domingo, 31 de marzo de 2013

Búsqueda


Juegas con ventaja. Vas siempre por delante de mi. Tú me desnudas cada vez que quieres y yo no he llegado a ver más allá de tu polla. Así se lo dije.
–¿Y él qué hizo?
–Él me miró, se sentó en su silla del despacho tras su enorme mesa sobria y marrón y me señaló con un gesto de su cabeza el camino del pasillo, y me dijo: anda y ve tú sola. Soy todo tuyo. Tienes mis puertas abiertas. Mira mis notas, husmea en mis rincones, pero por nada del mundo pises la alfombra de mi habitación. No estás preparada. Debemos hacerlo juntos. Cuando acabes vuelve y dime qué ves.
–¿Y entraste?
–Sí. Entré.
–Cuenta.
Título: Muchacha con zarcillo de perlas
Aut.: Johannes Vermeer (1.665)
Óleo sobre tela 44,5 x 39 cm
Casa Maurits (La Haya)
–El pasillo de su piso es estrecho, estrecho y corto. Como él, no deja adivinar lo que te vas a encontrar, es un preámbulo descafeinado, una fachada. Es un pasillo cuyo único mobiliario es una estantería con libros, libros que no me decían nada, algo de arte y un poco de música, nada que no supiera por sus gustos confesables. De lo que allí me encontré, solo vi algo que me llamó la atención, una reproducción de la “muchacha con un zarcillo de perla”. Es un cuadro de un pintor holandés del que no me acuerdo su nombre pero en la mirada de esa chica hay algo de indefensión, de inseguridad. Me recordó a mi, cuando acudí a su consulta en busca de ayuda, era como mirarme en un espejo. Estaba perdida. Me sorprendí pensando si la mirada y los labios entreabiertos de esa muchacha del cuadro a punto de decir quiéreme, eran lo que disparaba su cariño, si era compasión o ganas de protegerme y no amor lo que sentía por mí. En busca de algo más avancé hasta el final del pasillo. Había dos direcciones que tomar, una puerta a la derecha y otra a la izquierda, ambas abiertas tal como me dijo. Tomé el camino de la derecha no se por qué, supongo que los diestros estamos programados para elegir siempre esa dirección y luego la otra por simple descarte. Cuando acabé la visita comprendí que esa disposición era ciertamente premeditada. Él nunca deja de sorprenderme. Conocerlo es como pelar una cebolla: capas y más capas. ¡Me desespera! Entré en lo que debía ser una especie de despacho. No tenía las comodidades de una estancia confortable, estaba  preparada sólo para él y para no pasar mucho tiempo allí. Muchos libros de consulta que tenían que ver con lo suyo, con su profesión. Había un sillón que daba algo de miedo, de madera recia, oscura, muy incómodo, con compartimentos donde esconder cosas y que no me atreví a abrir a pesar de la curiosidad que sentía; me daba la sensación que, tras abrir alguno de aquellos cajones, se asomarían sus ojos profundos para juzgar mis ganas infantiles, siempre tengo esa sensación con él. Había también un armario. Por su puerta entreabierta pude ver un perchero lleno de camisas en perfecto orden, ninguna más larga que la otra, todas cortadas por el mismo patrón, a cuadros, a rayas, con colores cálidos como sus abrazos, pero todas de manga corta, lo cual, estando como ahora en pleno invierno y viendo su ordenador en la mesa en posición de trabajo, me hicieron ver que aquella habitación era un tránsito provisional en su vida, un lugar donde no encontrarse sino venir a buscar. Allí no iba a encontrarlo tampoco. Levanté la vista y vi muchas flores pero ninguna planta, flores colgadas en la pared, en lienzos, con frases escritas para darles la vida que su inanimada presencia no podía dar, frases en algún idioma oriental ininteligible, como una pista o un reclamo para que le tuviera que llamar y que me explicara que era lo que allí decía. Me contuve por una vez en mi vida por miedo a que si lo hacía acabara mi viaje y no lo llamé, solo miré aquellas flores blancas y pensé que, si ellas me quisieran hablar, me hablarían de aromas. Cerré los ojos y los olí. Percibí olores dulces que provenían del otro lado de la casa, olores muy cercanos a los de su piel y su ropa. Provenían del camino de la izquierda, ese que decidí arbitrariamente o premeditadamente, aún no lo sé, dejar para el final. Me sorprendí riéndome sola, pensando que él jugaba conmigo al cuento de Pulgarcito, dejando migas para seguir su rastro guiada por su olor.
Me dejé llevar y entré en su habitación…
–¿Por qué te paras? Sigue contando.

