domingo, 24 de noviembre de 2013

Pedro Guerra: el rastro de la honestidad

Entramos de puntillas en el salón de su casa. Éramos más de cincuenta, cien, doscientos y no le molestamos mucho. A pesar del gentío éramos un rebaño silencioso, muy educados. Ya no éramos quinceañeros con ganas de marcha sino maduros ochenteros y noventeros, de los que nos comportamos con el sosiego que da el haber pisado firme y también pasado de puntillas por nuestras vidas.

Portada del último trabajo de Pedro Guerra:
30 años.
Pedro entró y se quitó el abrigo, y los zapatos, y pisó descalzo el escenario y encendió la luz de la pequeña mesilla llena de recuerdos musicales que le acompañaba a su derecha. Allí reposaban su vieja bandolina rescatada de su infancia, o el pequeño timple, símbolo de su tierra. Se sentó y cogió la guitarra. Él y su guitarra, solos los dos, solos él y nosotros. Y tocó. Primero Daniela, y luego una tras otra fueron cayendo otras muchas canciones que llenaron el auditorio de sonidos y nuestras cabezas de recuerdos, porque treinta años cantando y componiendo dan para mucho, para mucho más que dos horas de concierto.

Pedro Guerra arrancó anoche aplausos sentidos y acompañamientos susurrados y tímidos a sus letras y risas nostálgicas desde su mirada irónica al pasado, cuando nos contaba, por ejemplo, cómo Taller Canario de la Canción tenía tantos seguidores, que si hubiera sido verdad, más fácil hubieran sido las cosas para ellos, claro. Compartió con todos lo que significó para él emigrar a Madrid a buscarse los garbanzos, viajar como esas Mariposas Monarca a las que dedicó una canción, pero con un viaje de ida y vuelta. Desde lo más insignificante como tener que explicar cómo se pronunciaba, su Güímar natal, ese nombre tan corto y de tanta complejidad sintáctica para un peninsular con dos puntos en la u y acento en la i, hasta lo más difícil como fue hacerse con público que le aplaudiera a un cantautor. Él y otros prolongaron la vida a esta especie en peligro de extinción durante los ochenta y los noventa y han servido de inspiración para que otros como Pedro Pastor, que se subió al escenario con él, sigan alimentándose de su estilo y garantizando que sigamos escuchando letras de canciones de verdad: literatura inmensa aderezada con cuatro acordes sacado de las seis cuerdas de una guitarra, sólo susurro.

Pedro, menos mal que viniste anoche, no tardes en volver. Me lo prometiste, volverás pronto. Mientras tanto hoy vuelvo a pisar nuestros lugares comunes, los bajos del edificio Galaxia donde despedíamos la noche lanzando canciones que calentaran el frío lagunero o el Espacio Aguere, antiguo Cine Aguere donde cantaste anoche y donde hace años se podían ver películas de culto como esa "El Marido de la peluquera" a la que dedicaste una canción que anoche cantaste junto a Pedro Pastor y que fue uno de los momentos mágicos de la noche.






sábado, 16 de noviembre de 2013

Dianne Reeves: ¿Cómo se convierte la voz en instrumento?

Dianne Reeves
Imagen extraída de Google Images
Me quedé perplejo. No es de extrañar. No fui el único por lo que pude escuchar en las conversaciones de los que salíamos del auditorio. Hay cantantes que te sorprenden por su voz. Otros por sus letras. Otros por cómo conectan con el público, por cómo se desenvuelven en el escenario.
El pasado miércoles fui a escuchar a Dianne Reeves. Ella me sorprendió por algo que estaba por encima de todo esto que os he comentado anteriormente: por haber convertido su voz en instrumento musical, un instrumento de varias octavas, capaz de ir del grave al agudo de un salto, sin quedarse a medio camino, acertando de lleno en el pentagrama. Poseída. Con un estilo interpretativo que se queda a medio camino entre su Detroit natal y África, en donde a buen seguro tiene sus raíces.
Ritmo, voz, ritmo y más ritmo, y voz y más voz. No paró de cantar. Tanto es así que hablaba cantando. Tanto es así que nos presentó a los componentes de la banda cantando. Tanto es así, que dijo un byebye cantando como despedida: fue lo último que nos cantó. Cuatro Grammys no los gana cualquiera. Los gana ella, porque es una artista integral. Si tienes la oportunidad, ve a escucharla.

En la sección "Te sugiero que escuches" os dejo su último trabajo "When you know". Ya tiene unos años, desde el 2008, con standards del jazz y el soul cantados a su estilo, siempre con gran respeto hacia los maestros de las cuales pide prestado su trabajo.

