miércoles, 17 de abril de 2013

Besar hacia atrás



Incapaz de besarte y avanzar, temiendo despertar derramando mi último aliento ensangrentado envuelto en las sedas espinosas de nuestro lecho, decidí besar hacia atrás, esconder el deseo, envolver mi corazón con el recuerdo de tus manos para dejar de sentir su desordenado aleteo. Esa tarde la niebla se coló por debajo de la puerta y, justo en el momento en que dejé de ver tu silueta, ahogué mi garganta en el adiós.

sábado, 13 de abril de 2013

Nancy Fabiola Herrera atrapó su sueño

nancy, fabiola, ópera, carmen, bizet, gran canaria, música, cantante
Nancy Fabiola Herrera
Era el año 1999, era abril. Tomé un vuelo Madrid-Nueva York. Ventanilla. Me gusta la ventanilla. ¡Qué bien! Podría echar una cabezada, o dos. A mi lado se sentó una chica, morena, con ojos rasgados y una boca digna de ser recordada. El viaje iba a ser largo, muy largo, pero fue corto muy corto. Buenos días, me dijo con deje canario: ¡Una Canaria, a mi lado, en un vuelo desde Madrid hasta Nueva York! Eso sí es casualidad. A poco de despegar la vi sacar un libreto de ópera (primera vez que veía uno). “El Barbero de Sevilla”, lo recuerdo, ella iba a hacer una audición en esos días. Vivía en Nueva York, se llama Nancy, Nancy Fabiola Herrera. Le pregunté en qué consistía una audición, cómo vivía allí, por qué, satisfizo mi curiosidad con una buena dosis de paciente generosidad, así es Nancy. Le pedí que me cantara. Me cantó. Me cantó el aria de Fígaro, en voz baja, no era cuestión de dar un do de pecho a 9000 metros, o más, pero en el susurro de su voz, colocó cada nota en su sitio. Se erizó el pelo en mi cogote. Aquella Nancy era una pescadora de sueños, una luchadora. Se veía en su planta sencilla y su escaso equipaje, para qué maletas si todo lo que necesitaba lo llevaba dentro: venía creciendo desde muy abajo, desde un punto perdido del Atlántico, desde las salas de público fiel de Gran Canaria. No dormí. Nos cambiamos mails, nos dijimos hasta pronto y sí, nos escribimos un tiempo, luego lo dejamos, lo volvimos a retomar. Nos encontramos al cabo de los años en una actuación en el Teatro Cuyás, un recital de voz y guitarra de música española. Fui a cenar con ella y un grupo entrañable de músicos: Aquel recital no lo he podido olvidar. Luego vino su gran oportunidad: Carmen de Bizet, en el Metropolitan de Nueva York, un papel que parece haber sido escrito para ella, por su voz, su puesta en escena, su cara de niña pícara, de femme fatale, capaz de engatusar a los hombres y al espectador, ¡hasta baila como toda una gitana! El pasado año tuve la oportunidad de verla en el Pérez Galdós de Las Palmas y me asombró lo gigante que era, lo que había crecido. No pude evitar recordar aquel Madrid-Nueva York y pensar en cómo crecen las personas alimentándose de sus sueños. Hoy sábado vuelve al escenario donde definitivamente lanzó su carrera. Una vez más en el Metropolitan Opera House de Nueva York, esta vez con Rigoletto para interpretar a Maddalena. Desde aquí Nancy, desde "La vida en sorbos", quería desearte la mejor de las suertes. Tú sí atrapaste un sueño y te lo estás bebiendo a sorbos cortos llenos de sabor. Enhorabuena.


