viernes, 18 de agosto de 2017

Todo cuanto amé - Siri Hustvedt

Libro: Todo cuanto amé
Autora: Siri Hustvedt
Editorial: Circe Ediciones S.A.
ISBN: 978-84-7765-211-3

Me decidí por "Todo cuanto amé" en cuanto me la recomendó una gran amiga y lectora Ángeles Jimenez, y también una de mis autoras de cabecera, la escritora Clara Obligado. Fue una manera de entrar en el mundo de Siri Hustvedt (1.955, Nothfield, Minnesota, Estados Unidos), más conocida por ser la esposa de Paul Auster que por su gran altura literaria. Siri tiene identidad propia, y para mí, desde hoy, Siri Hustvedt es Siri Hustvedt y Paul Auster que se quede donde está. Por cierto: Siri Hustvedt dedicó todo cuanto amé precisamente a Paul Auster

En "Todo cuanto amé", Siri Hustvedt nos narra la historia de la amistad entre el historiador de arte Leo Hertzberg y el pintor Bill Wechsler. Esta amistad empieza a raíz de un cuadro pintado por este último llamado autorretrato, que sin embargo es el retrato de una mujer. Es el principio de una relación que se va construyendo entre ambos y en la que también entran las respectivas parejas, Erica, la esposa de Leo y Lucille, poeta y pareja de Bill. Más tarde se añadirá Violet, antigua modelo y futura pareja de Bill tras su ruptura con Lucille. Esta relación a cinco bandas transcurre como si no pasara nada hasta que, a raíz de un acontecimiento clave, surge un nuevo escenario en el que los personajes navegan por senderos que nunca imaginaron ni desearon.

"Todo cuanto amé" es una novela que me descubre una escritora meticulosa, dotada de una técnica narrativa muy refinada, capaz de tejer una trama en la que cada trazo encaja con el anterior y nos deja una pista sobre lo que nos vamos a encontrar más adelante. Por esta razón exige entrega al lector, que debe comprometerse a entrar en la novela sin perder un solo detalle. Si lo hace, la recompensa será alta, porque podrá descubrir un análisis sobre las relaciones humanas y también sobre el fascinante mundo de las bambalinas del arte. "Todo cuanto amé", ese título con verbo amar en pasado, nos da ya una pista sobre lo que encontramos en sus páginas. Querer que todo sea como antes, nos impide vivir y ocuparnos del presente, de construirnos y avanzar. Así acabamos envueltos en un mundo de mentira o fantasía que nada tiene que ver con la realidad; así acabamos viviendo una realidad a la que llegamos sin saber muy bien cómo y de la que no somos capaces de salir: 

“Las mentiras siempre son dobles: lo que uno dice coexiste con lo que no dice pero podría haber dicho. Cuando uno deja de mentir, el abismo entre las palabras y el convencimiento interior se cierra, lo que nos permite continuar a lo largo de un sendero en el que intentamos adaptar las palabras habladas al lenguaje de nuestros pensamientos o al menos de aquellos que nos parecen aceptables para el consumo ajeno”.

Siri Hustvedt, autora de Todo cuanto amé
(imagen extraída de Google images)
Seguramente no sea casual, y esté muy bien estudiado por parte de la autora, que el narrador en primera persona, que en este caso es Leo, acabe la novela esperando que un amigo venga a leerle ya que su degeneración visual le impide ya leer por sí mismo. Ciego al final de los días, quizás ciego por decisión propia, ciego y vacío. Amar es un verbo que no puede escribirse en pasado.


Siri Hustvedt es una autora a la que pienso volver pronto. Si hacemos un breve recorrido por sus 6 novelas publicadas, vemos que le gusta investigar muy a fondo los temas que aborda, por lo que sus novelas van a caballo entre la ficción y el ensayo. En las dos primeras (“Los ojos vendados (1994)” y “El hechizo de Lily Dahl (1997)”), nos habla sobre las relaciones entre los seres humanos y cómo éstas nos llevan a construir nuestra propia identidad. En “Todo cuanto amé” y en “Elegía para un americano (2009)”, al tema de las relaciones humanas se suma esa búsqueda en el pasado de respuestas a lo que tenemos en el presente. Finalmente, en las dos últimas (“El verano sin hombres (2011)” y “El mundo deslumbrante (2014)”) Siri Husdvedt se adentra en la figura de la mujer y en lo que significa su propia identidad al margen de la del hombre. Esta última novela, “El mundo deslumbrante”, comparte también con “Todo cuanto amé" el gran tema del arte y sus modas y lo que supone esa gran mentira (¿o verdad?) del valor de las obras.

