domingo, 5 de marzo de 2017

La insoportable levedad del ser - Milan Kundera

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Libro: La insoportable levedad del ser 
Autor: Milan Kundera 
Editorial: Tusquets editores S.A.

ISBN: 978-84-8383-5123-8

PVP: 8,50 € en tapa blanda (Amazon)

Cuestión de contrapesos.

La insoportable levedad del ser, más que una novela es todo un tratado de filosofía, sociología y psicología (todo junto) en poco más de 300 páginas. La obra es minimalista para dejar amplio margen a la reflexión. Cuatro personajes pivotales, no más de seis escenarios en los que moverse, un momento sociopolítico concreto y un perro, casi al final, para dar forma a esa palabra tan compleja y que todos perseguimos y casi nunca alcanzamos del todo: la felicidad.

<<Si Karenin hubiera sido un hombre y no un perro, seguro que hace tiempo ya que le hubiera dicho a Teresa: "Haz el favor, estoy aburrido de llevar todos los días el panecillo en la boca. ¿No puedes inventar algo nuevo?". En esta frase está encerrada toda la condena que pesa sobre el hombre. El tiempo humano no da vueltas en redondo, sino que sigue una trayectoria recta. Ese es el motivo por el cual el hombre no puede ser feliz, porque la felicidad es el deseo de repetir>> 

Rara vez lo he leido tan claro.

Milan Kundera (Brno, Checoslovaquia, 1929-...)  expone en su novela esa teoría de pesos y levedades a través de cuatro personajes principales con los que juega a través de los contrapesos:

- Tomás: Cirujano de renombre con un vicio que contarnos: no puede huir del deseo de seducir a toda mujer que se le ponga por delante. De ellas extrae esencias hasta el punto de mezclárseles todas en la cabeza y llegar a no recordar nombres ni caras. De entre todas ellas, un día llega a llamar a su puerta Teresa, que le acompaña el resto de sus días. La recoge como quien recogió a Moisés del río y mientras vive con ella mantiene sus infidelidades bajo la cansina aceptación de ella. Nunca sabremos a ciencia cierta si la ama o no, ¿o sí? Juzgad vosotros, porque no queda del todo definido.

- Teresa: Aparece un día en la vida de Tomás y no se separa de él. Pasa de ser reportera gráfica a ser camarera y finalmente dejarlo todo para seguirlo a él. Parece que no está, pero su presencia es sólida en la vida de Tomás. Tomás se deja llevar por las circunstancias de él, de ella, y pasa de ser cirujano a un simple transportista en un pueblo sin nombre. Él soportando la pesada carga de sus decisiones, del destino que no quiso cuestionar, ella soportando la pesada carga de la culpa de sentirse responsable de haber abocado a Tomás a su destino, y ambos leves por haberse dejado llevar, soportando el peso de esa levedad de vivir sin comprometerse.

- Sabina: la "amante" por excelencia de Tomás. Mujer artista, bohemia. Ella sí que vive ligera como el viento. Pero en algún momento decide trasladarse lejos y separarse de Tomás y aquí empieza a sentir el peso de su decisión hasta el fin de sus días. Pero también decide alejarse de Franz para poder "ser" ella: de haberse quedado con él, no hubiera soportado el peso de vivir en un entorno carente de todo sentido para ella.

- Franz: Todo lo contrario de Sabina, su contrapeso. Él sí que llega un momento en que se enamora de esa vida que lleva Sabina, el contrapunto de una vida (su vida) llena de responsabilidades, y se deja llevar por esa levedad de existencia de Sabina, pero con el vértigo metido en el cuerpo porque Sabina, a la cual se entrega, es tan ligera que se le escurre entre los dedos. Al final de sus días, Sabina no es más que una mirada en los ojos de Franz, que le juzgan en el momento de su muerte.

Y con estos mimbres construye Kundera su discurso. Sólo faltaba el escenario, un entorno sociopolítico complejo, donde se rompan los firmes cimientos sobre los que necesita pisar el ser humano, donde los personajes tengan que tomar decisiones: si aceptar a la nueva cultura o revelarse y aceptar las consecuencias: la primavera de Praga del 68 que acaba con la entrada de los soviéticos para desmantelar esa idea del "socialismo con rostro humano" (leer más aquí)

Kundera fue testigo y parte de todo ese escenario y en su libro deja bien a las claras su pensamiento. Tanto es así que La insoportable levedad del ser fue publicada en el año 1985, pero su autor hubo de esperar hasta 2006 para verla publicada en su República Checa natal.