Continuará...


miércoles, 27 de marzo de 2013

¡Viva el Teatro!


Hoy es el día Mundial del Teatro. No corren buenos tiempos para las artes escénicas y uno de los sectores de la cultura que se está viendo más afectado es el Teatro, ahogado con un tipo impositivo que coincide con una crisis económica que merma lo que los ciudadanos destinaban al ocio. Pero también tenemos lo otro, eso de lo que nadie habla, el adormilamiento que ha supuesto para el teatro el que haya vivido estos años ayudado por las subvenciones y dando a los ciudadanos mayoritariamente productos enlatados y carentes de contenido (solo entretenimiento). La esencia se ha perdido. ¿Dónde quedaron esos actores Comediantes del Renacimiento que tenían que ser mantenidos a raya para no provocar a las masas? ¿Dónde quedaron esos actores que fueron echados de los espacios teatrales en la Roma del siglo XVII por “ofender a la ciudad Santa”? Buena reflexión la que nos hace, en el día del Teatro, el escritor italiano y también actor Darío Fo, y que puedes leer aquí.
El poder de la palabra hablada no se puede medir. Es mucho más poderoso, desde luego, que el poder de la palabra escrita que se queda más en lo que cada uno interprete o quiera sentir. El poder de la palabra dicha en público tiene un efecto contagioso, vírico, letal, entusiasta. Nosotros nos dejamos llevar cada día por el teatro de los hemiciclos del Congreso, eso también es teatro, teatro del malo, merecedor de huevos y tomatazos. Nos hacen creer que esto es lo que hay y nosotros nos lo creemos. Sí, digo que nos lo creemos, porque no luchamos: qué le vamos a hacer si esto es lo que hay. Y mientras tanto llamamos teatro a llevar a los niños a ver un musical para que se entretengan, y ¡qué bonito que estuvo! El teatro no está muriendo hoy, hace tiempo que entró en la UVI. Y yo me pregunto ¿de quién es la culpa?, ¿del público?, ¿del entorno?, ¿de la educación?, ¿de las escuelas?,... Ay amigos. Siempre llegamos al mismo sitio. Pero tantos años de democracia ¿no han servido para cambiar esa parte esencial de un país: la educación? Mi amigo Julio, al cual mando un saludo, me dice que para qué tanta matemática en las escuelas si ya nadie hace una cuenta sin recurrir a una calculadora o a una aplicación de un smartphone. Él me decía: menos matemáticas y más idiomas y más cultura y más creatividad en las aulas. Pero claro, eso es tener al personal menos aborregado, y eso es muy peligroso para un país.
Yo invito a todos los guionistas y actores de España a unirse. Haced una sola compañía. Escribid una gran obra cómica, juglaresca, de esas que ponga en evidencia las miserias de este país para que, de una vez por todas, nos contagiemos de vuestro entusiasmo. Llenad las calles aún a riesgo de no cobrar, ya que no habrá sala de Teatro que se preste a representar esa gran obra, despertad a nuestras adormiladas conciencias, haced que gritemos desde La Restinga hasta Guernica: ¡Viva el Teatro! 




domingo, 24 de marzo de 2013

Bebo. Acorde final

Bebo Valdés, grandes manos y amplia sonrisa.
¡Qué más se puede pedir!
Si la vida de un pianista se contara por cada nota que tiene un piano, Bebo Valdés hace mucho tiempo ya que tendría que haber muerto. Un piano de cola tiene 88 notas, 88 teclas, 52 blancas y 36 negras, negras como sus manos, las manos de Bebo. Él vivió 94. Nunca me perdonaré no haberme bebido un sorbo de él cuando acudió a Tenerife no hace mucho, en 2.005. Me lo perdí no recuerdo por qué. Supongo que me pilló algo falto de entusiasmo. Supongo que me diría otro día vendrá, ¿Qué más da? El caso es que no volvió, no vino más, murió el viernes. No lo veré nunca.
Dio su último acorde. Yo me lo imagino en tono mayor, alegre, ese que nos dice que después de una canción seguirá otra. Queda para siempre su sonido. Siento debilidad por Bebo Valdés, más allá que por su música por su vida. Él vivió tres vidas en una. Dice una historia que durante su destierro de su Cuba natal enfermó. El médico que lo vio le dijo que no podría tocar más el piano a lo que él contestó, Únicamente muerto. Abandonó Cuba por discrepancias con el régimen a principios de los 60, allí dejó mujer y cinco hijos (entre ellos Chucho) y se exilió en Estocolmo después de dar tumbos por varios países. Allí se volvió a casar y permaneció treinta años casi en el anonimato, para renacer en los años noventa y dejarnos, a otra generación de admiradores, la oportunidad de disfrutar de su música.
El pasado viernes murió. Dicen que cambiará el calor de Benalmádena, donde se había instalado los últimos años, para descansar el sueño eterno en Estocolmo al lado de su esposa Rose-Marie que murió el año pasado.
Dos vidas en una. Qué envidia. Bebo nos enseñó que, mientras el cuerpo aguante, siempre hay tiempo para estar vivo.