lunes, 22 de mayo de 2017

La vida negociable - Luis Landero

Libro: La vida negociable
Autor: Luis Landero
Editorial: Tusquets Editores S.A.
ISBN: 978-84-9066-371-4
Es la segunda vez que leo a Luis Landero. En mi anterior lectura, El balcón en invierno, encontramos a un Luis Landero autobiográfico, que se tomó una pausa de reflexión. Tal como él mismo ha dicho algunas veces, necesitaba reflexionar sobre sí mismo, estaba cansado de escribir novelas y usó balcón de invierno como una especie de pausa de expiación. Después de esa breve parada, vuelve a ponerse el traje de novelista y nos propone esta obra con un nombre tan sugerente y acertado: La vida negociable. Igual de sugerente es la fotografía de la portada del fotógrafo Ferdinando Scianna.
En La vida negociable, Luis nos cuenta en primera persona la vida de un pícaro, un personaje que tiene los tintes de su estilo a veces cervantino, teñido de algo quevedesco también. Hugo Bayo, el protagonista, es un peluquero que desde la primera página mete al lector en la historia con un: “Señores, amigos, cierren sus periódicos y sus revistas ilustradas, apaguen sus móviles, pónganse cómodos y escuchen con atención lo que voy a contarles…”, y aquí empieza el relato de su vida, desde su adolescencia hasta su madurez.
El planteamiento de la novela gira en torno a la propuesta de que todo en la vida es negociable, sobre todo con nosotros mismos, que decidimos ser morales o amorales, y dentro de esas decisiones, muchas veces contrarias a nuestra lógica moral, negociamos con nosotros mismos para buscar una justificación que haga soportables nuestras vidas. Y he aquí que tenemos a Hugo Bayo, que decide desde su adolescencia empezar a trapichear con el chantaje hacia sus padres, porque descubre en ellos el engaño que será culpable de la pérdida de su inocencia: para malos ellos, malos yo, se dice. Este descubrimiento marcará  el devenir de su destino desde muy temprano y continuamente echará un ojo al pasado, cuando se encuentre en esos callejones sin salida en los que nos encontramos todos en más de una ocasión, para justificar el porqué de sus fracasos.
La vida negociable no sólo es esto, también es una historia de amor, un amor entre comillas porque es un amor a la medida de su personaje, algo más amorfo y difuso que definido. La relación de Hugo con su amiga Leo es de amor y de odio, por eso no pueden vivir juntos pero tampoco el uno sin el otro, por eso para hacer el amor necesitan antes emprenderla a puñetazos el uno contra la otra o viceversa: es lo único que les pone.
Luis Landero, autor de La vida negociable
Imagen extraída de Google images
Hugo surge de un momento cultural y económico en España muy concreto que también marca el porqué de su personal manera de ver la vida, la llamada cultura del pelotazo, esa que se puso tan de moda en los ochenta y noventa, donde algunos se hicieron ricos de la noche a la mañana. Por eso Hugo se desespera y pretende ser famoso, estrella de cine, empresario de éxito, catedrático, y se ve aplaudido en los escenarios o reconocido por todo el mundo y siendo portada en los periódicos, antes de pasar primero por el bachiller o estudiar una carrera. Su única habilidad es una que descubre casi por accidente: es un excelente peluquero. Sin embargo a él no le gusta ser peluquero y a pesar de que todo se le pone de cara para llegar a triunfar en esta faceta, a pesar de que las oportunidades de ejercer de peluquero se le aparecen en cada esquina, Hugo hace todo lo posible por autodestruirse o alejarse de ese “destino triunfal”.
Pasan los años, y vemos como también Hugo se va transformando llegando a su edad madura y, aunque no sabemos muy bien cómo sigue la historia a pesar de que lo podemos imaginar, sí que vemos cómo se da cuenta de lo que todos sabemos que es la vida, esa especie de tragicomedia:
“…No entendía que la vida pudiese ser tan irrisoria, tan fea, tan trivial, y a la vez tan dramátia, tan misteriosa y tan llena de belleza… Un breve río hacia el mar, es cierto, pero un río tan ancho y caudaloso que sus orillas no se ven ni se logra hacer fondo. Todo tan evidente y tan sencillo y todo a la vez tan extraño, tan inexplorado. Todo tan a la vista y todo tan ignoto. Y tan superficial como profundo (…) ¿en qué proporción se mezclan lo ridículo y lo sublime, lo trascendente y lo banal, la comedia y el drama, la épica y el folletín…?”
Al principio me pareció un estilo muy directo y sencillo de leer, incluso algo plano, alejado del estilo que pude encontrar en El balcón en invierno. Sin embargo, al acabar, también me pareció ver en la escritura de Landero algo de intención. Seguramente, me lo imagino, Luis Landero negoció consigo mismo y metiéndose en la piel de Hugo Bayo, fundiéndose con él y logrando convencernos como lectores y también convencerse a sí mismo de que efectivamente, se puede negociar con todo, hasta con nuestro propio estilo de escritura porque tal como le decía el padre de Hugo Bayo a su hijo: “hasta con Dios se puede negociar”.

domingo, 14 de mayo de 2017

¿Qué se siente?

Hace tiempo que veo el fútbol sin pasión desmedida, sin rasgarme las vestiduras. Ahora con los años, puedo decir que soy hincha de verdad, de los que celebran los triunfos y aceptan las derrotas aplaudiendo a mi equipo. Ganar o perder como cosas de un juego, que es lo que es al fin y al cabo por mucho que quieran los clubes hacernos ver que es una profesión. Claro que lo es, pero para mí, como espectador maduro, no pasa de ser sólo un juego.

