domingo, 15 de diciembre de 2013

Isla Nada - Víctor Álamo de la Rosa

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Título: Isla Nada
Autor: Víctor Álamo de la Rosa
Editorial: Tropo Editores
ISBN: 978-84-96911-69-7 (Sept'13)
Páginas: 412
PVP: 19.00 €.
Acabo de leerlo y no puedo dejar de escribir lo que se me pasa por la cabeza y se derrama por mis dedos, con la presión de la prisa porque tengo que escribirlo ahora, que si no mañana no puedo ni pasado tampoco, y tengo miedo que se me escape. Esta “Isla Nada”, la última novela de VíctorÁlamo de la Rosa, tiene mucho que contar, del hocico al rabo, porque con un burro empieza y con un burro acaba esta historia más que historia. Aparentemente os parecerá surrealista si la leéis pero de surrealismo tiene poco porque las situaciones descritas nos llevan a reflexionar sobre la condición humana. Esta Isla Nada sirve de lugar común, donde todo toma forma, se hace nítido, y los sentimientos se desnudan.

Son dos historias aparentemente divergentes, la de Phillip, un hombre detrás de un sueño,  el de montar un curioso zoológico donde exhibir seres humanos, de todas las razas y colores exaltando sus bondades: vaya sinsentido, dirán, venido de un exaviador nazi. La otra historia, la de Luisón Montoto, un famoso tenor catalán que ve como poco a poco pierde su voz por culpa de que su esposa es una adicta sexual que busca allá y acullá quien le enseñe todo secreto. Y he aquí a estos dos seres divergentes, que sin embargo, a pesar de conocer éxito y reconocimiento, van perdiéndolo todo, todo menos ellos porque a todos nos pueden quitar de todo pero nosotros somos irreducibles, o así debería ser al menos. Y helos aquí que su mundo, antes tan grande, inmenso, afronterizo, se contrae en un punto del atlántico, en esa Isla de El Hierro, que no es Nada, casi imperceptible, donde no queda más remedio que buscarse, porque allí nadie los va a encontrar. No son solo ellos los únicos personajes, también habrá muchos otros, pero ellos son la clave. Ellos y un piano de cola, ya verán por qué cuando lo lean.

Es un libro donde se nos encontramos al Víctor de siempre con ese lirismo tan lleno de cabriolas, domador del lenguaje que es él, que se entremezcla con otro en diversos pasajes, un Víctor distinto, más directo, que lucha por abrirse paso y dejar oír su voz. Me gustan ambas voces. Dota a sus personajes, como siempre lo hace, de un rasgo común, que se repite, machacón, que los hace reconocibles, que hace que se nos queden grabados por tiempo y los dota también de aristas que los hacen imprevisibles aunque creíbles, como somos los seres humanos ¿quién no lo es?

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Víctor Álamo de la Rosa
(imagen extraída de Google Images)
Víctor es un escritor romántico. No lo digo por lo que escribe sino por qué escribe.  Les digo por qué. Tuve oportunidad de hablar con él sobre este libro, días después de su presentación. ¿Sabéis lo que destacó? La portada, diseñada por el artista Oscar Sanmartín Vargas. Y la destacó más allá de por su belleza artística, por la reivindicación del “libro objeto”, como lo llamó. Me hizo reflexionar, yo que convivo, como lector, en ambos formatos (pagando siempre, eso sí). Su libro, en homenaje a él, lo hice trizas (cariñosamente hablando, claro). Lo subrayé, lo doblé, y cuando lo cerré después de leer esa última frase, ese el tiempo inmedible, está dentro de sus ojos, le pasé la mano por la portada y le dí un golpe cariñoso, un cachete: me gustó.


No se por qué, me parece leer entre líneas, cómo nuestro escritor, el que me atrevería a decir sin riesgo a equivocarme, sea el más hecho de todos los actuales escritores que escriben desde Canarias, ha decidido también volver y hacer ese viaje con sus personajes, y desprenderse de todo, y volver a esa Isla Meridiana sobre la que tanto ha escrito y buscarse a sí mismo, y llenar el cielo de cenizas y dejar de respirar, ahogarse y sufrir hasta casi morir y volver a nacer, y zarpar desde la Restinga y buscar otros puertos. No sé por qué, me parece leer entre líneas. Sea o no así, este viaje, que muchos hacemos en determinados momentos de nuestra vida, es necesario. Todos debemos varar en esa isla interior, Isla Nada, donde sólo nosotros existimos y tomar decisiones. A unos les dará por dejarse dormir esperando la muerte, y a otros por tener valor para inventarse: es el rasgo que caracteriza a los que quieren ser grandes de verdad.

martes, 10 de diciembre de 2013

El oficinista - Guillermo Saccomanno

Llevaba un año atrás de leerla. No me atraía nada en especial sino el que se hubiera llevado el premio biblioteca breve en el año2010. Sólo eso y esa portada tan llamativa, con esos dos perros rojos danzando amenazantes sobre la cabeza de un hombre cabizbajo, arrastrando su maletín, un hombre sin sombra. Se trata de la séptima novela de Guillermo Saccomano, “El oficinista”.