Obsesión, Con Bebo Valdés y Diego El Cigala.

sábado, 16 de marzo de 2013

El zumbar de las cucarachas


Fede cenó lágrimas de rabia en su habitación. Sólo. ¡Cómo se puede ser tan insensible!, se decía. Había reunido fuerzas para darle un beso de buenos días a Cris en el patio del recreo. Ella aceptaba los besos en la mejilla de todos los chicos, además parecía que le gustaba, pero él nunca se había atrevido. ¿A qué olerá su mejilla?, se preguntaba. Se acercó, le dijo hola y la besó. Ella respondió con un sonoro soplamocos que tuvo el efecto de un cohete de feria y estalló en risas estridentes alrededor suyo: el mayor ridículo de la historia. ¿Qué haces imbécil?, le dijo.
El día fue largo, muy largo. Fede sintió como si la noticia del bofetón hubiera tenido alcance internacional, mucho más que la muerte de Lennon a manos de aquel psicópata el día anterior. Lo podía leer tras él en las miradas y las risas por lo bajo de los compañeros de clase y de las otras clases. El suceso se extendió como una pandemia. Quiso por un momento que se recolocara el mundo y que el puto espermatozoide que fecundó el óvulo de su madre hubiera seguido de largo y que él no hubiera sido zigoto, ni feto, ni nada. Fede se fue a la cama sin probar bocado a pesar de que su madre, al ver el gesto triste y contrariado de su hijo, le preparara pizza para cenar. En el baño, antes de acostarse, se miró detenidamente al espejo y vio cómo sus espinillas le parecieron más grandes que antes y la discreta secreción blanca crecía hasta sobrepasar el umbral de lo admisible del mal gusto, y que su barriga era ya una panza indisimulable por más que se empeñara en inflar su pecho. ¡Fede, eres feo de cojones, nadie se enamorará de ti jamás!, ¡ni la más fea de las feas de todas las feas asquerosas de este mundo!, se dijo.
Fede se acostó llorando de rabia. Buscó en la penumbra que creaba la luz de la luna que se colaba en su habitación el póster de Farrah Fawcett con su pelo ondulado. Adoraba aquellas formas, ese pelo tan lleno de recovecos donde meter los dedos y enredarse y se imaginó haciéndolo, y hasta le pareció escuchar su risa divertida. Su boca ciertamente era amplia, amplia como la de Cris, por eso le gustaba. Volvió a oír, como cada noche, a las cucarachas desperezándose detrás de los pósters que forraban la pared, pero esta vez no le molestaban ni le daban asco, hacían que se sintiera acompañado. Él, en cierta manera, se sentía aquella noche una de ellas, una cucaracha pero enorme, era Fede, el Cucarachón. El desperezar de las cucas era un crepitar de patas tras el papel, pero esta vez semejaban juguetonas caricias para sus oídos, hasta tenían ritmo. Volvió a echar un vistazo a la boca de Farrah y cerró los ojos. Pensó que esa boca de Farrah era la boca de Cris y le hablaba. Le decía perdóname por lo de esta mañana, pero es que me dio vergüenza delante de todos, quiero compensarte, déjame que te bese Fede, ahora que estamos a solas, pero esta vez que sea en los labios, ¡te deseo tanto! Fede abrió sus labios y sintió los de Cris. Llevó su mano a la boca y sacó la lengua y repasó sus dedos como si fueran la lengua de ella, y bajó su mano ensalivada recorriendo su pecho, pellizcando sus pezones, y bajó más hasta colarse por debajo del pijama y encontrarse con su polla erecta que aquella noche le pareció enorme, desparramando humedad. La envolvió con su mano que no era mano, sino labios de Cris, labios mojados, deseosos, culpables pidiendo perdón. Se movían primero lento y luego más y más rápido, juguetones con su glande, hambrientos. Fede derramó su jadeo por la habitación y escuchó cómo las cucarachas salían de su cansino letargo asomando sus cabezas por debajo del papel, y ya no sólo eran crepitar de patas lo que oyó, sino un aletear zumbón, ceremonioso, pasando cerca de su cabeza, abanicando el aire dando frescor al ardor de sus mejillas. La mano de Fede se inundó de orgasmo al tiempo que oía las alas de las cucarachas, que aplaudían leales cómo su sueño se había cumplido.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Sole Gimenez bajo el cielo de La Laguna