Ser hincha es difícil. Te obliga a aceptar las burlas cuando pierdes y ver poco reconocidos los logros por parte de los rivales. Es más fácil ser fanático y dejarse llevar por el entorno y por lo que te pide el estómago. Cuando eres hincha, todo te lo tienes que gestionar desde dentro, no esperando ser aplaudido ni sentir la necesidad de sacar a relucir tus logros como el buque insignia de tu esencia, porque la identidad está en los propios valores, valores que brillan más que el oro de cualquier medalla.

Por eso soy hincha de Nadal, del Atlético de Madrid. También por eso me gusta Iniesta (que no el F.C. Barcelona) o Isco (que no el Real Madrid).

¿Qué se siente?, preguntaban los aficionados del Real Madrid a través de un enorme tifo a los que somos del Atlético de Madrid hace unas semanas. Algo hemos avanzado. Hace unos años, en noviembre de 2011, decían otra cosa en otro tifo con cierto tufo a autosuficiencia, con la autoridad de quien mira a los demás por encima del hombro. Ese año, los aficionados del Real Madrid desplegaron unas pancartas hacia el final de un partido contra el Atlético de Mardrid en el que pedían "rival digno para derbi decente". Hoy el Real Madrid ya no se atreve a pedirlo porque saben que lo tienen. Ahora han pasado a sacar a relucir en sus tifos sus logros deportivos para hacerse ver más grandes que el rival. Ya el hecho de provocar ese cambio de actitud, ese respeto encubierto que no se atreven verbalizar, nos sirve a los atléticos para que sintamos orgullo.

Imagen extraida de Google images

No puedo ser de otro equipo que no sea un equipo como el Atlético de Madrid. Ser del atlético tiene mucho de literario. Lo vivido el día del partido de vuelta de semifinales de la  champions fue pura literatura. Como buena obra literaria, la última noche europea en el Calderón, acabó como tenía que acabar: un final feliz a medias (porque los finales plenamente felices no existen en las buenas obras literarias), con una victoria moral sobre el eterno rival pero insuficiente, con un sueño acariciado con los dedos, un sueño líquido, que se desvaneció con el chaparrón a tres minutos del final y con el atlético mojándose a gusto, saltando, poniendo a prueba los sólidos cimientos del estadio Vicente Calderón, gritando ¡Atleti, Atleeetiii! mientras los rivales buscaban de manera ridícula e infructosa el refugio debajo de sus insuficientes chubasqueros blancos, torpes, sin saber cómo comportarse. Mientras, los aficionados queriéndose llevar su asiento de recuerdo a casa, desmantelando el estadio antes de tiempo, queriendo guardar para sí el recuerdo de una victoria con sabor a derrota, y los jugadores sin dejar de correr a pesar de que buscaban ya un imposible de verdad. Poesía sólo al ancance de Neruda. Ni Gabriel García Márquez hubiera imaginado un final mejor para el Vicente Calderón. Ni Sabina habría sido capaz de escribir mejor canción para grabar en nuestros oidos.

¿Qué se siente ser del Atlético? Amor infinito, incondicional.


domingo, 5 de marzo de 2017

La insoportable levedad del ser - Milan Kundera

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Libro: La insoportable levedad del ser 
Autor: Milan Kundera 
Editorial: Tusquets editores S.A.

ISBN: 978-84-8383-5123-8

PVP: 8,50 € en tapa blanda (Amazon)

Cuestión de contrapesos.

La insoportable levedad del ser, más que una novela es todo un tratado de filosofía, sociología y psicología (todo junto) en poco más de 300 páginas. La obra es minimalista para dejar amplio margen a la reflexión. Cuatro personajes pivotales, no más de seis escenarios en los que moverse, un momento sociopolítico concreto y un perro, casi al final, para dar forma a esa palabra tan compleja y que todos perseguimos y casi nunca alcanzamos del todo: la felicidad.

<<Si Karenin hubiera sido un hombre y no un perro, seguro que hace tiempo ya que le hubiera dicho a Teresa: "Haz el favor, estoy aburrido de llevar todos los días el panecillo en la boca. ¿No puedes inventar algo nuevo?". En esta frase está encerrada toda la condena que pesa sobre el hombre. El tiempo humano no da vueltas en redondo, sino que sigue una trayectoria recta. Ese es el motivo por el cual el hombre no puede ser feliz, porque la felicidad es el deseo de repetir>> 

Rara vez lo he leido tan claro.

Milan Kundera (Brno, Checoslovaquia, 1929-...)  expone en su novela esa teoría de pesos y levedades a través de cuatro personajes principales con los que juega a través de los contrapesos:

- Tomás: Cirujano de renombre con un vicio que contarnos: no puede huir del deseo de seducir a toda mujer que se le ponga por delante. De ellas extrae esencias hasta el punto de mezclárseles todas en la cabeza y llegar a no recordar nombres ni caras. De entre todas ellas, un día llega a llamar a su puerta Teresa, que le acompaña el resto de sus días. La recoge como quien recogió a Moisés del río y mientras vive con ella mantiene sus infidelidades bajo la cansina aceptación de ella. Nunca sabremos a ciencia cierta si la ama o no, ¿o sí? Juzgad vosotros, porque no queda del todo definido.