Más cerca del tratado filosófico que de una novela, La insoportable levedad del ser nos habla del peso de nuestras decisiones, de la aparente ligereza de nuestros actos, del ciclo de la vida,... y todo su mensaje va calando en el lector como una fina lluvia de otoño. Imposible explicar más, no quiero, porque explicarlo es romper la magia y explicar más de lo debido el viaje. Sólo te invito a que leas muy buena literatura. Aquí un adelanto:

 <<Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados en la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad. Ese es el motivo por el cual Nietzsche llamó a la idea del eterno retorno la carga más pesada (das schwerste Gewicht). Pero si el eterno retorno es la carga más pesada, entonces nuestras vidas pueden aparecer, sobre ese telón de fondo, en toda su maravillosa levedad. ¿Pero es de verdad terrible el peso y maravillosa la levedad?>>

Brillante, ¿no? Aunque yo de quedarme, me quedo con esta sencilla sentencia:

<<Allí donde habla el corazón es de mala educación que la razón lo contradiga>>

 


lunes, 24 de octubre de 2016

Tres noches - Austin Wright


Título: Tres noches.
Autor: Austin Wright
Editorial: Ediciones Salamandra S.A.
ISBN: 978-84-9839-609-7
PVP: 9,40 € en edición de bolsillo
Acabada "Tres noches" de Austin Wright, me doy cuenta de que se trata de un ejercicio metaliterario bien planteado aunque no muy bien acabado. Una pena, porque la propuesta es ingeniosa, aunque no cayó en las mejores manos, bajo mi punto de vista y la obra hubiera dado mucho más de sí.

De hecho la historia de la publicación así lo refrenda. Austin Wright terminó su novela y la vió publicada en USA en 1993 gozando de muy poco éxito. Digamos que pasó sin pena ni gloria. Incluso diríamos que su título "Tony and Susan", resulta de por sí poco atactivo, la verdad. Fue en 2010 cuando esta novela tuvo su segunda oportunidad y se reeditó en Reino Unido alcanzando tan buena crítica que fue vuelta a publicar en USA. Aquí en España se le llamó "Tres noches", un título algo más sugerente (solo algo más) que el original. Esta obra ha servido para una adaptación al cine titulada "Animales nocturnos", película del año 2016 dirigida por Tom Ford y protagonizada por Amy Adams y Jake Gyllenhaal que podremos ver seguramente en diciembre y que recibió el Gran premio del jurado en el Festival de Venecia. Por esto decía que la propuesta es ingeniosa, aunque hubiera necesitado mejores manos para convertirse en una gran novela.

"Tres noches" se trata de un ejercicio de literatura dentro de literatura, como decía al principio. Cuando la lean se encontrarán con dos novelas que avanzan en paralelo.

Sinopsis:

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Austin Wright
Imagen extraída de Google Images
Susan lleva una vida de rutinas aceptadas, no se replantea en exceso lo que pudo llegar a ser o si algún día tomó la decisión acertada o se equivocó. Un reencuentro es quien le devuelve una mirada al espejo, a ese momento en el que tuvo que decidir. Recibe una carta de su primer marido, Edward Sheffield acompañando al manuscrito de una novela que éste acaba de escribir. La novela se titula "Animales nocturnos". Edward le hace el encargo a Susan de que lea el manuscrito y le exprese su opinión crítica. Conforme vamos leyendo nuestra novela, nos encontramos con dos lecturas en paralelo, la de Susan que se sumerge en una lectura que le enfrenta a recuerdos del pasado y a cuestionarse las decisiones que han condicionado mucho su vida actual, y la novela que Susan lee, "Animales nocturnos", esa novela de Edward que encierra un mensaje críptico dirigido a su primera esposa y que poco a poco el lector irá desentrañando a la misma velocidad que Susan.

Son dos lecturas muy diferentes. La de la novela en sí, que es una reflexión contínua hacia los sentimientos y la construcción de la personalidad de Susan, ese mirarse al espejo que todos hacemos al alcanzar esa mal llamada mediana edad, y la de "Animales nocturnos" un thriller dinámico, donde los diálogos tienen mucho protagonismo así como las escenas contadas con un estilo muy directo y que no podemos parar de leer, estructurado en capítulos cortos llenos de acción.

No voy a desvelar mucho más para no hacer más spoiler del necesario, pero llamaría la atención en cómo ese rechazo inicial de Susan hacia el encargo de su exmarido, se va tornando en reflexión de si no debió seguir con él, de cómo sería hoy la vida a su lado,... y todo ello descubriéndolo entrelíneas a través del trabajo de escritura de Edward con su primera novela. También recomiendo que reflexionéis sobre ambos finales, los de las dos novelas, la que nosotros leemos y la que leemos junto a Susan. He leído en algunas críticas que esos finales son algo decepcionantes. A mí me han parecido muy buenos los dos. Juzgad vosotros y comentadlo por aquí.

Por último, en ese análisis que hace Susan del personaje creado por Edward para su novela Animales nocturnos. Se llama Tony, y Susan le termina odiando, desesperándose con sus decisiones, aunque finalmente termina entendiendo que esos sentimientos tienen su raíz en algo que termina entendiendo al final de la novela. Tal como se puede leer en el penúltimo capítulo "...en esa imagen fugaz de Tony el Blandengue hay un reflejo magnificado de ella misma."