También os dejo un video de un tema llamado "Tango". Ella nos explicó, perdón, nos cantó, que con este tema pretendía demostrar que no hace falta poner letra a una canción cuando se quiere transmitir, que sólo hace falta mezclar voz con música y ritmo y que de esa manera había logrado arrancar sentimientos desde Estados Unidos a Argentina, pasando por Brazil o Venezuela. Por eso el lenguaje de la música, es universal. No hace falta entender la letra de esta canción porque esta canción no tiene letra, solo hace falta sentir lo que Dianne nos quiere transmitir, y de eso ella sabe un rato.


miércoles, 13 de noviembre de 2013

Susurros asimétricos.

sombrero, paja, playa
El descanso del sombrero
(fotografía: Miguel A. Brito)
–Quítate el sombrero, deja que vea tus rizos.
–¿Para qué?
–No sé. Me gustan. Parecen caracoles. Me gustan los caracoles.
–Hace mucho sol. ¿Quieres que me queme?
–Anda. Hazme ese capricho. Precisamente por el sol lo digo. Así, ¿ves? Me encanta.
–¿Te encanta el qué? Yo no me veo.
–Me encanta ver cómo se cuelan los rayos entre rizo y rizo y el rubio se llena de matices, claros más claros, brillantes, oscuros. Me gusta meter mis dedos en ellos, llenarme de anillos de oro. Eso son tus pelos, anillos.
–Pero si tengo ya más pelos blancos que rubios. Además, ¿no eran caracoles? 
–Bueno sí, también. Anillos y caracoles. Deja que te huela. Hueles a mar, a sal especiada, a camarones, a arena, a ganas de nadar sobre mí. ¿A que tienes ganas de nadar sobre mí?
–Sí, mucho. Sigue olisqueando mi pelo, que yo tengo buena vista desde aquí. Me gusta resbalarme en tu escote. ¿Sabes? Desde aquí casi puedo ver el principio de tu pezón derecho. 
–Mira lo que has hecho. Me has puesto la carne de gallina.
–Si es lo que siempre digo: No hay lengua más húmeda para lamer que aquella que no te toca. ¿Te das cuenta? ¡Mira cómo te pones! Si me puedo colgar en ellos y no caerme. Apuesto a que mi sombrero es capaz de quedarse ahí, colgando de tu pezón derecho. ¿Por qué sólo se levanta el derecho? ¿Qué le pasa al izquierdo?
–Susúrrame aquí, tonto, a este lado. Verás cómo rompes mi asimetría.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Mi hermana vive sobre la repisa de la chimenea - Annabel Pitcher

Libro: Mi hermana vive sobre la repisa
de la chimenea.
Autor: Annabel Pitcher.
Ediciones Siruela
Páginas: 232
Precio: 12,95€ en Agapea (también
disponible en edición de bolsillo a 7,99 €
y en versión Kindle de Amazon a 9,49€)
Seguramente nunca hubiera leído este libro si no hubiera sido una recomendación de uno de los miembros del Club de los 1001 Lectores. Eso es lo bueno de pertenecer a un club de lectores: que descubres nuevos libros, nuevos autores, y sobre todo que las propuestas vienen filtradas porque quien propone es lector, un lector crítico, que juzga, con criterio. Puede ser que entre las propuestas vengan libros menos buenos, pero casi siempre la sorpresa es grata, como es el caso.

Digamos que "Mi hermana vive sobre la repisa de la chimenea", no es que se trate de un gran libro, tampoco es alta literatura, pero es un libro diferente, con una voz que atrapa, la del narrador Jamie, un niño de apenas diez años.

Jamie vive en casa de su padre con su hermana Jasmine. Jasmine es gemela de otra niña que se llama Rose, que es la que vive sobre la repisa de la chimenea. Bueno, realmente no es que esté viva. Rose murió hace cinco años a causa de un atentado islamista. Las que viven sobre la repisa de la chimenea son las cenizas de Rose, y digo bien, viven, porque su presencia es palpable. La muerte de Rose destroza a la familia. Los padres de Jamie se separan y los hijos viven con el padre que bebe día sí y día también, y para liarlo aún más, el padre de Jamie y Jasmine, se muda de casa y ellos tienen que cambiar de colegio, con lo que tienen la oportunidad de empezar de nuevo pero cuesta mucho cuando se arrastra un pasado tan lleno de dolor.

annabel, pitcher, mi hermana vive sobre la repisa de la chimenea, narrativa, novela, escritora, filóloga
Annabel Pitcher.
Imagen extraída de Google images
Digamos que ese es el esqueleto, y que no debo revelar más del contenido porque estaría echando por tierra gran parte del encanto del libro. Es la primera novela de su joven autora Annabel Pitcher (1982), una filóloga que promete mucho como escritora. De hecho ya trabaja en su segunda novela llamada "Ketchup Clouds" donde la protagonista en una chica de quince años. Esas voces se le dan bien a Annabel. Sufrí con ese niño y quizás eso fue lo que más me llamó la atención: lo que cuenta, lo que le pasa en el colegio, lo que vive en casa de su padre, lo que siente por su hermana muerta,... todo esto es muy triste, sin embargo el personaje no lo cuenta como sufrimiento, no lo cuenta para dar pena, sólo relata hechos, pero a mí (tal vez por tener en vena la enfermedad de ser padre) me dan ganas de abrazarlo o de traérmelo a casa. Le cogí cariño sin mucho esfuerzo. Annabel nos hace ver por los ojos de un niño, pero sentir como adultos a pesar de lo creíble de su voz. Me pasó algo parecido a lo que sentí cuando leí "El curioso incidente el perro a media noche" de Mark Haddon, del cual hice reseña en este blog hace algún tiempo. Después de leerlo me he quedado por tanto con esa idea de que como niño no se vuelve a sentir, y en todo caso lo único que nos queda es la nostalgia del recuerdo, de cómo vivíamos lo que nos pasaba.

Yo lo recomiendo ahora que llegan estas fechas de navidad. Encendamos o no la chimenea. Para adultos y para adolescentes también.