- Teresa: Aparece un día en la vida de Tomás y no se separa de él. Pasa de ser reportera gráfica a ser camarera y finalmente dejarlo todo para seguirlo a él. Parece que no está, pero su presencia es sólida en la vida de Tomás. Tomás se deja llevar por las circunstancias de él, de ella, y pasa de ser cirujano a un simple transportista en un pueblo sin nombre. Él soportando la pesada carga de sus decisiones, del destino que no quiso cuestionar, ella soportando la pesada carga de la culpa de sentirse responsable de haber abocado a Tomás a su destino, y ambos leves por haberse dejado llevar, soportando el peso de esa levedad de vivir sin comprometerse.

- Sabina: la "amante" por excelencia de Tomás. Mujer artista, bohemia. Ella sí que vive ligera como el viento. Pero en algún momento decide trasladarse lejos y separarse de Tomás y aquí empieza a sentir el peso de su decisión hasta el fin de sus días. Pero también decide alejarse de Franz para poder "ser" ella: de haberse quedado con él, no hubiera soportado el peso de vivir en un entorno carente de todo sentido para ella.

- Franz: Todo lo contrario de Sabina, su contrapeso. Él sí que llega un momento en que se enamora de esa vida que lleva Sabina, el contrapunto de una vida (su vida) llena de responsabilidades, y se deja llevar por esa levedad de existencia de Sabina, pero con el vértigo metido en el cuerpo porque Sabina, a la cual se entrega, es tan ligera que se le escurre entre los dedos. Al final de sus días, Sabina no es más que una mirada en los ojos de Franz, que le juzgan en el momento de su muerte.

Y con estos mimbres construye Kundera su discurso. Sólo faltaba el escenario, un entorno sociopolítico complejo, donde se rompan los firmes cimientos sobre los que necesita pisar el ser humano, donde los personajes tengan que tomar decisiones: si aceptar a la nueva cultura o revelarse y aceptar las consecuencias: la primavera de Praga del 68 que acaba con la entrada de los soviéticos para desmantelar esa idea del "socialismo con rostro humano" (leer más aquí)

Kundera fue testigo y parte de todo ese escenario y en su libro deja bien a las claras su pensamiento. Tanto es así que La insoportable levedad del ser fue publicada en el año 1985, pero su autor hubo de esperar hasta 2006 para verla publicada en su República Checa natal.

Más cerca del tratado filosófico que de una novela, La insoportable levedad del ser nos habla del peso de nuestras decisiones, de la aparente ligereza de nuestros actos, del ciclo de la vida,... y todo su mensaje va calando en el lector como una fina lluvia de otoño. Imposible explicar más, no quiero, porque explicarlo es romper la magia y explicar más de lo debido el viaje. Sólo te invito a que leas muy buena literatura. Aquí un adelanto:

 <<Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados en la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad. Ese es el motivo por el cual Nietzsche llamó a la idea del eterno retorno la carga más pesada (das schwerste Gewicht). Pero si el eterno retorno es la carga más pesada, entonces nuestras vidas pueden aparecer, sobre ese telón de fondo, en toda su maravillosa levedad. ¿Pero es de verdad terrible el peso y maravillosa la levedad?>>

Brillante, ¿no? Aunque yo de quedarme, me quedo con esta sencilla sentencia:

<<Allí donde habla el corazón es de mala educación que la razón lo contradiga>>

 


lunes, 24 de octubre de 2016

Tres noches - Austin Wright


Título: Tres noches.
Autor: Austin Wright
Editorial: Ediciones Salamandra S.A.
ISBN: 978-84-9839-609-7
PVP: 9,40 € en edición de bolsillo
Acabada "Tres noches" de Austin Wright, me doy cuenta de que se trata de un ejercicio metaliterario bien planteado aunque no muy bien acabado. Una pena, porque la propuesta es ingeniosa, aunque no cayó en las mejores manos, bajo mi punto de vista y la obra hubiera dado mucho más de sí.

De hecho la historia de la publicación así lo refrenda. Austin Wright terminó su novela y la vió publicada en USA en 1993 gozando de muy poco éxito. Digamos que pasó sin pena ni gloria. Incluso diríamos que su título "Tony and Susan", resulta de por sí poco atactivo, la verdad. Fue en 2010 cuando esta novela tuvo su segunda oportunidad y se reeditó en Reino Unido alcanzando tan buena crítica que fue vuelta a publicar en USA. Aquí en España se le llamó "Tres noches", un título algo más sugerente (solo algo más) que el original. Esta obra ha servido para una adaptación al cine titulada "Animales nocturnos", película del año 2016 dirigida por Tom Ford y protagonizada por Amy Adams y Jake Gyllenhaal que podremos ver seguramente en diciembre y que recibió el Gran premio del jurado en el Festival de Venecia. Por esto decía que la propuesta es ingeniosa, aunque hubiera necesitado mejores manos para convertirse en una gran novela.

