domingo, 16 de diciembre de 2012

Señales


Lucía se despertó sobresaltada. Fermín, ¿qué es ese ruido? Son los gatos aullando, están en celo, le contesté. Tomó mis manos entre las suyas y las posó en su vientre, como para evitar que se escapara la vida que albergaba dentro. Dan miedo, parecen los llantos de cien niños, no me gustan esos quejidos, me dijo. Duerme tranquila Lucía. Solo son gatos.

***
Lucía rompió aguas un siete de febrero por la tarde y pronto se hicieron apremiantes los dolores. Nos cogió por sorpresa porque faltaban algunas semanas para que saliera de cuentas, así que casi no me dio tiempo de prepararlo todo: mantas, paños limpios y el agua caliente, siguiendo las instrucciones que me había dado la partera por la tarde.
No puedo evitar leer lo que hay escrito en los estigmas del rostro de las personas, sobre todo cuando estoy intranquilo. Busco en los surcos de la cara el rumbo de los hechos, pero cuando me fijé en la cara de Juana la partera, vi que sus arrugas eran un mapa indescifrable lleno de señales contradictorias. Tenía los labios cuarteados, lo que denotaba cómo al apretarlos daba mayor intensidad a sus manos para ayudar a parir. Por otro lado, su frente estaba llena de arrugas: las había horizontales para expresar alegría y también perplejidad o extrañeza, pero también las había oblicuas trazando dos líneas que empezaban por encima de sus cejas y acababan en punta justo a la altura del entrecejo, signo inequívoco de expresiones de enfado o de impotencia.
Yo esperé fuera de la habitación dando paseos en el corredor, primero a pasos largos y luego cada vez más cortos conforme pasaba el tiempo. A cada paso que daba, las maderas bajo mis pies se dejaban oír, y en su chirriar se intuía un lamento, que acompañaba los gritos de Lucía que a ratos eran como los alaridos de quien intenta echar el alma por la boca.
La espera fue larga y las señales hacían que aumentara mi angustia. Miré por la  ventana cómo la luna llena escondía su cara tras un tupido tul de nubes, y no pude evitar que en mi cabeza se mezclaran las líneas de la cara de doña Juana, los quejidos de los gatos las últimas noches o el chirriar de las maderas que semejaban llantos. Todo a mi alrededor me decía que aquello no iba a acabar bien.
Por fin Lucía dejó de gritar. El silencio cortó el aire y me detuvo en seco. Dos golpes, luego tres y nuestra hija lanzó un grito. Ciertamente parecía el aullido de un gato. Me dejé caer al suelo resbalando por la pared, y con las manos me tiré del pelo, y solté por los ojos toda la angustia que llevaba dentro, llorando y riéndome a la vez por sentirme idiota de haber pensado que los destinos estaban escritos y se podían descifrar.
Doña Juana tardó en salir. Cuando lo hizo, yo seguía allí  sentado en el suelo. Levanté la vista para mirar su cara y vi que algunas arrugas habían desaparecido mientras otras se mostraban con mayor nitidez, sobre todo las dos líneas oblicuas apuntando a su entrecejo. Sus párpados estaban caídos y sus labios apretados no mostraban sonrisa de satisfacción sino un atisbo de impotencia. No hubieron palabras. Me levanté de un salto y entré corriendo en la habitación conteniendo la respiración. Suspiré con alivio al ver cómo nuestra niña, envuelta en una manta, se contorsionaba como una oruga y ronroneaba como un gato. Luego miré a mi derecha y vi a Lucía en la cama. Me acerqué. Estaba allí muy pálida y empapada en sudor. Sus ojos me miraban relajados, abiertos pero apagados, silenciosos. La sangre derramada en el suelo de la habitación calló para siempre el chirriar de las maderas.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Sukkwan island - David Vann


Libro: Sukkwan island
Aut: David Vann
Ediciones Alfabia
ISBN: 8493794325
PVP: 18,00 € (también disponible en
edición de bolsillo a 7,95€)
Simplemente no había entendido nada a tiempo.

Con esta frase acaba Sukkwan Island, del escritor David Vann, pero para llegar hasta aquí, para llegar a comprender porqué Jim no entendió nada a tiempo, tendremos que trasladarnos con él y su hijo de trece años Roy a la isla de Sukkwan, una isla imaginaria y deshabitada de la costa de Alaska. 
Sukkwan Island es una novela que me ha marcado. Intentando encontrar un por qué me he puesto a investigar. David Vann trae del pasado una experiencia personal tremendamente cruda como es la muerte de su padre cuando él tenía trece años, y la viste de capas (como diría Vargas Llosa, como un streeptease al revés) para construirnos un relato desgarrador que profundiza en las mismas raíces de la culpa y el miedo.
El autor, ganador con esta novela del premio Médicis Francés a la mejor novela extranjera en 2010, crea un mundo que se engulle a los dos personajes, a Jim, el padre que llega a una encrucijada tras una vida donde las infidelidades y su vida inmadura e irresponsable le han llevado a estar sentimentalmente vacío y Roy hijo de su primer matrimonio, que no reconoce ya a su padre pero al que quiere aunque no sepa muy bien cómo demostrárselo. Jim propone a Roy que le acompañe a un viaje durante unos meses, en los que los dos vivirán como colonos en una isla desierta y hostil llamada Sukkwan donde Jim ha empeñado parte de sus ahorros para comprar una cabaña con la intención empezar de nuevo. Pronto se dan cuenta de que además de un mal organizado equipaje, se han llevado las heridas del pasado, y que éstas no se curan huyendo hacia delante, sino que esos estigmas supuran, los llevamos encima y que hay que abordarlos desde la valentía para poderlos curar, y Jim carece del valor necesario.
David Vann.

El estilo de escritura de David Vann ayuda mucho a esa sensación de claustrofobia, empleando muchas veces las “y” en la narración y omitiendo puntos para no dar tiempo al respiro:

 Apilaron la madera contra el muro lateral, y cuando terminaron volvieron a mirar el pozo, y el barro que se hacía más profundo y las paredes que se hundían, y los dos miraron al cielo, hacia ese gris que no tenía profundidad ni fin, y después entraron en la cabaña

Genialidad de buen escritor. Al final ha logrado que yo, como lector, me haya sentido encerrado, sin escapatoria. Necesitaba entender qué sentían, por qué se comportaban así, qué lejanas heridas sin cicatrizar podían argumentar sus comportamientos, cómo podría yo salir de allí. 