Asistir el pasado sábado 9 de marzo al concierto de Sole Giménez en el Teatro Leal en La Laguna, fue como parar el tiempo y viajar a bordo de una cómoda y mullida butaca de tren. Viajar al pasado, donde sus canciones se convirtieron en anzuelos que quisieron morder mis recuerdos. Viajar al otro lado del charco, a través del eco de sus canciones, familiares, casi parte de mi vida. Sole tiene la habilidad de construir y versionar saltándose lo establecido. Tal vez los puristas consideren sacrilegio oir transformada la habanera de Carmen en una especie de divertimento cuasibrasileño, pero Sole no hace sacrilegios, simplemente se divierte con lo que hace, tomando prestado lo que hay, la música que otros escribieron, que lo hicieron no para llevárselas a sus tumbas sino para dejarlas como legado y que otros sigamos haciéndolas crecer en nuestras cabezas, en nuestra imaginación.
Algo hubo de distinto en esta ocasión que escuché a Sole. Ella sola y un piano, tocado de manera magistral por Iván "Melón" Lewis. Sin percusión, ni bajos, ni guitarras. No hizo falta. Pero para ello había que ser dos y no ser una, y eso se logró en el escenario donde el público aplaudió por igual a las manos y la voz. Era un solo corazón rítmico, acompasado. No suele ser habitual. Los cantante suelen acaparar los aplausos y los músicos tener su "segundo de gloria" de aplausos y luego se disipan discretamente en la oscuridad del escenario. Nadie recuerda sus nombres. Yo nunca olvidaré el de Iván. Brilló al menos tanto como la voz de Sole. Y eso, hablando de la voz de Sole, es mucho decir.
Les recomiendo que vayan a verla. En su página web y su perfil de facebook pueden seguir su gira: http://www.solegimenez.com.
Lógicamente, París, leiv motiv de su último disco "El Cielo de París" ocupó buena parte del recital. Un disco plagado de buenas versiones, de las cuales destaco la fuerza de "La Bohème", la divertida "La mala reputación" donde jugó con su voz, con las improvisaciones de Iván al piano y hasta las palmas del público,  o la melodía mecedora de "Bajo el cielo de París" con la que abrió la noche. Pero como no podía ser de otro modo, también viajó por otros de sus últimos trabajos en solitario y por supuesto por temas de su anterior etapa en Presuntos Implicados que muchos coreamos. De todo lo que cantó hubo un tema que me hizo tilín más que otros. No se exactamente por qué aunque algo intuyo, pero me hizo recostarme hacia atrás en la butaca, incluso cerrar los ojos y pescar sentimientos. ¿Quién no ha esperado alguna vez? Aquí lo dejo para compartirlo. Es el famoso bolero de Armando Manzanero "Esperaré".





domingo, 10 de marzo de 2013

La República del vino - Mo Yan

Libro: La República del vino
Aut: Mo Yan
Editorial: Kailas
ISBN: 978-84-89624-73-3
pvp: 21,75 €