"Tres noches" se trata de un ejercicio de literatura dentro de literatura, como decía al principio. Cuando la lean se encontrarán con dos novelas que avanzan en paralelo.

Sinopsis:

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Austin Wright
Imagen extraída de Google Images
Susan lleva una vida de rutinas aceptadas, no se replantea en exceso lo que pudo llegar a ser o si algún día tomó la decisión acertada o se equivocó. Un reencuentro es quien le devuelve una mirada al espejo, a ese momento en el que tuvo que decidir. Recibe una carta de su primer marido, Edward Sheffield acompañando al manuscrito de una novela que éste acaba de escribir. La novela se titula "Animales nocturnos". Edward le hace el encargo a Susan de que lea el manuscrito y le exprese su opinión crítica. Conforme vamos leyendo nuestra novela, nos encontramos con dos lecturas en paralelo, la de Susan que se sumerge en una lectura que le enfrenta a recuerdos del pasado y a cuestionarse las decisiones que han condicionado mucho su vida actual, y la novela que Susan lee, "Animales nocturnos", esa novela de Edward que encierra un mensaje críptico dirigido a su primera esposa y que poco a poco el lector irá desentrañando a la misma velocidad que Susan.

Son dos lecturas muy diferentes. La de la novela en sí, que es una reflexión contínua hacia los sentimientos y la construcción de la personalidad de Susan, ese mirarse al espejo que todos hacemos al alcanzar esa mal llamada mediana edad, y la de "Animales nocturnos" un thriller dinámico, donde los diálogos tienen mucho protagonismo así como las escenas contadas con un estilo muy directo y que no podemos parar de leer, estructurado en capítulos cortos llenos de acción.

No voy a desvelar mucho más para no hacer más spoiler del necesario, pero llamaría la atención en cómo ese rechazo inicial de Susan hacia el encargo de su exmarido, se va tornando en reflexión de si no debió seguir con él, de cómo sería hoy la vida a su lado,... y todo ello descubriéndolo entrelíneas a través del trabajo de escritura de Edward con su primera novela. También recomiendo que reflexionéis sobre ambos finales, los de las dos novelas, la que nosotros leemos y la que leemos junto a Susan. He leído en algunas críticas que esos finales son algo decepcionantes. A mí me han parecido muy buenos los dos. Juzgad vosotros y comentadlo por aquí.

Por último, en ese análisis que hace Susan del personaje creado por Edward para su novela Animales nocturnos. Se llama Tony, y Susan le termina odiando, desesperándose con sus decisiones, aunque finalmente termina entendiendo que esos sentimientos tienen su raíz en algo que termina entendiendo al final de la novela. Tal como se puede leer en el penúltimo capítulo "...en esa imagen fugaz de Tony el Blandengue hay un reflejo magnificado de ella misma."

Como nos dice el escritor y director Paul Auster, "la literatura es esencialmente soledad. Se escribe en soledad, se lee en soledad y, pese a todo, el acto de la lectura permite una comunicación profunda entre los seres humanos", sólo basta leer entrelíneas.


lunes, 17 de octubre de 2016

¿Y qué, si se lo dieron a Dylan?

Eso digo yo, y qué. A lo mejor, al igual que pasa con otras cosas, estamos asistiendo a cambios de paradigmas y no nos estamos enterando, y resulta que la literatura no se trata sólo de escribir un libro con su ISBN de sopotocientos números y letras. Hace un par de días regresaba de un viaje y en mi minúsculo asiento de avión, en el 20D por cierto (con D de Dylan), leía un artículo del escritor y director de cine Ray Loriga, en donde nos ofrecía una definición muy acertada de lo que significaba ser escritor. Decía Loriga, que la profesión de escritor podría consistir en "conseguir formular con las palabras de uno los sentimientos de los otros". Esto podríamos trasladarlo a todas las manifestaciones del arte, la pintura, la fotografía, y la música también, por supuesto. El arte, al fin y al cabo, consiste en eso, en conectar y llegar a un acuerdo con el espectador, lector o escuchante de música.

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Bob Dylan en 1978 (imagen extraida de google images
Yo no fui seguidor de Dylan. No es que no sea mi tipo, sino que cuando el Dylan revolucionario, ese que puso su sello eterno en generaciones venideras de cantautores decidió apartarse del mundanal ruido a pesar de que sus miles de seguidores de pronto se sintieran huérfanos, fue allá por 1966 y yo no era ni tan siquiera un embrión de proyecto de bloggero. Luego, años después, lo escuché y también tengo que decir que no entendía un carajo lo que cantaba. Pero su guitarra (de eso sí me di cuenta) tenía un martilleo insesante que calaba. Su armónica emitía acordes sencillos, claros, y parecían venidos no de sus pulmones sino de su garganta, esa misma que empujaba los versos por la boca, pero parecía que estos no se formaban allí, en sus cuerdas vocales, sino que salían desde más arriba, casi de la nariz, de ahí ese sonido nasal, arrastrando las frases, tan característico de Bob.