Al final Sukkwan Island se convierte en todo un ensayo sobre la culpa, la del padre que no lo ha sabido ser, y la del hijo al que no le dejaron serlo; y la ausencia del perdón absoluto, la única medicina que cura la culpa, provoca esa arremolinada secuencia de acontecimientos que terminan por desnudar esa tremenda debilidad humana.

Es el libro más crudo que he leído, sin duda. Mucho habrá tenido que ver que David Vann nació en Alaska, en una localidad (Adak) que no tiene más de doscientos habitantes. Que Ketchikan, el pueblo donde pasó su primera infancia y que aparece también en la novela, tiene apenas 8000 habitantes, y que Sukkwan Island es un mundo no tan imaginario. Recoge algo que debió vivir y no vivió. Pero no voy a seguir contándolo. Lean. Lean y verán.  

domingo, 9 de diciembre de 2012

Santuario


Mi madre no tenía santuario, ni tan siquiera una tumba a la que pudiéramos ir mi hermana gemela Carmen y yo a quejarnos o a rogar. De mi madre no guardo ni las fotos. Las quemé en un ataque de rabia el día que me enteré de su muerte. Cuando se marchó nos dijo que lo hacía porque ya había remado bastante con nosotras, que estaba cansada, que quería vivir, que se ahogaba, y se fugó con aquel tarambana lleno de tatuajes, y no escuchó cuando le decíamos que era quince años más joven que ella y que no la quería más que por su dinero. No nos hizo caso y se lanzó a una vida bohemia y desordenada, como una chiquilla dispuesta a beberse la vida en dos tragos, y empeñó todo lo que tenía en darse gustos grotescos. No nos quedó de ella más que el susurro de su muerte que nos llegó un día desde el Caribe y allí decidimos que se quedara para siempre.
Hoy hace un mes su recuerdo me asaltó por casualidad. Paseaba por la calle y me crucé con una señora mayor vestida de un modo extravagante. Me llegó su olor; un aroma muy familiar a Chanel, la misma fragancia que usaba mi madre. Aquella mujer entró en una galería de Arte y sin saber muy bien por qué la seguí. Nathiuska, como así se llamaba, era pintora y allí tenía una exposición. Su obra estaba plagada de figuras negras, irregulares, la mayor parte eran solo manchones amorfos sobre fondos blancos y se titulaba “Cadenas”. De todas aquellas pinturas me llamó la atención la de una forma humana, femenina, de brazos alargados y delgados. Una figura negra sin cara ni ojos que daba la sensación de estar ataviada por un manto de la cabeza a los pies, y de sus hombros encorbados brotaban dos largos brazos estirados y delgados, a punto de romperse, que llegaban hasta el suelo desde donde se espigaban cuatro grandes dedos deformes, que no parecían dedos sino raíces u otras figuras humanas pero más pequeñas, como niños que apenas levantaban un palmo del suelo. Esos dos niños parecían tirar de ella, y ella se arqueaba como sí esos pequeños fueran un peso difícil de llevar. Una pena de mujer de trapo, sin ojos ni boca, ciega y muda a un fondo blanco donde poder brillar, y no solo lo digo por el lienzo, sino por toda la galería que también era blanca, tentadoramente blanca, y por las ventanas que, como un insulto a su manto oscuro, llenaban la sala de luz. Me sorprendí hablando sola y diciendo suéltalos, suéltalos ya y corre, vuela, llénate de color, quítate ese manto, no sufras así. La señora que pintó aquel cuadro se me acercó por detrás. Me dijo que no, que no podía, que la vida te da hijos que criar o alas para volar y que aquellos, los del cuadro, pesaban demasiado, que sólo podría volar si se cortaba las manos y renunciaba al tacto de su vida anterior.
Aquel manchón negro de la galería se llama "Maternidad". Desde hace un mes cuelga en mi sala. Mi hermana y yo quedamos cada sábado por la tarde para tomar un café. Ya nuestra madre tiene su santuario. Nosotras brindamos cada sábado con ella. Brindamos por el valor que un día tuvo en cortarse las manos y volar lejos.

Nota: Gracias a Inma Vinuesa por cederme su dibujo para retratar este relato. Este relato fue inspirado en un cuadro llamado precisamente Maternidad y que tiene muchas semejanzas con el que dibujó Inma a petición mía, como parte de un juego de sentidos, un curioso ejercicio donde mis ojos captaron la esencia de una imagen, que se ha trasladado en letras a un texto, que ha leído Inma y que ha hecho que se haga la idea de una imagen que plasmó en un folio en blanco con certeza, en un círculo infinito de rueda de sentidos encadenados. 

viernes, 7 de diciembre de 2012

La última isla

Anoche tocó cine. Cine sin palomitas. Nos fuimos la familia en peso a ver una película que se estrenaba anoche aquí en Tenerife en El Tea llamada "La última isla" de la directora Dácil Pérez de Guzmán, en lo que supone su debut como directora única de una película, aunque ya tiene una amplia trayectoria formando parte de los equipos de dirección de algunas muy conocidas como Airbag o el Milagro de P.Tinto entre otras.
La última isla es una película fresca, que sugiero que quien quiera acercarse a verla lleve a sus hijos, sobre todo si estos no superan los doce o trece años. Muy bien por la protagonista, una niña de diez años llamada Alicia, interpretada por Carmen Sánchez, que le valió en su primer papel protagonista el premio a la mejor actriz en el Feel Good Film Festival de Los Ángeles este mismo año. Es una película de muy bajo presupuesto, cuyo principal atractivo es el entorno en el que fue rodada (casi íntegramente en la Isla de El Hierro, una isla que se presta a la magia) y la historia, sencilla como la que puede contar una niña de once años y a la vez tan cargada de significado. Tuvimos la suerte de escuchar en la presentación a la propia directora y de una de las actrices, la herreña Virginia Ávila, quienes pusieron mucha emoción, y no es para menos, porque han hecho realidad un proyecto del que se sienten parte porque no en vano la directora pasó muchos veranos de su infancia en la Isla, mientras que Viriginia tiene sus raíces muy bien agarradas a la Isla del Meridiano. La película tiene un pero muy llamativo que es una pena que se produzca, y se trata de algunos errores de realización en los que se producen saltos a la hora de mezclar algunas escenas (mi hijo de once años se dio cuenta). Yo les recomiendo que la vayan a ver, sin palomitas (o roscas si estamos en Las Palmas, o cotufas si estamos en Tenerife) y con los sentidos abiertos, sin más pretensiones que las de ir a escuchar y ver un cuento. A los adultos les sugeriría que intenten entrar en esa mente olvidada de los once años, y a los niños que aprendan que existe un mundo gigante, lleno de mar, brisa, bruma y monte más allá de las pulgadas de la pantalla de una Nintendo. Si están por Tenerife, podrán verla en el TEA hasta el próximo día 12 de diciembre y si están en otras latitudes, en su perfil de facebook pueden seguir su ronda de proyecciones: http://www.facebook.com/pages/La-Ultima-ISLA/187981564628733