miércoles, 10 de abril de 2013

Plegaria


manos, dedos, plegaria, rogar, pedir,
Mi vida es un asco, sobre todo en lo que se refiere al asunto de la suciedad de mis pensamientos: Señor, perdóname señor. No puedo evitar hurgar en sus vidas y tirar de sus hilos enredados. A veces quisiera no llegar tan lejos, quedarme sólo en el umbral de la puerta de sus alcobas, pero ellas se abren a mí como flores pidiendo agua, y yo las intento regar con palabras de consuelo, de compasión por sus actos tan humanos e impuros. Sus confesiones se me clavan en lugares remotos que ya no recuerdo si un día exploré. Son como plantones negros de malvas que crecen eternas, con raíces que arañan mis intestinos y encojen mis pulmones y me hacen respirar hondo para no morir ahogado. Se me encharca el estómago, se convierte en un pantano. No me puedo arrancar sus voces de mi cabeza, vuelven y vuelven y revolotean resonando como graznidos en la noche. Al darles la comunión y ver cómo de mis manos a sus bocas se derrama tu cuerpo sagrado y en vez de paladearte agradecidas te engullen como fieras ansiosas, contengo las náuseas al pensar en lo que me contaban minutos antes, de cómo el pecado las hizo arrastrarse como perras en busca de comida hasta el confesionario, de cómo tenía yo la vara del perdón y el castigo para descargarla en sus lomos. Ellas sueltan el lastre que les impide andar erguidas y derraman en mí sus sucios actos, sembrándome de envidias, lujuria, celos, argucias para hacer daño,… Señor, yo cierro los ojos y siento ganas de desgarrar sus ropas por la espalda y azotar sus carnes y hacerles daño hasta oírles gritar pidiendo clemencia por sus pecados mientras veo su sangre avinagrada escurrirse hasta llegar a sus caderas o perderse en el pliegue de sus nalgas. Señor, ¿por qué tengo estos pensamientos, Señor?, ¿soy digno de ti? Mi miembro se pone erecto mientras las escucho y algunas veces, ya sabes, me mojo bajo la sotana sin tan siquiera tocarme y me siento sucio en la liturgia, sucio por hablar luego en tu nombre y pensar en que no soy digno de ti. Señor, dame una señal, enséñame tu luz y dime: ¿Soy digno de hablar en tu nombre?

domingo, 7 de abril de 2013

Hablar solos - Andrés Neuman

Andrés, Neuman, Hablar solos, Alfaguara, argentino, narrativa, escritor
Libro: Hablar solos
Autor: Andrés Neuman
Edita: Alfaguara
ISBN: 978-84-204-0329-8
PVP: 18,00 € (9,49 € en versión Kindle)
Cuando veo que Andrés Neuman tiene apenas treinta y cinco años y es capaz de escribir con tal nivel de madurez, me pregunto, ¿hasta dónde puede llegar a escribir? De Andrés leí y comenté en este espacio su libro "El viajero del siglo", una novela que me impactó más que por la historia por su modo de contarla. Con "Hablar solos" me he quedado con la boca abierta, sin palabras, mudo, hablando solo.
La historia en sí es sencilla: padre enfermo de una enfermedad incurable, hijo con mirada inocente hacia este hecho y esposa que ve su pasado y futuro, de repente, en un cruce de caminos de pasados, presente y futuro. No hay más. Pero detrás de esta historia tan aparentemente sencilla está la genialidad de quién la cuenta y de cómo lo hace. ¿Se imaginan una coral a tres voces? Tres voces calladas, hablando hacia dentro, diciéndose a sí mismos lo que quisieran que otros escucharan para reafirmarse en lo que sienten, para someterse al juicio propio. Se suceden los capítulos, primero habla el niño, luego el padre, luego la madre, para luego volver al hijo, y así sucesivamente en una cadena de monólogos que nos van descubriendo por capas la historia y nos hacen entrar en sus sentimientos de manera que, desde puntos tan distantes, poco a poco nos vamos acercando a un punto de encuentro final donde sólo nos queda la voz de ella, de Elena, que acaba la historia con un portazo, con un sordo silencio.
Andrés Neuman, a pesar de su juventud, es un escritor maduro. Es capaz de meter en un mismo libro, de apenas 179 páginas, a tres narradores: un niño de ocho años, un hombre que quiere contar todo lo que siente en minutos porque sabe que va a morir pronto, que no le queda tiempo, y una mujer que se encuentra perdida en un mar de sentimientos confusos, en mitad de una vida que no sabe si ha sido la que quiso tener y con un camino incierto que recorrer, con un hijo al que apenas empieza a conocer como madre en soledad. Los tres narradores con el mismo nivel de credibilidad, como si hubieran sido tres escritores y no uno los que hubieran escrito el libro.
Hace poco una amiga me comentaba que había leído Claus y Lucas porque yo lo había recomendado en este blog y le dije que no, que a mí me había gustado pero que no necesariamente eso significaba que a ella le fuera a gustar. De hecho, de haberme pedido consejo no se lo hubiera recomendado porque sé, por lo poco que la conozco, que no le gustaría. Amiga Loli, si estás por ahí, este sí, léelo que seguramente te gustará. Tengo alma de librero, de esos de toda la vida, de esos a los que le gusta recomendar a gusto del lector.