Luego vino lo que vino luego. Porque un día me entró la curiosidad y me atreví a leer sus letras traducidas:


"¿Cuántos años puede existir una montaña
antes de ser descolorida por el mar?
¿Cuántos años pueden algunos existir
antes de que se les pueda permitir ser libres?
Sí, y ¿cuántas veces puede un hombre voltear la cabeza,
pretendiendo no ver?
La respuesta, mi amigo, está soplando en el viento,
La respuesta está soplando en el viento."

Y me dije, ¡caramba! resulta que eso que decía, eso que no entendía, ¡eran poemas!, unos poemas de gran calado, tanto que seguramente muchos de sus contemporáneos no serían los mismos si Dylan no hubiera sido el primero. Tanto, que aunque este poema no hubiese sido publicado en un poemario, sus palabras siguen hoy por hoy soplando en el viento formulando preguntas y susurrando respuestas.
De verdad. No entiendo tanto alboroto. Cuando se lo dieron a Vargas Llosa me pareció en su momento un reconocimiento exagerado, porque sí, vaya si escribía bien, pero últimamente, qué se yo, como que no se parece mucho a lo que fue. ¿Y qué me dicen del nóbel del año pasado?  Svetlana Aleksièvich, periodista, que no es lo mismo que escritora al uso. Poner a Svetlana, con todos mis respetos, a la altura de Gabriel García Márquez, como que me cuesta verlo. ¿Y Camilo José Cela? ¿Por qué no Miguel Delibes? Tampoco veo cien por cien lo de Dylan, dicho sea de paso. Pero mucho menos a Churchill, que se llevó el nobel de literatura en 1953 por su "maestría en la descripción biográfica e histórica así como por la brillante oratoria para la exaltación de la defensa de los valores de la humanidad" (¿dónde está la palabra "literatura" en ese reconocimiento?).

Pues creo que lo voy entendiendo. Después de leer a Loriga en el asiento 20D de un Madrid-Tenerife Norte, lo he entendido: al final, expresar con las palabras de uno los sentimientos de los otros es literatura en sí misma, es el cúlmen del arte, estén esas palabras escritas en una servilleta de una cafetería o en una impresión en tapas de cuero ribeteadas de oro.

Qué quieren que les diga. Me quedo más con Dylan que con Churchill, aunque puestos a elegir me quedo con cien años de soledad, enarbolo mi descontento porque Jorge Luis Borges o Cortázar no hayan tenido el honor de recibir un Nóbel y desde ahora me pongo de abanderado para que el próximo Cervantes se lo den a Pedro Guerra, dicho sea de paso.


lunes, 5 de septiembre de 2016

La tía Tula - Miguel de Unamuno

Libro: La tía Tula
Autor: Miguel de Unamuno
Edit: Espasa Calpa
ISBN: 9788467034011
176 páginas
PVP: 6,60 € en Agapea
 Cada cierto tiempo echo una mirada atrás, a los clásicos de la literatura. Sobre todo me centro en esas asignaturas pendientes, los que no he leído y tengo que leer, porque los que escribimos tenemos deudas de lector. Miguel de Unamuno era uno de esos de la lista de pendientes. Me sentía atraído más que por su literatura, por su vida, por cómo su pensamiento vivió siempre en el conflicto, consigo mismo sobre todo. Unamuno era de los que se cuestionaron todo, hasta el punto de apoyar el levantamiento militar y arrepentirse dos meses después y desdecirse sobre lo dicho con aquel célebre "para vencer hay que convencer" con el que se enfrentó publicamente al fundador de la legión José Millán-Astray, hecho que le llevó a estar recluido en arresto domiciliario los últimos días de su vida hasta que se dejó vencer súbitamente un 31 de diciembre del 36, rumiando culpas.

Algo de Unamuno hay en la Tía Tula, una "nivola" como él las llamaba, un nuevo género literario creado por él y que nacía lejos de los formalismos y corsés de la novela clásica. La nivola de Unamuno no era una novela al uso, sino que se creaba sobre el propio hecho de la escritura, donde los personajes iban formándose a golpe de trazos, sobre la marcha y sin guiones, una manera más natural, si lo pensamos, que la del diseño previo de la novela clásica. Para construir la trama se servía mucho de los diálogos y también de los monólogos más que de la descripción. Por eso me resultó tan extraña, porque veía algo de divagación. Al principio pensé "este Unamuno seguro que fue un gran filósofo o ensayista, porque lo que es escritor, lo que se dice escritor, no me parece muy bueno", pero luego, pensándolo mejor y mirando con perspectiva lo que he leído, creo que su aportación a la literatura es cuando menos valiente. Los que le criticaron en su modo de escribir, lo criticaban en base a los cánones de la escritura clásica, sin embargo no se daban cuenta de que había creado su propio estilo novelístico, nivolístico para ser exactos. Equivocados que estaban los ignorantes críticos de la época...