Pocas veces me había tropezado con un libro tan extraño, tan surrealista, tan lleno de recovecos. De hecho, quiero hablar de él y no encuentro por dónde empezar. Es mi primera experiencia como lector de literatura oriental. En su contraportada se puede leer: Un viaje hipnótico a una provincia china en la que quizá practiquen canibalismo: La República del vino. Un viaje hipnótico. Ciertamente lo es.
Yo definiría La república del vino más que, como una novela, como un relato metaliterario. Me explico. Hay varias historias en una. Por un lado la propia construcción de la novela de Mo Yan en sí, La República del Vino. Relata las peripecias de un inspector -Ding Geu’er-, que se desplaza a La Tierra del vino y los licores para averiguar qué hay de cierto sobre la historia de que las escalas sociales más altas del lugar se dan festines gastronómicos a base de carne de niño. En este viaje le acompaña una camionera que lo lleva hasta el lugar, de la cual se enamora de un modo más carnal que espiritual. Ding Geu’er, para intentar averiguar lo que allí ocurre, se cita con los más altos cargos del lugar y acepta beber, que es lo que allí hacen, para empatizar con sus anfitriones, y el estado de embriaguez en el que se sumerge le acompañará hasta el final de la novela, cruzándose en el camino con hechos de lo más surrealistas: bebedores que no tienen fin, un enano regente de una taberna con platos tan “exquisitos” como genitales de burro, por ejemplo, niños cubiertos de escamas, o el viejo revolucionario de Mao regente de un cementerio, entre otros. 
Pero como les decía, eso no es todo. Les decía al prinicipio que no era una novela sino un relato metaliterario, y ahora voy a explicarles a qué me refiero. Por el camino, se producen interrupciones en la trama a través de la correspondencia que mantiene el propio autor, Mo Yan, con un admirador/discípulo suyo llamado Li Yidou, que es, atiendan bien, Doctor en vino y licores -¡ahí es nada!- y habitante de La Tierra del vino y los licores. Este discípulo, aspirante a escritor, le envía hasta nueve relatos breves a Mo Yan, con la esperanza de que éste los lea, se los corrija o les de su opinión, y los presente, aprovechando su influencia, a la prestigiosa revista Literatura para los ciudadanos. Mo Yan acepta gustoso, pero parece como si le diera largas a su aventajado discípulo. De hecho, nunca llegan a publicarse porque Mo Yan lo que hace es utilizar el material de su discípulo para alimentar su novela, La Republica del vino, es decir, que Mo Yan plagia a su discípulo mientras este, ignorante de la situación, sigue erre que erre perseverando en que alguno de sus relatos aparecerá, gracias a la influencia de su maestro, publicado en Literatura para los ciudadanos. Finalmente, en agradecimiento a los esfuerzos de su maestro por intentar la infructuosa publicación de sus relatos, y pidiendo a Mo Yan que haga la biografía de un amigo suyo que es una personalidad en La Tierra del vino y los licores, Li Yidou lo invita a pasar unos días en su ciudad. Mo Yan se desplaza hasta allí, pero acompañado de sus culpas de plagiador, que es un caparazón pesado, y se coge una cogorza, como la que se coge su personaje de su libro La República del Vino. Al  final, el propio Mo Yan, acaba con un monólogo de cuatro páginas digno del mejor Joyce, de hecho es un guiño al final de Molly Bloom en el Ulises.
La República del vino es un relato velado y crítico a un país sumido en la corrupción y la enfermiza obsesión por la comida y la bebida. Para ello, Mo Yan se vale de un lenguaje grotesco y directo, crudo y satírico, sumergiéndose a veces en lo escatológico y rozando a veces la incoherencia, pero ¿hay algo más incoherente que las imágenes que pueden percibirse desde un estado de embriaguez? Estos recursos literarios no parecen innecesarios, sino utilizados con intención. Mo Yan escribe sin artilugios ni rebuscadas formas literarias. Es puro lenguaje directo, con mucha fuerza, más de la que cabría esperar a priori de un chino, tan aparentemente tranquilo y centrado. Una voz descarnada. Es un libro para leer lentamente porque es difícil asimilar tantas imágenes de golpe. Acertadamente, leí en la crítica que se hace en el blog “China en su tinta”, que La República del Vino es una obra para ser leída en cuclillas o en un cuarto de baño, jamás en un sofá de terciopelo, y en cierta manera le doy la razón. Es un libro escrito en clave de intoxicación etílica, y por tanto escrito en un tono que trasciende la realidad para llevarnos al mundo de los sueños, tan poco real como metafóricamente cercano a la realidad en sí, pero habrá que encontrar esas conexiones. Ya lo dice Mo Yan en un pasaje de su libro:
¿Tienes alguna idea de lo que es el vino o el licor? ¿Un tipo de líquido? ¡Gilipolleces! ¿La sangre de Cristo? ¡Gilipolleces! ¿Algo que te pone contento? ¡Gilipolleces! El vino es la madre de los sueños, los sueños son los hijos del vino.