Como nos dice el escritor y director Paul Auster, "la literatura es esencialmente soledad. Se escribe en soledad, se lee en soledad y, pese a todo, el acto de la lectura permite una comunicación profunda entre los seres humanos", sólo basta leer entrelíneas.


lunes, 17 de octubre de 2016

¿Y qué, si se lo dieron a Dylan?

Eso digo yo, y qué. A lo mejor, al igual que pasa con otras cosas, estamos asistiendo a cambios de paradigmas y no nos estamos enterando, y resulta que la literatura no se trata sólo de escribir un libro con su ISBN de sopotocientos números y letras. Hace un par de días regresaba de un viaje y en mi minúsculo asiento de avión, en el 20D por cierto (con D de Dylan), leía un artículo del escritor y director de cine Ray Loriga, en donde nos ofrecía una definición muy acertada de lo que significaba ser escritor. Decía Loriga, que la profesión de escritor podría consistir en "conseguir formular con las palabras de uno los sentimientos de los otros". Esto podríamos trasladarlo a todas las manifestaciones del arte, la pintura, la fotografía, y la música también, por supuesto. El arte, al fin y al cabo, consiste en eso, en conectar y llegar a un acuerdo con el espectador, lector o escuchante de música.

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Bob Dylan en 1978 (imagen extraida de google images
Yo no fui seguidor de Dylan. No es que no sea mi tipo, sino que cuando el Dylan revolucionario, ese que puso su sello eterno en generaciones venideras de cantautores decidió apartarse del mundanal ruido a pesar de que sus miles de seguidores de pronto se sintieran huérfanos, fue allá por 1966 y yo no era ni tan siquiera un embrión de proyecto de bloggero. Luego, años después, lo escuché y también tengo que decir que no entendía un carajo lo que cantaba. Pero su guitarra (de eso sí me di cuenta) tenía un martilleo insesante que calaba. Su armónica emitía acordes sencillos, claros, y parecían venidos no de sus pulmones sino de su garganta, esa misma que empujaba los versos por la boca, pero parecía que estos no se formaban allí, en sus cuerdas vocales, sino que salían desde más arriba, casi de la nariz, de ahí ese sonido nasal, arrastrando las frases, tan característico de Bob.

Luego vino lo que vino luego. Porque un día me entró la curiosidad y me atreví a leer sus letras traducidas:


"¿Cuántos años puede existir una montaña
antes de ser descolorida por el mar?
¿Cuántos años pueden algunos existir
antes de que se les pueda permitir ser libres?
Sí, y ¿cuántas veces puede un hombre voltear la cabeza,
pretendiendo no ver?
La respuesta, mi amigo, está soplando en el viento,
La respuesta está soplando en el viento."

Y me dije, ¡caramba! resulta que eso que decía, eso que no entendía, ¡eran poemas!, unos poemas de gran calado, tanto que seguramente muchos de sus contemporáneos no serían los mismos si Dylan no hubiera sido el primero. Tanto, que aunque este poema no hubiese sido publicado en un poemario, sus palabras siguen hoy por hoy soplando en el viento formulando preguntas y susurrando respuestas.
De verdad. No entiendo tanto alboroto. Cuando se lo dieron a Vargas Llosa me pareció en su momento un reconocimiento exagerado, porque sí, vaya si escribía bien, pero últimamente, qué se yo, como que no se parece mucho a lo que fue. ¿Y qué me dicen del nóbel del año pasado?  Svetlana Aleksièvich, periodista, que no es lo mismo que escritora al uso. Poner a Svetlana, con todos mis respetos, a la altura de Gabriel García Márquez, como que me cuesta verlo. ¿Y Camilo José Cela? ¿Por qué no Miguel Delibes? Tampoco veo cien por cien lo de Dylan, dicho sea de paso. Pero mucho menos a Churchill, que se llevó el nobel de literatura en 1953 por su "maestría en la descripción biográfica e histórica así como por la brillante oratoria para la exaltación de la defensa de los valores de la humanidad" (¿dónde está la palabra "literatura" en ese reconocimiento?).

Pues creo que lo voy entendiendo. Después de leer a Loriga en el asiento 20D de un Madrid-Tenerife Norte, lo he entendido: al final, expresar con las palabras de uno los sentimientos de los otros es literatura en sí misma, es el cúlmen del arte, estén esas palabras escritas en una servilleta de una cafetería o en una impresión en tapas de cuero ribeteadas de oro.