Sinopsis:

La tía Tula es una novela corta, de unas 170 páginas más menos. Tula (diminutivo de Gertrudis) y Rosa (su hermana), ambas huérfanas, se crían con su tío Primitivo, que era sacerdote. Ramiro, un joven de buena posición, se enamora de Rosa y termina casándose con ella y de ese matrimonio empiezan a nacer hijos que la tía Tula va criando como si fueran suyos hasta que Rosa muere en el último de los partos, el tercero, quedando Tula consagrada a la crianza de los tres sobrinos, que asume como hijos propios, y también por si fuera poco del cuidado del marido viudo, que entonces manifiesta su atracción sobre Tula, mientras ella rehuye la relación.

No seguiré contando el argumento porque desvelaría cosas importantes sobre lo que sucedería después, aunque el encanto de la novela no está en lo que ocurre sino en la construcción de los personajes, sobre todo el de la tía Tula, una mujer que encarna muchas de las contradicciones del Unamuno pensador, que pasó de ser un ateo confeso a pensar que debía de haber un diálogo continuo en el hombre entre fe y razón. Probablemente, leyendo algo de la biografía de Unamuno y después de leer La tía Tula, podemos apreciar ciertos rasgos de él en aquella. No es descabellado. Unamuno, de hecho, siempre dijo escribir sobre el ser humano, y en concreto sobre él mismo, ya que, como decía, "escribo sobre mí porque soy el hombre que tengo más cerca".

Cuando me formé y aprendí lo poco que sé como escritor en La Escuela Canaria de Creación Literaria, una de las primeras cosas que me enseñaron fue que no hay novela si no hay conflicto. Podríamos también decir por extrapolación que en el personaje ocurre lo mismo. La tía Tula, toda ella es un conflicto. Unamuno plantea un personaje que decide ser madre siendo virgen, muriendo virgen. Establece un paralelismo en un momento dado con las abejas: siendo zánganos y Reina las que tienen la prole sin saber lo que es un hogar, lo que es construir una colmena, siendo las abejas, como Tula, las que nunca serán madres, las únicas encargadas de construir y sostener el hogar. Y luego está el otro aspecto soterrado, el del sororato o amor de Ramiro hacia las dos hermanas: por Rosa primero, que sería la madre de sus hijos, y por Tula después que dejaría de ser tía de sus sobrinos para convertirse en madre de éstos fallecida Rosa, pero todo ello recubierto de un velo de represión sexual que impedirá que Tula y Ramiro puedan amarse abiertamente. Unamuno echa mano del erotismo en su novela, permitiendo que se asome muy de soslayo en algunos pasajes, una novedad en su escritura y en la de muchos de su generación.

Miguel de Unamuno (imagen extaída de Google images)

La tía Tula se estructura en 25 capítulos cortos, pero claves son el capítulo VII y el XII. El primero donde Ramiro a través de un monólogo interno hace un repaso a sus sentimientos sobre Rosa, sobre Tula, sobre la paternidad, la maternidad, el amor, sobre todo el amor...

"El amor, sí ¿Amor? ¿Amor dicen? ¿Qué saben de él todo esos escritos amatorios, que no son amorosos, que de él hablan y quieren excitqrlo en quien los lee? ¿Qué saben de él los galeotos de las letras? ¿Amor? No amor, sino mejor cariño. Eso de amor –decíase Ramiro ahora– sabe a libro; sólo en el teatro y en las novelas se oye el yo te amo; en la vida de carne y sangre y hueso el entrañable ¡te quiero! y el más entrañable aún callárseo. ¿Amor? No, ni cariño siquiera, sino algo sin nombre y que no se dice por confundirse ello con la vida misma..."

Y el segundo, ese capítulo XII donde no es un monólogo de Tula sino un diálogo con su confesor, que me dio la sensación al leerlo que era el propio escritor el que interrogaba a Tula para extraer de ella sus pensamientos:

–Le he dicho, padre, que le quiero; pero no para marido. Le quiero como a un hermano, como a un más que hermano, como al padre de mis hijos, porque éstos, sus hijos, lo son más míos de lo más dentro mío, de todo mi corazón; pero para marido, no. YO no puedo ocupar en su cama el sitio que ocupó mi hermana... Y sobre todo, yo no quiero, no debo darles madrastra a mis hijos...
–¿Madrastra?
–Sí, madrastra. Si yo me caso con él, con el padre de los hijos de mi corazón, les daré madrastra a éstos, y más si llego a tener hijos de carne y de sangre con él. Esto, ahora ya..., ¡nunca!

Personajes atrapados por la elección temprana, por el cumplimiento de los designios del señor, por el no haber vuelta atrás. Personajes que terminan consumidos en ellos mismos dejando por el camino muchas reflexiones y preguntas sin respuestas, las mismas que se hacía el autor, que también se consumió por lo mismo, por intentar confrontarse con él mismo para encontrar la verdad sin saber que no hay verdad en sí sino verdades en sí mismo, en él mismo, en uno mismo.




jueves, 25 de agosto de 2016

La casa de las bellas durmientes - Yasunari Kawabata

Título: La casa de las bellas durmientes
Autor: Yasunari Kawabata
Edit: Caralt (Trad.: Pilar Giralt)
ISBN: 84-217-2608-0
PVP: 9,50 € (en Agapea)
Me imagino al viejo Yasunari, a sus 63 años recién cumplidos, viendo publicada su novela número diez, Nemeru Bijo o La casa de las bellas durmientes, con esa mirada perdida vestida de nostalgia que se cuela a través del humo que poco a poco consume un cigarro atrapado entre sus dedos de escritor. Me lo imagino así porque La casa de las bellas durmientes tiene un toque de balance de vida, de mirada hacia atrás en ese punto de la existencia donde intuyes que no queda mucho futuro por vivir.