Ficha técnica:
Título: La última isla.
Directora: Dácil Pérez de Guzmán.
Interpretes: Julieta Serrano, Antonio Dechent, Eduardo Velasco, Carmen Sánchez, Maite Sandoval, Xavier Boada, Virginia Ávila, Lucía Perales, Pablo Perales.
Año: 2012
Duración: 87 minunos.

Sinopsis: Es un cuento mágico que narra la aventura de una niña de diez años, Alicia, cuyos padres la envían en verano a una isla remota al cuidado de una tía que ni siquiera conoce. Alicia comienza su aventura aburrida y disgustada, sin saber cómo divertirse en un lugar donde no hay ni televisión ni funcionan los móviles. Poco a poco irá descubriendo otra manera de ver el mundo, otra forma de utilizar la imaginación y de abrir la mente y otros aspectos de sí misma que ni siquiera sabía que existían. En un lugar donde no funciona la lógica convencional y donde puede pasar cualquier cosa de manera natural, Alicia conoce a su tía, una curandera que ella ve al principio como una peligrosa bruja. Conoce también a los dos únicos niños que viven en el pueblo. Y a Fermín, un loco que a veces parece un niño y a veces un sabio. Un amuleto protector, una isla negra de lava, un bosque de niebla donde Alicia se pierde, un dragón de niebla y un acantilado donde se decide su destino, son los elementos de esta aventura sigilar. Una historia donde los niños se comportan como adultos y los adultos como niños.

domingo, 2 de diciembre de 2012

El libro del cementerio - Neil Gaiman

Libro: El libro del cementerio.
Autor: Neil Gaiman.
Editorial: Roca bolsillo.
ISBN: 8492833173
Págs.: 256
pvp: 7,95 €
Este libro cayó en mis manos hace ya algunas semanas. Me lo prestó una amiga que dice que lo encontró en uno de esos sitios a los que yo llamo "la fosa común de la literatura", uno de esos lugares, normalmente en forma de enorme cesta, que se encuentra en algunos rincón de los macrosupermercados. Tiene su gracia que este ejemplar se llame "El libro del cementerio" y haya sido rescatado de una fosa común, pero es que a mi amiga este libro no le olió precisamente a muerto sino a buena literatura aunque, según me comentaba, lo eligió no sabe muy bien por qué. Quizás fuera su sugerente portada o quizás se manifestó su alma (que la tiene), pero el caso es que primero pasó por sus manos, luego por las de otra querida amiga y finalmente vino a calar a las mías, y de las mías pasará a otras y otras más, porque vale la pena leerlo y, en vez de devolverlo a la fosa común, ponerlo en el altar de su biblioteca.
Neil Gaiman (británico de nacimiento) según cuenta es un enamorado de Tolkien y CS Lewis (el creador de las crónicas de Narnia), por eso no es de extrañar que se mueva en el terreno de lo fantástico. Pero El libro del cementerio (su último libro hasta ahora) publicado en 2008, además de esas ciertas dosis de fantasía, se mueve también en la frontera entre lo terrenal y lo desconocido, esa frontera, a veces delgada línea, que separa el mundo de los vivos del mundo de los muertos.
El secreto de que me haya enganchado desde las primeras páginas es que El libro del cementerio empieza por decirlo tal cual "a saco". Un asesino (el hombre Jack) se ensaña con una familia de cuatro miembros. Debe matarlos a todos no se sabe muy bien por qué hasta muy avanzada la historia, pero no cumple su misión ya que escapa uno, nuestro protagonista, que es tan pequeño que malamente sabe andar pero aún así logra subir cuesta arriba hasta la colina y entrar en un cementerio, uno de esos cementerios históricos de algunos pueblos británicos donde ya no entra casi nadie. Allí es acogido por sus habitantes, almas de hace años y de hace muchos años, desde el comienzo de la existencia de la ciudad, que deciden darle un nombre al niño y protegerlo. Lo llamarán Nadie, Nad para los amigos, y le ponen apellido: será a partir de ahí Nad Owens ya que sus padres adoptivos son los Owens, que murieron sin la satisfacción de haber sido padres en vida. Allí vive Nad rodeado de amigos de juegos que nunca crecen mientras él se hace un hombrecillo y tras las rejas que rodean el cementerio, como un sabueso, ronda el hombre Jack dispuesto a acabar con su vida para dar por cumplida su misión.
Neil Gaiman reconoce en los agradecimientos, que se inspiró entre otros en El Libro de Selva de Rudyard Kipling para escribir su libro. Esto tiene mucha lógica ya que mientras en el libro de Gaiman el niño es protegido de los peligros y aleccionado para hacerse mayor y enfrentar su destino por un grupo de espíritus, en el caso de el libro de la Selva, también ocurre lo mismo, pero sustituyendo los espíritus por animales.
Me gusta la narrativa de Gaiman, muy cautivadora y envolvente. Eso hace que ese mundo creado dentro del cementerio quede muy bien retratado. Esas almas en pena que acompañarán a Nad para protegerlo, quedan muy bien configuradas en la novela, dando como resultado personajes muy reales, casi vivos a pesar de estar más que muertos.
Al parecer no soy yo el único cautivado por el libro. Ya Disney ha puesto los ojos en él y ha pedido a Henry Selick, que ya dirigiera una película basada en un libro de Gaiman "los mundos de Coraline", que dirija la película. Esperemos a ver el resultado.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Voces de noche.


Voces sordas de día, 
vocean de noche.
Susurran los vientos,
y empujan impunes
y atizan mi pecho.

Desatan el alma,
la vuelven jirones.
Se alzan al cielo.
Se escapan de mi,
avivan el fuego.

Me digo que no,
que no, que no quiero.
Que sí, que sí puedo,
que no, que no debo.
Lucho.
¡Que sí!, ¡que sí vuelo!