Qué quieren que les diga. Me quedo más con Dylan que con Churchill, aunque puestos a elegir me quedo con cien años de soledad, enarbolo mi descontento porque Jorge Luis Borges o Cortázar no hayan tenido el honor de recibir un Nóbel y desde ahora me pongo de abanderado para que el próximo Cervantes se lo den a Pedro Guerra, dicho sea de paso.


lunes, 5 de septiembre de 2016

La tía Tula - Miguel de Unamuno

Libro: La tía Tula
Autor: Miguel de Unamuno
Edit: Espasa Calpa
ISBN: 9788467034011
176 páginas
PVP: 6,60 € en Agapea
 Cada cierto tiempo echo una mirada atrás, a los clásicos de la literatura. Sobre todo me centro en esas asignaturas pendientes, los que no he leído y tengo que leer, porque los que escribimos tenemos deudas de lector. Miguel de Unamuno era uno de esos de la lista de pendientes. Me sentía atraído más que por su literatura, por su vida, por cómo su pensamiento vivió siempre en el conflicto, consigo mismo sobre todo. Unamuno era de los que se cuestionaron todo, hasta el punto de apoyar el levantamiento militar y arrepentirse dos meses después y desdecirse sobre lo dicho con aquel célebre "para vencer hay que convencer" con el que se enfrentó publicamente al fundador de la legión José Millán-Astray, hecho que le llevó a estar recluido en arresto domiciliario los últimos días de su vida hasta que se dejó vencer súbitamente un 31 de diciembre del 36, rumiando culpas.

Algo de Unamuno hay en la Tía Tula, una "nivola" como él las llamaba, un nuevo género literario creado por él y que nacía lejos de los formalismos y corsés de la novela clásica. La nivola de Unamuno no era una novela al uso, sino que se creaba sobre el propio hecho de la escritura, donde los personajes iban formándose a golpe de trazos, sobre la marcha y sin guiones, una manera más natural, si lo pensamos, que la del diseño previo de la novela clásica. Para construir la trama se servía mucho de los diálogos y también de los monólogos más que de la descripción. Por eso me resultó tan extraña, porque veía algo de divagación. Al principio pensé "este Unamuno seguro que fue un gran filósofo o ensayista, porque lo que es escritor, lo que se dice escritor, no me parece muy bueno", pero luego, pensándolo mejor y mirando con perspectiva lo que he leído, creo que su aportación a la literatura es cuando menos valiente. Los que le criticaron en su modo de escribir, lo criticaban en base a los cánones de la escritura clásica, sin embargo no se daban cuenta de que había creado su propio estilo novelístico, nivolístico para ser exactos. Equivocados que estaban los ignorantes críticos de la época...

Sinopsis:

La tía Tula es una novela corta, de unas 170 páginas más menos. Tula (diminutivo de Gertrudis) y Rosa (su hermana), ambas huérfanas, se crían con su tío Primitivo, que era sacerdote. Ramiro, un joven de buena posición, se enamora de Rosa y termina casándose con ella y de ese matrimonio empiezan a nacer hijos que la tía Tula va criando como si fueran suyos hasta que Rosa muere en el último de los partos, el tercero, quedando Tula consagrada a la crianza de los tres sobrinos, que asume como hijos propios, y también por si fuera poco del cuidado del marido viudo, que entonces manifiesta su atracción sobre Tula, mientras ella rehuye la relación.

No seguiré contando el argumento porque desvelaría cosas importantes sobre lo que sucedería después, aunque el encanto de la novela no está en lo que ocurre sino en la construcción de los personajes, sobre todo el de la tía Tula, una mujer que encarna muchas de las contradicciones del Unamuno pensador, que pasó de ser un ateo confeso a pensar que debía de haber un diálogo continuo en el hombre entre fe y razón. Probablemente, leyendo algo de la biografía de Unamuno y después de leer La tía Tula, podemos apreciar ciertos rasgos de él en aquella. No es descabellado. Unamuno, de hecho, siempre dijo escribir sobre el ser humano, y en concreto sobre él mismo, ya que, como decía, "escribo sobre mí porque soy el hombre que tengo más cerca".

Cuando me formé y aprendí lo poco que sé como escritor en La Escuela Canaria de Creación Literaria, una de las primeras cosas que me enseñaron fue que no hay novela si no hay conflicto. Podríamos también decir por extrapolación que en el personaje ocurre lo mismo. La tía Tula, toda ella es un conflicto. Unamuno plantea un personaje que decide ser madre siendo virgen, muriendo virgen. Establece un paralelismo en un momento dado con las abejas: siendo zánganos y Reina las que tienen la prole sin saber lo que es un hogar, lo que es construir una colmena, siendo las abejas, como Tula, las que nunca serán madres, las únicas encargadas de construir y sostener el hogar. Y luego está el otro aspecto soterrado, el del sororato o amor de Ramiro hacia las dos hermanas: por Rosa primero, que sería la madre de sus hijos, y por Tula después que dejaría de ser tía de sus sobrinos para convertirse en madre de éstos fallecida Rosa, pero todo ello recubierto de un velo de represión sexual que impedirá que Tula y Ramiro puedan amarse abiertamente. Unamuno echa mano del erotismo en su novela, permitiendo que se asome muy de soslayo en algunos pasajes, una novedad en su escritura y en la de muchos de su generación.

