sábado, 13 de junio de 2015

Relojes muertos - Eva María Medina

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Libro: Relojes muertos
Autora: Eva María Medina
Editorial Playa de Ákaba (1ª edición
Enero 2015)
ISBN: 978-84-16216-25-3
PVP: 14,25 € en Agapea

Norma de un buen Club de Lectura es elegir entre sus lecturas a los nuevos escritores. Leer y comentar sobre obras consagradas de la literatura, está bien como proceso de aprendizaje, pero leer y comentar sobre obras recién estrenadas, sobre autores jóvenes que están empezando a darse a conocer, es otra cosa, es contribuir a dar forma a la obra, a configurar la imagen del autor.  Por eso me gusta tanto el club de los 1001 Lectores, que ha elegido como lectura del mes de mayo la novela “Relojes muertos” de Eva María Medina (Madrid, 1971). 

No tenía ninguna referencia, ni tan siquiera me molesté en leer de qué iba. Sin embargo voté por esta obra porque me pareció sugerente. Eva María Medina ha sido muy valiente. Según he podido saber a posteriori escuchando alguna entrevista (pulsar aquí), Eva llevaba mucho tiempo con este personaje dando vueltas en su cabeza. Provenía de un relato breve que hizo hace unos años y que notó que se le quedó corto, que necesitaba desarrollar en mayor profundidad. Meterse con Relojes muertos, su primera novela, en la mente de un enfermo psiquiátrico y además de un sexo contrario al suyo es de valientes porque no todos los lectores probablemente lleguen a valorar el ejercicio y quizás sean muchos los que no lo entiendan. Eva sin embargo lo hizo y es de halagar.

“Relojes muertos” es un viaje en espiral a través de los ojos de Gonzalo. Un viaje que empieza el día que abandona el psiquiátrico donde había sido ingresado, un lugar donde hay otros enfermos como él, Gregorio, Inma, Ángela,… personajes sin pasado y casi sin futuro, sólo habitantes de un tiempo presente, estático. A partir de ahí empieza a pintarse ese escenario de horas muertas, una atmósfera claustrofóbica que se vuelve mayor aún a partir del momento en que Gonzalo decide no tomar su medicación. En ese momento, realidad y “no realidad” (que no ficción) se entremezclan de un modo caótico y el protagonista empieza a vivir en un mundo al que intenta volver pero del que también necesita huir.


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Eva María Medina
autora de Relojes muertos
(imagen extraída de Google Images)
Hablar de “relojes muertos” es hablar de su protagonista. El resto de personajes son planetas orbitando alrededor de él, no están definidos, los vemos cambiar porque los vemos a través de los ojos inestables de Gonzalo, mezcla de pasado y presente. Así busca y llega a encontrar en Ángela rasgos de Sara (a pesar de que no se parecen en nada), una chica que tuvo una relación con Gonzalo antes de ser ingresado y que desapareció misteriosamente. Gonzalo  busca a Sara en los rasgos de Ángela, pero también en obituarios de periódicos o lugares comunes que transitó con ella. No la encuentra, no entiende por qué necesita buscarla, no entiende por qué no la encuentra, reacciona con violencia revelándose contra ese mundo al que ha vuelto que es un puzzle al que le faltan piezas. Su posición en estas circunstancias es de escrutador de lo que le rodea, siempre en guardia, interpretando la realidad para lograr que todo encaje. Cansado, muy cansado vivir así, casi imposible. 

“El tiempo parece amplificarse, cobrar fuerza. Cada minuto me duele, retumbándome en las sienes”

Cada minuto, el mismo minuto, unas manecillas paradas, un tiempo muerto. Quizás eso es lo que necesita Gonzalo, tiempo muerto y luego seguir, pero la vida no es así, por suerte.    

lunes, 1 de junio de 2015

Homer y Langley - E.L. Doctorow

Libro: Homer y Langley
Autor: E.L. Doctorow
Editorial: Miscelánea
208 páginas
ISBN: 8493722871
Pvp: 17,10 € en Agapea
"Soy Homer, el hermano ciego". Esta frase bastó para engancharme. "¡Qué ingenioso!", pensé. Escribir desde la perspectiva de un ciego en primera persona fue algo que me atrajo. Poco o nada me preocupé de averiguar sobre la vida real de los dos personajes principales en la vida real, los hermanos Collyer, porque temía que empezara a establecer búsquedas de inexactitudes en la narración de los hechos o que tuviera ya el foco de lector puesto en el desenlace y me perdiera el camino. Lo mejor que hice y lo recomiendo: no lo hagas tampoco. Mejor leer sin pensar en nada y disfrutar como yo he disfrutado.

"Homer y Langley" es la obra número 19 en la trayectoria literaria de Edgar Lawrence Doctorow, un escritor norteamericano en cuyos libros aparece mucho de crítica social con novelas, en algunos casos, muy próximas al ensayo sociológico. Homer y Langley responde a ese prototipo de estilo Doctorow pero constituye un gran ejercicio literario.

Es una novela escrita sin muchos adornos, fluida, con un narrador en primera persona, los ojos ciegos de Homer, que cuentan a su musa, un personaje que aparece casi al final llamado Jacqueline, todo lo que ha vivido junto a su hermano Langley, el mayor, que cuida de su hermano ciego con la dedicación de un padre. Dos personajes muy excéntricos, aunque vistos desde sus propias perspectivas, las que tiene el uno del otro, son de lo más normales. Por eso se respetan, quieren y aceptan. Destaco lo curioso que resulta el poder terminar viendo el mundo de estos hermanos de una manera tan clara y que no me chirriara tanto que lo haya sido capaz de ver desde los ojos de alguien que no ve. No encuentro donde está el truco, pero Doctorow lo ha logrado y no encuentro, por más que lo busco, dónde estuvo el engaño. Y está ciego, ciego de verdad:

"Hay momentos en que no puedo soportar esta conciencia incansable. Sólo sabe de sí misma. Las imágenes de los objetos no son los objetos en sí. Despierto, mi vigilia y mis sueños forman un continuo. Siento que mis máquinas de escribir, mi mesa, mi silla tienen esa seguridad de un mundo sólido, donde los objetos ocupan espacio, donde no existe el vacío infinito del pensamiento insustancial…"

Hay dos lecturas que nos podemos encontrar en Homer y Langley. La de la historia en sí y la de la historia que subyace, la crítica hacia la sociedad del consumo, al placer que encontramos por tenerlo todo y casi terminar sin darnos cuenta no teniendo espacio para respirar y creernos que el mundo que construimos es el que nos rodea y que de puertas para afuera sólo hay agresores de nuestras vidas, depredadores de nuestras pertenencias. La casa de los Collyer termina desprendiéndose de sus habitantes y llenándose de posesiones. Y visto en cierta manera así es la vida: las personas son más insustanciales:

"Y así desaparecen las personas de la vida de uno y lo único que recuerdas de ellas es su humanidad, una pobre entidad espasmódica, sin territorio propio, igual que la tuya."

El tratamiento que hace Doctorow a la historia es de altura literaria de principio a final, con un desenlace que me ha dejado una palabra incapaz de salir de mi boca. Me la terminé tragando. Acabé mudo: Mudo por culpa de un libro escrito por un ciego.