El día me llega.
Vago vencido,
no escucho sus voces, y
enmudo el silencio.
Me espera la noche.
Vuelvo a mi lecho.

sábado, 24 de noviembre de 2012

La Puerta de Albequa - Víctor Marrero.

Título: La Puerta de Albequa.
Autor: Víctor Marrero Fernández.
PVP: en Amazon, versión e-book.
          2,06€ IVA incluido.

Es difícil ser escritor. Ya no digamos publicar, que en el caso de no tener algún padrino, se vuelve ciertamente complicado. Cuando no se tienen padrinos, lo mejor es tener coraje para no perderse en la madeja de la autocompasión. Víctor siempre ha creído en su primer gran proyecto desde que hace unos años naciera en su cabeza ese mundo que es Lucítera, el lugar donde transcurre la historia de su libro La puerta de Albequa. Víctor ha recurrido a las nuevas tecnologías para que su obra sea leída, y con ese fin ha creado un perfil de facebook y abrió el blog La Puerta de Albequa, donde se pueden leer gratuitamente los primeros diez capítulos. La novela solo está en versión online, y puede adquirirse de manera muy sencilla a través del portal Amazon, para ser leído en un lector de ebooks, en tablets, en teléfonos móviles, en ordenadores,... Las posibilidades son amplias.
Sobre La puerta de Albequa, tengo que decir que su lectura me ha gustado. Víctor Marrero tiene una ventaja en su modo de escribir que le va muy bien a este libro y a todos los autores que pretendan recrear mundos fantásticos: escribe con mucha intención y precisión. Eso hace que se nos presente de manera muy clara el pueblo costero de Lucítera, el faro de la isla de Lumia o el ímpetu del Forzzo, ese viento casi huracán que se presenta a los habitantes de Lucítera de tanto en cuanto y sin avisar.
La puerta de Albequa conecta dos mundos que van en paralelo. Una puerta cuyo secreto solo puede ser desvelado a quien esté preparado. Pero La Puerta de Albequa también es la puerta que conecta a dos generaciones, la de Sonia, la madre escritora y la de Baldo, el hijo adolescente que acaba de recibir calabazas en el instituto. Ambos viven, en distintos años, la misma inquietud, en el mismo lugar, sintiendo el mismo revoloteo en el estómago de los chicos en busca de la primera gran aventura de sus vidas. Es una lectura que se me parece mucho a las de antes, esas que disfrutamos los que pudimos leer, por ejemplo, algún libro de  “Los cinco”, aquella famosa saga de la escritora inglesa Enid Blyton. Tiene dos partes muy bien diferenciadas: la primera muy centrada en retratar paisajes y personajes, poniendo en situación al lector, y la segunda (a partir más o menos del capítulo 15) donde lo principal es la aventura de Baldo y de Ana, su amiga de Lucítera, para descubrir el secreto de La Puerta de Albequa. Desde ahí hasta el final, es un correr y no parar.
Diría que se trata de un libro para jóvenes en la Puerta de la Adolescencia, pero también para adultos que quieran rememorar viejas pasiones de lectura juvenil que quedaron dormidas. De vez en cuando es bueno volver allí, a nuestras Lucíteras. Es una llama que siempre prende, y os aseguro que rejuvenece. Yo me di el capricho y acudí a Amazon a por él casi por lo que me costó el café y el dulce de esta mañana. Lo he comentado con algún amigo: he leído libros publicados en papel que al lado de éste dejan mucho que desear. Pero ese es otro de los grandes misterios del mundo de la literatura, y no me sorprende lo más mínimo. ¿Sabían ustedes que Cien años de Soledad fue desechada por Carlos Barral, el dueño de la célebre editorial Seix Barral, allá por mediados de los sesenta por tratarse de una novela que no iba a tener éxito y que no servía? Creo que el bueno del Sr. Barral estará tirándose aún, allá donde se encuentre, de esas largas barbas que lucía.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Lágrimas mágicas - Ana Joyanes.


Libro: Lágrimas mágicas.
Autor: Ana Joyanes Romo
Ediciones Idea
ISBN: 978-84-8382-373-6
172 páginas
13,47 € (Agapea)
Lágrimas Mágicas de Ana Joyanes, estaba en mi librería durmiendo. Cada vez que iba a por un libro que leer, discretamente asomaba su delgada figura roja y sus letras amarillas, intentando reclamar mi atención. El próximo serás tú, le decía, y siempre había uno que se colaba y lo dejaba ahí, esperando. Hace un par de semanas lo cogí y lo abrí. De su interior cayó, como una lágrima, un ticket de compra, señal de que no lo había abierto desde entonces, y que me señalaba con intención, como diciéndome ¡debería darte vergüenza! Inmediatamente pensé: un ticket de compra, una lágrima mágica. Ese hecho simple y revelador ya me dijo que estaba ante un libro especial, con vida propia. Antes de empezar a hablar de ti, “lágrimas”, te pido disculpas por haber sido tan remolón contigo, pero sabes que la literatura fantástica no es que me atraiga demasiado. Desde que allá por los años ochenta leí “La historia interminable” no he leído más nada de literatura fantástica. Digamos que ese alma joven, tan necesaria para leer fantasías, se quedó hibernando. Pero puedo decir que, después de leerte, te aseguro que ha despertado con mucha hambre y ya no puede parar. Ahora mismo estoy acabando otro del que os hablaré en breve (“La puerta de Albequa” de Víctor Marrero) y otro más (“El libro del cementerio” de Neil Gaiman), y estas navidades me meteré con el ambicioso proyecto de leer el volumen uno de “Juego de Tronos” de George R.R. Martin, a la espera de que los Reyes me regalen el volumen dos (ya está en la lista). 
Te debo una disculpa “lágrimas”, perdona. Ahora me doy cuenta de que me he perdido un libro sorprendente. No es un libro para niños, aunque sí que lo es. Tampoco es para adultos, aunque sí que lo es también. Elfos, duendes, hadas, trolls, un gato montés y parlante, y un valiente dragón, se dan cita para contarnos que viven en paralelo con los humanos, que se libran batallas en su mundo igual que en el nuestro, y que amistad, honor y compromiso son las claves para triunfar. Pemp, un joven duende, rescata a una niña llamada Paula y la lleva hasta el bosque con la  ayuda de unas hadas y Wacco, un enorme gato montés. Una vez allí, convence a sus habitantes para que juntos la protejan y la aleccionen hasta convertirla en la joven Stella, una valiente guerrera. A un tiempo, María, la madre de la niña, sigue un rastro, el de unas piedras preciosas recogidas en el bosque que al acercarlas a su corazón despiertan en ella un sentimiento difícil de descifrar. Ambas historias avanzan en paralelo hasta cruzarse en un final lleno de sentido que no pienso desvelar. Todo esto nos lo cuenta la escritora en un estilo tan sencillo como auténtico. Dice Ana Joyanes, su autora, que es un libro enfocado a lectores con espíritu joven, independientemente de su edad, y lleva mucha razón. A mi, que ya peino canas, me ha cautivado y enganchado desde las primeras páginas. Yo leí hace ya unos meses Sangre y Fuego, de la misma autora, un registro distinto pero que tiene muchos paralelismos con éste por el lenguaje directo, no exento de elaboración sino cargado de sentido, que conecta con el lector para engancharlo a la trama y no dejarlo escapar fácilmente. Así resumo el estilo Joyanes. Pendiente estoy del próximo, que me ha dicho una duende de ojos vivos y sonrisa afable que anda cerca, muy cerca, dentro de un mes. También un libro fantástico. Quizás le robe el sitio a Juego de Tronos, y sea éste el que duerma un año en la biblioteca reclamando mi atención. Quién sabe, quizás la venganza de "lágrimas" esté servida. Les seguiré contando. 