Miguel de Unamuno (imagen extaída de Google images)

La tía Tula se estructura en 25 capítulos cortos, pero claves son el capítulo VII y el XII. El primero donde Ramiro a través de un monólogo interno hace un repaso a sus sentimientos sobre Rosa, sobre Tula, sobre la paternidad, la maternidad, el amor, sobre todo el amor...

"El amor, sí ¿Amor? ¿Amor dicen? ¿Qué saben de él todo esos escritos amatorios, que no son amorosos, que de él hablan y quieren excitqrlo en quien los lee? ¿Qué saben de él los galeotos de las letras? ¿Amor? No amor, sino mejor cariño. Eso de amor –decíase Ramiro ahora– sabe a libro; sólo en el teatro y en las novelas se oye el yo te amo; en la vida de carne y sangre y hueso el entrañable ¡te quiero! y el más entrañable aún callárseo. ¿Amor? No, ni cariño siquiera, sino algo sin nombre y que no se dice por confundirse ello con la vida misma..."

Y el segundo, ese capítulo XII donde no es un monólogo de Tula sino un diálogo con su confesor, que me dio la sensación al leerlo que era el propio escritor el que interrogaba a Tula para extraer de ella sus pensamientos:

–Le he dicho, padre, que le quiero; pero no para marido. Le quiero como a un hermano, como a un más que hermano, como al padre de mis hijos, porque éstos, sus hijos, lo son más míos de lo más dentro mío, de todo mi corazón; pero para marido, no. YO no puedo ocupar en su cama el sitio que ocupó mi hermana... Y sobre todo, yo no quiero, no debo darles madrastra a mis hijos...
–¿Madrastra?
–Sí, madrastra. Si yo me caso con él, con el padre de los hijos de mi corazón, les daré madrastra a éstos, y más si llego a tener hijos de carne y de sangre con él. Esto, ahora ya..., ¡nunca!

Personajes atrapados por la elección temprana, por el cumplimiento de los designios del señor, por el no haber vuelta atrás. Personajes que terminan consumidos en ellos mismos dejando por el camino muchas reflexiones y preguntas sin respuestas, las mismas que se hacía el autor, que también se consumió por lo mismo, por intentar confrontarse con él mismo para encontrar la verdad sin saber que no hay verdad en sí sino verdades en sí mismo, en él mismo, en uno mismo.




jueves, 25 de agosto de 2016

La casa de las bellas durmientes - Yasunari Kawabata

Título: La casa de las bellas durmientes
Autor: Yasunari Kawabata
Edit: Caralt (Trad.: Pilar Giralt)
ISBN: 84-217-2608-0
PVP: 9,50 € (en Agapea)
Me imagino al viejo Yasunari, a sus 63 años recién cumplidos, viendo publicada su novela número diez, Nemeru Bijo o La casa de las bellas durmientes, con esa mirada perdida vestida de nostalgia que se cuela a través del humo que poco a poco consume un cigarro atrapado entre sus dedos de escritor. Me lo imagino así porque La casa de las bellas durmientes tiene un toque de balance de vida, de mirada hacia atrás en ese punto de la existencia donde intuyes que no queda mucho futuro por vivir.

Hay mucho de autobiográfico en esta obra de Yasunari Kawabata (14 de junio 1899, Osaka-Japón-16 abril 1972, Zushi-Japón). Sin ser su obra más notable (gozaron de más fama País de nieve o La bailarina de Izu, por ejemplo), La casa de las bellas durmientes fue dada a conocer gracias a unas declaraciones de Gabriel García Márquez en las que dijo que era la única obra japonesa que le hubiera gustado escribir. La leyó veinte años después de haber sido publicada, y sirvió de inspiración, no solo para su obra Memoria de mis putas tristes (2004) sino también para encontrar ciertas pistas sobre el comportamiento sexual en los ancianos a la hora de escribir El amor en lostiempos del cólera (1985) e incluso para su pequeño cuento El avión de la bella durmiente (leer aquí) incluido en su obra Doce cuentos peregrinos (1992), y en el cual hace clara referencia a la obra de Yasunari.
También sirvió de inspiración a una película australiana del año 2011, Sleeping Beauty, escrita y dirigida por Julia Leigh, que al parecer pasó con mucha más pena que gloria por algunos festivales como Cannes o Sitges.
Sinopsis:
Yasunari Kawabata (foto extraída de Google Images)

El viejo Eguchi, a través de su amigo Kiga, conoce de la existencia de una casa donde acudir a yacer al lado de mujeres jóvenes y vírgenes, que están profundamente dormidas gracias a una droga que les suministra la mujer que regenta la casa. Eguchi acude allí en cinco ocasiones a lo largo de la obra, siempre para dormir al lado de una chica diferente cada noche, salvo en el último capítulo en cuyo caso duerme con dos a la vez. Seis chicas a las cuales Eguchi “no debía hacer nada de mal gusto”, según las normas impuestas por la señora que regenta la posada.