jueves, 4 de abril de 2013

Desafío

Hoy es el día, ahora es la hora. Hoy te miro a la cara toro, tan trincado y negro tu pelo y tan brillante porque siempre hay sol en la plaza, pero no te creas mejor que yo, porque el sol es tan tuyo como mío. Toro, tan imprevisible en tus movimientos, tan oscuros tus ojos que apenas distingo sus pupilas, que apenas me dicen solo nada, que solo me dicen casi todo.
Hoy rompo los botones de mi camisa y te muestro mi pecho, no voy con capote de engaños ni empuño el estoque de la muerte. Hoy abro mi alma, te voy de frente, toro. Estoy harto de correr.
No te temo. La Plaza está vacía. Solos tú y yo. Tus cornadas me dolerán seguro, pero por mucho que me hagan sangrar no lograrán  que hinque mis rodillas en la arena antes que tú.








miércoles, 3 de abril de 2013

Búsqueda (y 2)


–Es que no se por donde empezar. Me impregné de él. El olor lo llenaba todo, su olor. Era suficiente la luz de las velas. Sus llamas vibraban a mi paso como acompañando mi ritmo pausado. No me atreví a encender la luz por no romper el equilibrio, la magia que allí existía. Temía que si lo hacía, todo se desvanecería y se escurriría de mis dedos. Estaba tan cerca de tocarlo… De reojo, a la derecha, vi la alfombra al pie de su cama. No la pisé y miré hacia el otro lado, a mi izquierda. Después de su advertencia de no pisarla, pensé que no era digna de mi mirada. Allí, a la izquierda, había un mueble estantería de madera con pocos libros y muchas piezas. Piezas sin valor, baratijas a los ojos de un profano, pero por un momento me pareció verlo recogiéndolas del suelo como si quisiera llevarse a su casa trozos de mundo que encerraran la esencia de sus antiguos dueños que, por las formas, se intuía que habrían sido femeninas: pequeñas cuentas de collar, minúsculas trabas de pelo,... Parecía un orfanato de vidas abandonadas que él hubiera acogido con esmero. Todas descansaban en su sitio, ordenadas de mayor a menor, o por colores, buscando que se sintieran cómodas, mejor que en su vida anterior.  
Al lado había un escritorio también de madera. Todo era de madera; es como si la naturaleza necesitara reivindicar su presencia en aquel santuario. Su cama también. Tonos oscuros, colores de nogal o madera oriental, colores vengué. El escritorio había perdido hacía mucho tiempo su función, lo intuí por el poco espacio que lo separaba del pié de la cama, imposible sentarse allí sin estar incómodo, y por la silla que lo acompañaba que se encontraba rota, subrayando con su lamentable estado el motivo de su presencia: mantenerme en pie y mirar el conjunto desde mi posición. Dentro del escritorio había muchas libretas apiladas en perfecto orden. Abrí algunas al azar y a la luz de una vela leí lo que en ellas había. Eran frases, pensamientos, propios y prestados, escritos con un trazo esmerado propio de otras épocas donde las prisas del día a día no se habían comido aún el sosiego de las manos. Poco a poco fui levantando la mirada y encontré varios objetos que a modo de santuario coronaban su escritorio. Todo estaba donde tenía que estar. El conjunto semejaba un triángulo perfecto con tres vértices muy destacados. A mi derecha la figura de un bufón, esta vez no de madera sino de metal, que sostenía en una de sus manos la imagen de una pareja y a la izquierda un guerrero. Me pregunté por qué la pareja en el lado del bufón y no en el centro o a los pies del guerrero. Me contesté yo misma. Tal vez esa era su idea del amor, un poco de risa, un poco de locura. En el vértice superior, coronando el conjunto como una virgen, la Monalisa, la perfección de la belleza. Aquel altar tenía el conocimiento en la base, el contrapeso de la locura y mofa del bufón y la solidez y fuerza del guerrero, uno a cada lado, y arriba la belleza, la aspiración, el anhelo, el motor que guía su mirada, lo que le llevó hasta mí. Giré sobre mis pasos y lo encontré en un rincón, agazapado, sentado sobre la alfombra en una zona de penumbra, en posición de meditación, mirándome con sus ojos profundos. Esta vez no era mi imaginación, era real. Se había deslizado como un gato sigiloso y me había ido arrinconando, haciéndome sentir como un ratón que había sucumbido a la curiosidad o al olor de su cuerpo. Jugueteó conmigo, siempre le gusta jugar. Su mirada era la de siempre: profunda y juzgadora, pero en perfecto equilibrio con su sonrisa abierta, afable, segura de que va siempre por delante de mí, esa que hace que mis piernas flaqueen. Me abrió sus brazos y me dijo, descálzate y pisa mi alfombra, ven.  Me arrodillé a su lado y me recosté. Apoyé mi cabeza en sus piernas y me dejé dormir mientras me acariciaba el pelo. Mi corazón se pausó, casi se llegó a parar. Antes de que ocurriera le dije te quiero. No me contestó.