sábado, 10 de noviembre de 2012

El viajero del siglo - Andrés Neuman.

Libro: El viajero del Siglo.
Autor: Andrés Neuman
Editorial Alfaguara

544 páginas
ISBN: 978-84-204-2235-0
pvp: 9,99 € en Agapea.
También disponible en versión kindle
en Amazon a 5,69 €

“Hacía rato que Wandernburgo se dibujaba a lo lejos, al sur del camino. Pero, pensó Hans, como suele pasar al final de una jornada agotadora, aquella pequeña ciudad se desplazaba con ellos. Encima de la cabina el cielo pesaba. Con cada latigazo del cochero el frío se envalentonaba y oprimía el contorno de las cosas.” 
Esta breve pasaje narra la llegada de Hans, el protagonista de El Viajero del siglo de Andrés Neuman, a la ciudad de Wandernburgo, una ciudad imaginaria situada a mitad de camino entre Prusia y Sajonia. No es casual la elección. Wandernburgo se ha quedado justo ahí, a mitad de camino, y por eso envuelve a sus personajes y los atrapa hasta tal punto que Hans, que llega para pasar una noche, a lo sumo dos, se queda todo un año.
Andrés Neuman hace un planteamiento inteligente del viaje como huida. Tardamos en saber a qué se dedica ese viajero nómada crónico que es Hans, ya que tarda en abrirse, tanto a los habitantes de Wandernburgo como al lector (lógico tratándose de un extranjero que no quiere echar raíces). Hans es un traductor que llega a Wandernburgo para dormir un par de noches y allí conoce a un organillero que cada día baja desde su cueva a la plaza a tocar en compañía de su perro, y que sin ser erudito, es el más sabio del lugar porque sabe leer el lenguaje del contorno de las cosas. Pronto Hans se siente cautivado por la personalidad del viejo y va a menudo a su cueva para buscar en las bases del ser humano el sentido de la existencia. Hans se ve atrapado por una ciudad cuyas calles cambian cada día de lugar y de dirección, lo que da una ambientación claustrofóbica al conjunto. Conoce a personajes de lo más variopintos, con los que se reunirá en la mansión Gottlieb cada viernes en una tertulia de sabios que Sophie Gottlieb organiza, con el beneplácito de su padre. Allí se dan cita el profesor Mietter, el matrimonio Levin, la viuda Pietzine, Álvaro de Urquijo (negociante español que pronto hace migas con Hans) y a veces aparece también, algún que otro viernes, el prometido de Sophie, Rudi Wilderhaus. Allí desgranan la política, la economía, la literatura o las guerras sociales, en un tono de dialécticas llenas de ironía, que me recordaron a aquellas que ya leí hace algún tiempo de Setembrini, ese gran personaje de La Montaña Mágica de Thomas Mann. Por supuesto no tarda mucho en aparecer el conflicto: Sophie y Hans se enamoran, ¡vaya escándalo! La prometida y el extranjero, la burguesa y el don nadie de dudosa procedencia. Por eso se tienen que esconder y vivir su romance envuelto en capas de supuesto (¡y vaya si real!) interés literario (hasta aquí puedo leer...). 
La trama se sitúa en una época imprecisa que podría situarse por contexto en el Romanticismo alemán: la Alemania Postnapoleónica. Andrés Neuman escribe en ese tono de los escritores de finales del diecinueve pero abordando los temas como historias de nuestro siglo, y eso es lo que más me llamó la atención de la lectura. Visto lo visto, me siento como quien vive en Wandernburgo, y me doy cuenta de que el paso del tiempo no ha cambiado las cosas: yo también estoy atrapado. Neuman sitúa en esa época su libro para hablarnos del nacimiento y el fervor de los nacionalismos (¿les suena?), de la desconfianza por el extranjero como paralelismo a la xenofobia actual o de la mujer que se quiere revelar al orden preestablecido, encarnada en la rebelde y a la vez atrapada Sophie. Es decir, todo lo que en tantos siglos hemos sido incapaces de solucionar.
Así el Señor Gottlieb bebe para anestesiarse del dolor del pasado que no acepta y de la incertidumbre que siente por su futuro y el de su hija, Sophie se enamora intelectual y físicamente de Hans, pero es incapaz de mirar  por ella y lo que le pide el cuerpo, sino por su padre que no acepta la relación y prefiere a Rudi por ser un buen partido. Mietter es un reprimido escondido tras su coraza sabia y dialéctica, los Levin son el “matrimonio de manual”: ella sumisa y admiradora y él recreándose ante ella con sus intervenciones, la viuda Petzine, aferrándose a la religión para explicar el porqué de su existencia, Álvaro de Urquijo, apátrida en todas las patrias y Rudi, que compensa con dinero y presencia su falta de luces. ¿A que es fascinante esta legión de personajes? Todos ellos muy bien caracterizados, sin duda. Para los lectores sociólogos, sin duda aquí hay material de sobra para entretenerse.
Pocos peros tengo que poner a esta obra. Quizás algunos pasajes que sobran, pero hasta solo por disfrutar de la habilidad en la escritura de Andrés Neuman, merece la pena leerlos.
No será el último que lea de él, por supuesto. Ya me han chivado que no es su mejor libro. Así que si este me ha gustado tanto, ¿qué no pasará con los otros que lea? Ya les contaré cuando lo haga.

jueves, 25 de octubre de 2012

Encuentros de cabina.