La casa de las bellas durmientes yo lo percibo como un libro críptico, que nos habla más del autor de lo que pudiera parecer. La edad del anciano Eguchi (67 años), está muy próxima a la del autor cuando publica la obra (62). El escritor padecía de un insomnio crónico por lo que es probable que ese personaje que acude cada noche a dormir profundamente al lado de una chica joven de piel cálida, pueda ser una expresión literaria de sus propios deseos. Incluso, en el capítulo final, uno de los recuerdos que le asalta es el de la muerte de su madre, que muere de tuberculosis. El padre (no la madre) de Kawabata, muere de tuberculosis. Yo, como no creo en las casualidades, veo similitudes, y las hay, no me cabe la menor duda.
Luego está lo otro, lo referente a de qué nos habla Yasunari en su libro. Cada chica tiene algo, un labio que tiñe, una piel que roza, olores distintos, sobre todo olores. Todo en el libro es sensación, sensualidad, sexualidad. A través de esas sensaciones hay conexiones con recuerdos y vivencias, cuentas pendientes, caminos no recorridos, quién sabe si por miedo a no haberlos recorrido, lo cual es el germen mismo del arrepentimiento. Todos estos miedos son los que juegan en contra del sueño plácido, porque dormir, para quien tiene cuentas pendientes, es enfrentarse a los miedos:
…”la noche ofrece sapos, perros negros y cadáveres de ahogados”. Era un verso que Eguchi no podía olvidar. Al recordarlo ahora se preguntó si la mujer dormida –no, narcotizada- de la habitación contigua podría ser como el cadáver de un ahogado, y vaciló un poco en acudir a su lado…
El estilo de escritura de Yasunari es diáfano, un estilo poco recargado pero que a su vez deja rastros pleno de sensaciones en el lector. Esto lo logra a través de su carácter descriptivo y también desde ese establecimiento de conexiones imagen-recuerdo-sentido. Hay imágenes que siempre están presentes, en cada capítulo sin excepción, como para no dejar escapar al lector de esas cuatro paredes: el color y la luz de las cortinas que tiñen de rojo la habitación no es casual, se trata de una permanente conexión con la muerte. El té, que muchas veces toma reposado, algo frío, para luego entrar en calor con la manta eléctrica, salvo en el último capítulo que lo toma caliente (tampoco es casual), y ese romper olas contra el acantilado, que golpean tanto más fuerte cuanto más fuerte late su corazón y el de las chicas cuando se agitan en su sueño. La secuencia de capítulos es secuencia de vida, desde los recuerdos de olor a leche que le trae la primera de las chicas al recuerdo de la muerte de su madre en el último de los capítulos. En medio, la boda de su hija o los recuerdos de sus infidelidades. Un juicio a su vida en toda regla.
Por eso cala tanto su escritura y nos invita a acudir con él cada noche, a la casa de las bellas durmientes, a intentar conciliar el sueño.