Hay mucho de autobiográfico en esta obra de Yasunari Kawabata (14 de junio 1899, Osaka-Japón-16 abril 1972, Zushi-Japón). Sin ser su obra más notable (gozaron de más fama País de nieve o La bailarina de Izu, por ejemplo), La casa de las bellas durmientes fue dada a conocer gracias a unas declaraciones de Gabriel García Márquez en las que dijo que era la única obra japonesa que le hubiera gustado escribir. La leyó veinte años después de haber sido publicada, y sirvió de inspiración, no solo para su obra Memoria de mis putas tristes (2004) sino también para encontrar ciertas pistas sobre el comportamiento sexual en los ancianos a la hora de escribir El amor en lostiempos del cólera (1985) e incluso para su pequeño cuento El avión de la bella durmiente (leer aquí) incluido en su obra Doce cuentos peregrinos (1992), y en el cual hace clara referencia a la obra de Yasunari.
También sirvió de inspiración a una película australiana del año 2011, Sleeping Beauty, escrita y dirigida por Julia Leigh, que al parecer pasó con mucha más pena que gloria por algunos festivales como Cannes o Sitges.
Sinopsis:
Yasunari Kawabata (foto extraída de Google Images)

El viejo Eguchi, a través de su amigo Kiga, conoce de la existencia de una casa donde acudir a yacer al lado de mujeres jóvenes y vírgenes, que están profundamente dormidas gracias a una droga que les suministra la mujer que regenta la casa. Eguchi acude allí en cinco ocasiones a lo largo de la obra, siempre para dormir al lado de una chica diferente cada noche, salvo en el último capítulo en cuyo caso duerme con dos a la vez. Seis chicas a las cuales Eguchi “no debía hacer nada de mal gusto”, según las normas impuestas por la señora que regenta la posada.

La casa de las bellas durmientes yo lo percibo como un libro críptico, que nos habla más del autor de lo que pudiera parecer. La edad del anciano Eguchi (67 años), está muy próxima a la del autor cuando publica la obra (62). El escritor padecía de un insomnio crónico por lo que es probable que ese personaje que acude cada noche a dormir profundamente al lado de una chica joven de piel cálida, pueda ser una expresión literaria de sus propios deseos. Incluso, en el capítulo final, uno de los recuerdos que le asalta es el de la muerte de su madre, que muere de tuberculosis. El padre (no la madre) de Kawabata, muere de tuberculosis. Yo, como no creo en las casualidades, veo similitudes, y las hay, no me cabe la menor duda.
Luego está lo otro, lo referente a de qué nos habla Yasunari en su libro. Cada chica tiene algo, un labio que tiñe, una piel que roza, olores distintos, sobre todo olores. Todo en el libro es sensación, sensualidad, sexualidad. A través de esas sensaciones hay conexiones con recuerdos y vivencias, cuentas pendientes, caminos no recorridos, quién sabe si por miedo a no haberlos recorrido, lo cual es el germen mismo del arrepentimiento. Todos estos miedos son los que juegan en contra del sueño plácido, porque dormir, para quien tiene cuentas pendientes, es enfrentarse a los miedos:
…”la noche ofrece sapos, perros negros y cadáveres de ahogados”. Era un verso que Eguchi no podía olvidar. Al recordarlo ahora se preguntó si la mujer dormida –no, narcotizada- de la habitación contigua podría ser como el cadáver de un ahogado, y vaciló un poco en acudir a su lado…
El estilo de escritura de Yasunari es diáfano, un estilo poco recargado pero que a su vez deja rastros pleno de sensaciones en el lector. Esto lo logra a través de su carácter descriptivo y también desde ese establecimiento de conexiones imagen-recuerdo-sentido. Hay imágenes que siempre están presentes, en cada capítulo sin excepción, como para no dejar escapar al lector de esas cuatro paredes: el color y la luz de las cortinas que tiñen de rojo la habitación no es casual, se trata de una permanente conexión con la muerte. El té, que muchas veces toma reposado, algo frío, para luego entrar en calor con la manta eléctrica, salvo en el último capítulo que lo toma caliente (tampoco es casual), y ese romper olas contra el acantilado, que golpean tanto más fuerte cuanto más fuerte late su corazón y el de las chicas cuando se agitan en su sueño. La secuencia de capítulos es secuencia de vida, desde los recuerdos de olor a leche que le trae la primera de las chicas al recuerdo de la muerte de su madre en el último de los capítulos. En medio, la boda de su hija o los recuerdos de sus infidelidades. Un juicio a su vida en toda regla.
Por eso cala tanto su escritura y nos invita a acudir con él cada noche, a la casa de las bellas durmientes, a intentar conciliar el sueño.