Matías tomó asiento en ventanilla. La casualidad quiso que Manolita, una desconocida septuagenaria como él, cayera en su misma fila pero en pasillo. Así lo pidió, por si le entraban las urgencias. Se fijó en ella antes, en la terminal, mezclada entre los otros treinta viajantes del grupo. Se miraron como deslizando los ojos desde la cara a los pies y luego a un punto al azar, con la intención de demostrar que el cruce de miradas era tan casual como carente de intención. Entre ellos se sentó una joven de labios perfilados y pechos turgentes lucidos en un escote generoso hasta el insulto, muralla insalvable, que impedía ver y ya no digamos intimar a los dos ancianos durante el viaje. La chica se incomodó con las miradas de Matías que se reclinaba sobre su hombro intentando saltar los obstáculos, y no tardó en quejarse a la tripulación y pedir cambio de asiento por culpa del viejo verde. La ubicaron en primera, al lado de un ejecutivo de percha y pelo brillante que dejó inmediatamente sus papeles para intentar picar en el escote, sin terminarse de creer la merienda que le había caído en suerte. Mientras, quince filas atrás, Matías daba el primer paso. Mi nombre es Matías, ¿y usted? Manolita del Barrio Salamanca. Bonito sitio, encantado de conocerla.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Suite francesa - Irène Némirovsky

Libro: Suite francesa.
Autor: Irène Némirovsky
Ediciones Salamandra S.A.
ISBN: 978-84-9838-370-6
pág: 475 (incluye prólogo de Myriam
Anissimov y como apéndice Notas de la
Autora y Correspondencia del periodo
1936-1945)
Precio: 10,45 € 

Alguna vez me ha dado por pensar que la mejor novela de guerra sería aquella que escribiera un novelista a pie de trinchera, empuñando una pluma en vez de un fusil, y sintiendo las balas pasando a un palmo de su cabeza. Claro, que ahí correríamos el riesgo de leer una secuencia de acciones frenéticas, sin llegar a vislumbrar el color de las escenas; o peor aún, asistir a un relato desgarrador más cercano a la autoayuda que a una obra literaria. Siempre he creído que el buen novelista debe ser perfecto conocedor de aquello de lo que escribe, pero con la suficiente distancia como para no tomar partido o sentirse parte activa de la historia. Leer Suite francesa de Irène Némirovsky ha roto varios prejuicios que tenía acerca de que un novelista no puede escribir sobre un tema desde el que está viviendo, sobre todo si de una guerra hablamos con toda la carga emocional que ello conlleva. Me entristece que Irène fuera víctima de esa guerra, porque su temprana muerte nos ha privado de conocer a un referente de enormes dimensiones dentro del mundo literario. 
Suite francesa nos retrata la Francia de la invasión alemana durante la segunda guerra mundial, pero no desde el desgarro de las escenas de cuerpos mutilados y combatientes en las trincheras. Irène se fija en lo que le rodea, en una burguesía que ha perdido el rumbo, que aún siendo tan pobres como los más pobres, siguen haciendo esfuerzos en mantener con falsos maquillajes una realidad que ya no existe. Irène dota de humanidad al invasor (aquel que no tuvo piedad con ella cuando la llevó a la cámara de gases). Los alemanes de su novela son humanos y tienen sentimientos, y no son más que una víctima más de la guerra.
Suite francesa fue concebida como una obra ambiciosa que se vio truncada tempranamente porque Irène acabó sus días en un campo de concentración. Tenía la intención de que tuviera la estructura de una sinfonía (de ahí el nombre de suite), en cinco movimientos, donde se notaran los distintos tiempos (presto, prestissimo, adagio, andante, con amore,...). 
Consta de dos partes. En “Tempestad en junio”, se suceden una serie de cuadros en torno a la huida de las familias parisinas de los bombardeos alemanes sobre el cielo de París. Se retratan familias y personajes de todo tipo que ante la desesperación del momento se roban unos a los otros el agua, la comida o la gasolina sin importar su condición social en medio de un angustioso éxodo. En la segunda y última parte llamada “Dolce”, la estructura es de una novela y la trama se sitúa en un pueblo llamado Bussy, que es ocupada por tercera vez por los alemanes, que se quedan allí a convivir con los habitantes del pueblo durante unos tres meses. Esa situación de cercanía al enemigo hacen que se entrelacen los sentimientos de desconfianza y odio al invasor con otros de aceptación, resignación e incluso simpatía. 
La versión que he leído de “Letras de bolsillo” de Salamandra, incluye las notas que acompañaban al manuscrito de Suite francesa hechas por Irène, que nos habla de su oficio como escritora. Era metódica. No dejaba un resquicio a la improvisación a pesar de que escribía a toda prisa, economizando papel y tinta, consciente de que su vida corría peligro y su final podía estar cerca. Sus notas son un verdadero tratado de cómo nace una obra literaria, hecha de trozos de telas, que engarzan unos con otros, no por capricho de las puntadas sino obedeciendo a la estructura de un patrón estudiado, que a lo mejor hay que romper una y mil veces, pero que debe existir para que una obra tenga cuerpo.
Me ha quedado el amargo sabor de no haberla visto terminada como ella la ideó. Sin embargo no importa. Tal como está Suite francesa, aunque inconclusa, es uno de los paseos literarios más redondos que me ha tocado leer nunca. Esa sensación me ha llegado hondo, ya que, a pesar de que leído una novela escrita en 1942, Irène tenía claro que quería ser inmortal: escribía entre sus notas (fechada el 2 de junio de 1942): “no olvidar nunca que la guerra acabará y que toda la parte histórica palidecerá. Tratar de introducir el máximo de cosas, de debates,... que puedan interesar a la gente en 1952 o en 2052...”. Estamos a punto de acabar 2012. Las personas somos otras. No hay fusiles sino bombas radioactivas. Los sentimientos, el amor, las guerras de clases, el recelo, la envidia,... siguen existiendo.