viernes, 19 de agosto de 2016

Taborno


Taborno. Llegué a Taborno (Foto: N. Lorenzo)
Un consejo que me dieron hace tiempo: cada año tienes que visitar un lugar en el que nunca hayas estado. Siguiendo con mi propósito de no moverme de Canarias este año tal como comenté no hace mucho tiempo por aquí, me fui al mapa y vi un nombre guanche: Taborno. Me di cuenta que no había estado nunca allí a pesar de estar tan cerca, y que seguro que  sería un buen lugar para conocer, y nos calzamos las botas y fuimos a Taborno, andando, como lo hacían hasta no hace mucho las gentes de ese lugar y sus alrededores. Nos dijo una señora que allí nos encontramos, que hará unos cincuenta o sesenta años que hicieron la carretera que llega hasta el caserío. Antes, si querías trabajar en “la ciudad” o ir a comprar unas aspirinas, tenías que recorrer un sendero entre helechos y laureles, cuesta arriba, hasta llegar a la parada de la guagua, un sendero de más de dos horas de recorrido. Por suerte nosotros lo hicimos cuesta abajo sin intención de desandar lo andado. La señora allí seguía, después de mucho pateo por esos montes, vivita y coleando y con cara saludable. No supo precisarme cuántos vecinos había en Taborno. Decía que unos cincuenta o más, “sin contar los muertos” (me hizo gracia su ironía).
Otra señora con batín de andar por casa que encontramos camino de la ermita, no recordaba a bote pronto cuándo había venido la doctora. Al momento cayó en la cuenta: “¡ayer, vino ayer!”, nos dijo con contentura de haber hecho memoria, para luego decirnos que le tocaba venir ahora dentro de cuatro semanas. ¡Un mes! No supe qué decir, sólo se me ocurrió que bueno, que los médicos mientras más lejos mejor, que aquí seguro que la gente no necesitaba tanto médico, que aquí se vivía muy sano. “Y tranquilos” me apuntilló con una sonrisa.
Una de las cabras de El Cabrero (foto MA Brito)
Me gustó Taborno. Me gustó mucho. Un caserío amarrado a una cresta escarpada, con barrancos a diestra y siniestra, donde no queda otra que caminar de frente hasta toparte con el roque que marca el final del camino. Ese roque de Taborno me pareció un gigantesco punto y final cuando me puse frente a él. Camino del roque nos encontramos con un hombre al que sólo le quedaba un diente haciendo funambulismo por detrás de su labio superior. Nos saludó y nos dijo una frase de esas a las que se echa mano para entablar conversación: “buen día para dar un paseo” (con el calor que pegaba a las tres de la tarde…). Hacía un rato lo habíamos escuchado a lo lejos reprender al gato (seguro porque habría hecho alguna perrería). Nos dijo que iba a llevarse las cabras a pastar a la fresca, por detrás del roque. Le pregunté cuántas cabras tenía y no me supo precisar: Debe ser un rasgo de las gentes de Taborno el no contarse ni contar, pensé. De todas formas las cabras, me dijo, no eran de él sino de El Cabrero. Me llamó mucho la atención esa figura: El Cabrero. Lo dijo en ese tono como quien dice El Alcalde o El Señor Director del Banco. Le estaba haciendo un favor ya que El Cabrero había tenido que ir a la Laguna a resolver unos asuntos y no volvía hasta la tarde. Compañero que era el hombre: hoy por ti que mañana será por nosotros, esa manera de pensar que tanto echamos de menos a una hora de distancia de Taborno.
Ya de vuelta vino a acompañarnos a la parada de la guagua una madre con su pequeña. Mientras esperábamos a que llegara, nos dijo que conducía cuarenta y cinco minutos todos los días para llevarla al colegio, siempre que no tuviera el coche averiado. Ella prefería que fuera a clases al colegio de Las Mercedes, a pesar de que estuviera más lejos, que a la unitaria de Las Carboneras que está apenas a quince minutos, que eso de niños mezclados de distintas edades y conocimiento no lo veía nada bien, que ella quería que su pequeña no tuviera problemas para cuando fuera al instituto ni para cuando estudiara la carrera. Sueños de que volara tenía la madre para su pequeña, sueños de que saltara por encima del Roque de Taborno y que en vez de punto y final fuera un punto y seguido, y que llegara más lejos de lo que pudo ella llegar, por detrás de los roques de Anaga, lejos, muy lejos. “Esa es la mejor herencia que le puede dejar”, le dije. Ella asintió con la cabeza; en silencio.

Caserío de Taborno con el Roque de Taborno al fondo (Foto: MA Brito)


El Roque de Taborno, ese gran "punto y final" (Foto: MA Brito)

Espectacular vista del mar desde Taborno

Hay muchas especies vegetales que sorprenden por sus formas. Helecho (Foto MA Brito)

Secos (Foto: MA Brito)

La explosión del Drago. Drago en la plaza de Taborno (Foto: MA Brito)

Descanso. (Foto MA Brito)
 

lunes, 8 de agosto de 2016

Al norte de abril - Claudio Colina





Acabo de terminar de leer la última obra de Claudio Colina, Al norte de abril. Se trata de un libro de relatos de viaje algo atípico a lo que estamos acostumbrados a leer. A veces los relatos de viaje (tanto por la vía escrita como por la oral) inevitablemente derivan en crónicas descriptivas y largas, porque es muy difícil para el viajero comprimir en unas pocas líneas un instante, y sobre todo elegir, de entre las múltiples situaciones que se nos presentan, aquella que merece el honor de ser la inmortal, la que nunca debe desaparecer de la memoria.
Al norte de abril se trata de una crónica de viajes, el físico y el metafísico que siempre van de la mano, porque cada imagen o situación se convierte en vivencia. Él nos decía en su presentación que había algo o mucho de realidad en cada relato, quizás por eso suene tan poco a ficción cuando se lee, quizás por eso nos tocan y señalan sus líneas a modo de cartografía existencial.
 Claudio Colina, autor de Al norte de abril


