que dije aquella tarde que la hizo sonreir y por primera vez me fijé en sus labios que se abrieron para dejar escapar detrás de su hermosa sonrisa unos dientes blancos como las teclas de un piano. Siguió hablando después pero ya sólo escuchaba de fondo su música como formando parte de una película muda, de las de antes, donde importaba más el movimiento de su boca que el sonido de su voz. Sus dientes blancos se dejaban entrever curiosos apareciendo y desapareciendo rítmicamente tras sus labios. No pude evitarlo y acallé su voz con los míos, traspasando el límite en un breve instante entre la amistad pasada y un futuro incierto consecuencia de mi impulso. De aquel momento queda el sabor, el tacto, el silencio breve per...