viernes, 12 de octubre de 2012

El entierro de tío Fidel


Me pone nervioso decir cosas trascendentales. Me pasa mucho con las chicas. Cuando quiero decir que están guapas, termino enredándolo todo, y ellas acaban entendiendo que las llamo rechonchas o zancudas o cuellilargas. Me pasa siempre. Por eso ya casi no hablo, solo escucho y muevo la cabeza. 
De todas las veces que me ha pasado, lo del funeral de tío Fidel fue lo peor. Yo tendría quince años y era la primera vez que asistía a un entierro. Me resultaba violento dar el pésame a mi tía porque, cuando la gente lo hacía, ella lloraba y gritaba. Me parecía que le hacían daño y yo la quería mucho. Decidí esperar a que se sintiera mejor, pero el tiempo pasaba y ella peor se ponía, ¡venga a llorar! Llegó el momento de poner la caja en el nicho y ya no quedaba otra. Me puse a la cola. Mientras me acercaba iba practicando y me repetía lo de mi sentido pésame. ¡Lo hice veinte veces por lo menos! Cuando llegué donde ella estaba, la abracé y le dije felicidades. Me quedé helado. Ella lloraba y me besó. Me dijo gracias, como a todos.

domingo, 7 de octubre de 2012

IRA DEI: La ira de Dios - Mariano Gambín

Libro: IRA DEI: La Ira de Dios.
Autor: Mariano Gambin
Roca Bolsillo
ISBN: 8492833769
320 páginas.
Nota: También disponible en versión
ebook en Amazon a 2,84€

Soy Lagunero. Bueno, soy hijo de un padre común a muchos Canarios, la emigración, pero también soy Lagunero de adopción. A esta ciudad vine con quince años y nunca me he marchado aunque en etapas de mi vida no haya vivido aquí. Debe de tratarse de una especie de magnetismo invisible e imperecedero el que ejerce esta ciudad sobre mis pies, que me impide separarme de sus adoquines, a pesar del célebre viruje que pasea por sus calles en invierno. 
Ver que “IRA DEI: La ira de Dios” de Mariano Gambin estuviera ambientada en mi ciudad, hizo que fuera irresistible leerla aunque tan solo fuera por la curiosidad de ver sus calles y sus casas coloniales de techumbres enverodadas formando parte de un decorado de novela, máxime tratándose de un thriller. 
Mariano Gambín es licenciado en Derecho y Doctor en Historia por la Universidad de La Laguna, y ha tenido numerosos reconocimientos por la publicación de sus artículos de investigación. Fue premiado, entre otros, por sus trabajos sobre las estrechas e históricas relaciones entre Canarias y América y por su tesis, que versó sobre la formación de las élites en Gran Canaria a principios del siglo XVI, que le valió la mención de premio extraordinario de licenciatura. 
“IRA DEI: La ira de Dios” es su primera incursión en la narrativa, y forma parte de una trilogía lagunera que contempla otros dos títulos, El Círculo platónico y La Casa Lercaro (la primera ya publicada y la segunda a punto de estarlo).   
La novela comienza con una serie de asesinatos, narrados con mucha fluidez, dando importancia casi por igual a la acción y a la ambientación, sucedidos en el pasado y también en el presente, tanto en La Laguna como en otras latitudes, para luego traernos ya de lleno a la ciudad de La Laguna en Tenerife, de donde ya no saldremos más durante la lectura del libro. En el transcurso de unas excavaciones que se llevan a cabo en un solar, se descubre una cripta llena de esqueletos apilados en posiciones extrañas y atípicas de un enterramiento al uso. A partir de aquí se cruzan las vidas de los personajes en torno a la investigación del hallazgo y la búsqueda de su relación con algunos asesinatos que se van produciendo y que responden, a priori, al modus operandi de un asesino en serie. Fundamentalmente llevan el peso de la trama cuatro personajes: el inspector de policía Galán, el excéntrico Ariosto, inspector de Hacienda y amigo de Galán, la profesora e historiadora Marta y la joven y ambiciosa periodista Sandra Clavijo. Estos personajes se meterán en las pesquisas de los hechos hasta las mismísimas entrañas: las entrañas de La Laguna, con sus túneles subterráneos y sus casas llenas de puertas y sótanos secretos, y también las estirpes y familias de solera colonial y turbios pasados.
Catedral de La Laguna: En este lugar suceden
algunos de los hechos claves en la novela.
Autor: Miguel A. Brito.
Desde el punto de vista literario veo ciertas carencias en la novela. Los personajes, por ejemplo, responden arquetipos clásicos y son algo planos, carentes de aristas que los hagan interesantes. Quizás el que se escapa en cierta medida sea Ariosto, por aquello de que sea un Inspector de Hacienda el que más aporte para llegar a la resolución del caso habiendo tanto inspector de policía metido en el asunto. Por otra parte, el autor abusa del recurso de la explicación (casi académica, demasiado didáctica e innecesaria) de la razón de ser de cada monumento y cada hecho histórico ocurrido en La Laguna, poniendo estas explicaciones en boca de sus personajes, lo cual suena forzado dicho por ellos, perdiendo éstos credibilidad en sus diálogos. Sin embargo hay que reconocer que hay mucha acción, lo cual invita a leer y leer sin parar, por aquello de ver qué pasa. El autor contribuye a este ritmo escribiendo capítulos cortos que casi siempre termina en forma de suspense o frases con carga irónica o sarcástica, que invitan a seguir leyendo y profundizando en la trama. Si el lector no tiene pretensiones más ambiciosas que las de leer y entretenerse, podrá darse por satisfecho. 
Después de acabarla me ha quedado el regusto de haber disfrutado de una novela muy entretenida. Se que no es mucho decir cuando se habla de un libro, pero a veces es lo que se busca al leer. De hecho, lo reconoce el propio autor cuando refiere en sus notas al final del libro que Ira Dei “solo aspira a entretener y divertir al lector”. Esto habla de la honradez del escritor, algo que siempre valoro y admiro de quien escribe.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Sábanas vencidas.