El tiempo que esperé ha valido la pena. Se puede cuestionar la historia, ya lo sé. Quizás a algunos de los que la hayáis leído opinareis que la historia en sí y el desenlace hayan sido decepcionantes. A mí no me ha pasado. Yo en la trama no voy a entrar porque no es lo que más me ha gustado del libro y al final eso es lo menos relevante porque, a mi modo de ver, lo que Guillemo Saccomano pretende de nosotros con “El oficinista” es que nos empapemos de una atmósfera, de una ciudad sin nombre en un momento atemporal. Es muy difícil en tan pocas páginas plasmar con tanta claridad un mundo que intuimos futurista sólo porque no lo hemos vivido, ya que tiene trazas de tiempos cercanos, lo cual puede apreciarse con esa recreación de un mundo empresarial propio de la primera mitad del siglo XX. Yo la veo ambientada en un futuro caótico con trazas del presente y también del pasado, donde el ser humano ha dejado de existir, de vivir por sí mismos eligiendo sus destinos, un mundo donde la fractura social es definitiva.

Los personajes de “El oficinista” han dejado de existir hasta tal punto, que ya no quedan ni sus propios nombres. Sólo son un rasgo, una prenda, un parentesco o una etiqueta laboral. Saccomano hábilmente quiere que participemos de esa falta de existencia, de esa sensación de incertidumbre, de esa falta de aire lograda a base de capítulos y frases cortas y esas aspas de helicópteros, siempre presentes, removiendo el aire e instalando el ruido. Logra con su estilo que el lector no sepa más que lo que un habitante de esa ciudad es capaz de llegar a conocer, que viva de suposiciones, de prejuicios, de permanente miedo a la seguridad. Ahí está la clave: Guillermo nos presenta a un narrador que vive pegado al protagonista, a ese triste oficinista que vive cada día como un perenne revival. A veces tenía que pararme y cerciorarme de si el narrador no era en primera persona, pero no, era en tercera persona, ¡vaya si lo era!, pero tan cercano al protagonista que era difícil de discernir donde acababa el narrador y empezaba el personaje. Yo me sentí subido a la chepa del oficinista, visualizando sus pensamientos, siguiendo sus razonamientos, viviendo su angustia enfermiza. La calle está llena de peligros, sin embargo, paradójicamente, al oficinista nunca le pasa nada (miren la portada, no es casual). Esto, que podría parecer inverosímil y alejado de la realidad, a mi modo de ver es intencionado, lo introduce Guillermo como un factor más para hacernos ver a ese personaje como un auténtico don nadie, ni siquiera merecedor de ser héroe de su propia novela.

Su única aventura es un sueño elaborado, una historia de amor, la historia de amor más grande jamás contada, una farsa. Esa figura del amor idealizado inspirado en la figura de la secretaria, no es un amor convencional, no es un amor de telenovela. Está a caballo entre la atracción física y la perversidad y el morbo de mantener una relación con la amante de su jefe. No es sólo el deseo de reencontrarse con su juventud, con sentirse vivo, con revivir el amor primigenio. Se trata de una huída, de acabar con su existencia y volver a nacer. No es puro el amor del oficinista porque lo vive de forma furtiva, rodeado de desconfianzas, sacando conclusiones a partir de las señales y no de un diálogo abierto, sincero, porque en ese mundo los personajes se han olvidado de hablar. Se han vuelto mudos por culpa de los ruidos.

Como podéis comprobar no puedo ocultar que me ha gustado El oficinista. Es técnicamente una genialidad literaria. Me recuerda mucho, salvando las distancias, a “Bartleby el escribiente” de Herman Melville, sólo que aquí nos poníamos en la piel de quien observa al protagonista sin llegar a saber nunca el por qué de esa obsesión y persistencia en la resistencia pasiva al trabajo. En “El oficinista” nos ponemos en la piel del protagonista, una figura sin importancia que no tiene, el pobre, ni un mísero perro clonado que se fije en él y lo vea lo suficientemente apetitoso como para darle un bocado.