A pesar de los saltos temporales y espaciales, nunca faltan algunos elementos comunes en sus relatos: la globalización como marca de nuestra sociedad actual, y que sirve de estímulo en el autor para intentar escapar de ella y buscar sentirse único, original, el "raro" entre los clones que habitan en el planeta. También los bares o cafeterías, puntos de encuentro, puntos de soledad, lugares donde hacer la pausa, esa parada necesaria para recapitular, recuperar fuerzas y seguir andando... y por qué no, beber. Esos elementos comunes nos conectan con el autor, a pesar de que cada personaje/narrador parece distinto, ¿o no?
Ángeles Jiménez fue la encargada de presentar la obra (aquí pueden leer su presentación), y de ella dijo que se trataba de un libro de relatos que definió como “afilados”. También en la contraportada del libro, se define el estilo de Claudio como un estilo “afilado y brillante”. Afilado es una palabra que define muy bien la obra. Afilado por su estilo de escritura, donde con frecuencia recurre a la ironía y a los dobles sentidos para arrancar una sonrisa en el lector. Afilado también por la estructura de los relatos: Son relatos de no más de tres páginas que siempre comienzan con una frase que introduce rápidamente al lector, sin preámbulos, y con finales cerrados, nada de dejar espacios abiertos para la prolongación de la estancia del viajero ni para la reflexión póstuma sobre el relato: Es como si se cerraran y abrieran puertas cada tres páginas, con sensaciones distintas, llenas de contrastes entre sí, como esos cruceros donde te acuestas en Nápoles y te despiertas en Túnez. Por eso se pueden leer secuencial o desordenadamente, el efecto será el mismo.
Yo recomiendo su lectura a pequeñas dosis, dedicando a cada relato el tiempo necesario para saborear el contenido, y sobre todo no bajarse del avión, del coche o del tren en marcha porque las consecuencias pueden ser irreparables.


Ángeles Jiménez y Claudio Colina durante un momento de la presentación

domingo, 31 de julio de 2016

Conversaciones de verano


Días contados. Llevo cinco días solo, cinco días de vacaciones. Miro a mi alrededor. Estoy sentado junto a mi lugar de trabajo, a escaso metro y medio de mi despacho, y lo veo tan lejos que no lo puedo alcanzar por mucho que estire mis brazos y los dedos. Me caería si lo intentara. Ayer, mi hijo y yo, jugábamos a calcular el hondo de una piscina haciendo medidas indirectas en base a lo largo de nuestros cuerpos tocando el fondo con los pies y estirando los brazos hasta tocar el aire con la punta de los dedos. “Creo que son dos metros y medio, papá”, “puede ser, le contesté”. Conversaciones profundas, como veis, conversaciones de verano. Hablamos de más cosas, pero esta conversación se me quedó clavada, no sé muy bien por qué. Quizás sea porque me percaté ayer de que está casi tan alto como yo. ¿Dónde he estado todo este tiempo? Supongo que trabajando.

Juegos a trasluz - Fotografía: Miguel A. Brito

Las vacaciones van de eso, de distancias, pero no sólo de poner tierra de por medio entre nosotros y el trabajo, sino de poner poca o casi nada de distancia entre nosotros y nosotros. Algunos compran esa distancia a golpe de tarjeta, otros, los más acertados, la compran a golpe de vivencias aunque esto no les cueste ni un euro. El gran error está en pensar que sólo disfrutan de vacaciones aquellos que tengan dinero suficiente para poder pagárselas, y no puedo negar que me atrae mucho estar estos días en Zanzíbar (sin ir más lejos) y no a metro y medio de mi despacho, pero créanme, no va de distancias geométricas o geográficas las vacaciones: no estamos hablando de geo-vacaciones, aquí se trata de tener ocio, lo contrario del neg-ocio, que como veis, etimológicamente hablando, es una palabra que surge desde la negación al descanso. Si sentimos que necesitamos más dinero del que ganamos para alejarnos del trabajo comprando millas náuticas, es para hacérnoslo mirar (lo del trabajo, digo).
 Descansar, que no vegetar. No nos confundamos, porque hay quién también concibe las vacaciones, después de un embarazo de once meses -de trabajo-, como un efímero retoño de un mes de botadera como llamamos por aquí. Es como entrar en encefalograma plano, en estado de hibernación a 35 grados, durmiendo con los ojos entreabiertos, fijos en el horizonte del mar o en la pantalla de la televisión o del smartphone de turno. El despertar al trabajo treinta días después es brusco. El retoño, ese mes de botadera que hemos engendrado y criado con el sudor de nuestra frente, muere de muerte súbita, sin remedio. De él nada queda, ni tan siquiera una foto que lo represente, porque las fotos que quedan son fotos sin alma, atardeceres como todos los atardeceres, cañas sobre una mesa que puede ser cualquier mesa, expresiones fingidas, caretas carentes de toda vivencia existencial. Pronto quedarán olvidadas y no seremos capaces de recordar la fecha en que la hicimos, a qué olía el instante, o si la cerveza estaba fría o caliente. No gastar no debe significar no invertir, en nosotros.
No hace falta mucho dinero para disfrutar de las vacaciones. No hace falta mucho dinero para comprar momentos o lugares. No hace falta dinero para llenarnos de experiencias. Sólo hace falta abrir bien los ojos y no tenerlos entreabiertos, y no vestir de pereza el ocio, no sea que nos hagamos perez-ocios en plenas vacaciones, que es tanto o peor que ser perezosos en el trabajo.
Zanzíbar está bien, pero un día de piscina también. Todo depende de lo que necesitemos y lo que nos podamos permitir para estar lejos del trabajo y cerca de nosotros, si coger un avión, o tener el trabajo a metro y medio, justo más allá de la frontera de nuestros dedos.