Sus alcobas se tiñeron de malva en la noche, aún cuando solo había maderas gastadas bajo las tejas del techo. Elena en su cama y Carmelo en la suya. Habían encontrado en el baile un resquicio para burlar las miradas: las de la madre de ella apoltronada en la bancada de la plaza, también las del padre por encima del vaso de vino, y las del hermano, con esa mirada del que mata sin hablar. Carmelo imaginaba cómo sería tocar su piel por debajo del vestido, y no podía evitar un arranque de deseo incontenible escapando de sus pantalones, hasta notarlo ella martilleándole el ombligo. Estaban, ahora sí, bailando según lo acordado hacía dos semanas en susurros, juntando sus manos que antes habían acariciado sus partes, aquellas que no se podían nombrar, sacando a bailar sus aromas ocultos. De regreso a casa se llevaron olores mezclados en sudor, el de toda una noche de manos juntas. En sus camas solitarias durmieron acompañados, lamiendo, oliendo, gimiendo, tocando lo propio pensando en lo suyo, lo de él, de ella, de los dos, encontrándose a pesar de las puertas cerradas, revolcándose en las sábanas vencidas hasta el canto del gallo.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Grita.


Si te cuentan que no existí.
Si te cuentan que tu roce nunca erizó mi pelo
y mi boca nunca te besó.
Si te cuentan que mis ojos nunca se empaparon
al sentir tus caricias
amorosas.

Si te cuentan que no fui libre.
Si te cuentan que nunca volé,
y espanté mariposas
y olí la frescura del rocío
en la mañana.
Si te cuentan que nunca abracé
las frases que saltaron
latiendo de tu garganta
angustiada.

Si te cuentan que no pude quererte.
Si te dicen que la vida se acorta
cuando se quiere vivir.
Si te cuentan que mi risa
nunca la escuchaste
porque nadie la oyó.

Diles que no fue cierto.
Diles que fue mentira.
¡Grita!,
grita que yo no puedo.

Grita que soy real.
Diles que estoy sintiendo.
Grita que soy feliz.
Diles que sigo viviendo.

                                                             A Nerea

viernes, 28 de septiembre de 2012

Nuevo libro: Historias de Portería.

Durante los pasados meses, el blog de La Esfera Cultural puso en marcha un nuevo reto para sus seguidores: la elaboración de un libro de relatos cortos cuyo tema común eran las historias que sucedían en torno a una portería. De ese reto nace una nueva publicación (y ya son unas cuantas). El libro titulado Historias de Portería ya es una realidad. Podéis leer los relatos en el blog de La Esfera Cultural, pero si deseáis llevaros el libro a la cama, o al sofá, o al monte o la playa, es muy fácil, solo tenéis que clickar aquí y hacer el pedido y pronto podréis tenerlo en vuestras manos. En sus páginas podréis leer un relato mío llamado "El último". Pues lo dicho: a disfrutar. Y enhorabuena a los autores. Al final se han reunido un buen puñado de relatos de buena calidad, nada más ni nada menos que 65 relatos. Mira que da que hablar este portal...


martes, 25 de septiembre de 2012

César de los vientos.


César es fuego. Prendieron sus llamas en sus viajes y ya nunca se apagaron. Sigue ardiendo. No salió de Lanzarote para no volver y vivir de su arte. Viajó y vivió, y volvió para que Lanzarote viviera y no languideciera planchada en muros de hormigón. Fue cruzado contra los infieles de la Naturaleza, y nos enseñó que no es fea esta tierra negra llena de zahorra, que no hay que sentir vergüenza de lo que tenemos sino orgullo; y de ese orgullo verde y blanco pintó su Isla. Me viene a la memoria alguna entrevista en la que nunca perdía la sonrisa, y me recuerda aquel dicho de que si la vida te da limones hazte una limonada. A César le dio por nacer en isla de vientos e hizo veletas y nos enseñó que el viento tiene color y no se mueve por capricho. Cuando visito Lanzarote allí se lo permito todo, hasta que me vuele la gorra, porque no es que sea cabrón el puto viento, sino que se ha vuelto juguetón. Hace hoy veinte años que César se volvió a su cueva, aquella de la que salió como un lagarto, y no le echamos de menos porque nunca se fue: se quedó para siempre porque César es agua, lava y marea, y sobre todo viento.


Lancelote
(a César Manrique, pastor de vientos y volcanes)
Autor: Rafael Alberti.

Vuelvo a encontrar mi azul, 
mi azul y el viento,
mi resplandor,
la luz indestructible 
que yo siempre soñé para mi vida.

Aquí están mis rumores,
mis músicas dejadas,
mis palabras primeras mecidas de la espuma,
mi corazón naciendo antes de sus historias,
tranquilo mar, mar pura sin abismos.

Yo quisiera tal vez morir, morirme,
que es vivir más, en andas de este viento,
fortificar su azul, errante, con el hálito
de mi canción no dicha todavía.

Yo fui, yo fui el cantor de tanta transparencia,
y puedo serlo aún, aunque sangrando,
profundamente, vivamente herido,
lleno de tantos muertos que quisieran
revivir en mi voz, acompañándome.

Más no quiero morir, morir aunque lo diga,
porque no muere el mar, aunque se muera.
Mi voz, mi canto, debe acompañaros
más allá, más allá de las edades.

He venido a vosotros para hablaros y veros,
arenales y costas sin fin que no conozco,
dunas de lavas negras,
palmares combatidos, hombres solos,
abrazados de mar y de volcanes.

Subterráneo temblor, irrumpiré hacia el cielo.
Siento que va a habitarme el fuego que os habita.

Rafael Alberti, Tahiche, 31 de mayo de 1979.


jueves, 20 de septiembre de 2012

Boleros por no llorar


Williberto llegó de Cuba con su danzón, su trompeta abollada y sus bembas risueñas y su negro retinto. Para él ser pobre no era para llorar y buscaba en las estrecheces una pista donde sacar a bailar su risa. Llegó a las calles de Santa Cruz, buscando prosperar. Acá la cosa está buena, hermano. Es como estar en casa, pero con más que comé. Esto le decía Rubén, el primo mayor, cardiólogo en Camagüey y médico de urgencias en Santa Cruz. Williberto se vino con lo puesto para poner azúcar a las calles, y se juntó con Carmelo el Culebra que hacía vibrar el bongó como nadie, y su repertorio lo hicieron de rumbas y danzones.
No encontró lo que soñaba. Primo, la vaina cambió sin darme cuenta, le dijo Rubén. Hacía bailongos, acompañaba con palmas los solos de Culebra, arpegiaba la trompeta hasta espantar las palomas,... nada hacía tintinear los euros ni dibujar sonrisas. Pa’la guapa señora este danzón, y la señora cambiaba de acera. Ya Williberto no toca rumbas, solo toca boleros, acompañando con sus notas los arrastrados pasos de los que buscan en el suelo dónde cayeron sus risas.