domingo, 25 de mayo de 2014

La A invertida de Javier Álvarez: jugando con el sol.

Javier Álvarez
(Foto: Miguel A. Brito)
Una A invertida, un juego, una existencia efímera y a la vez duradera como un abrazo perfumado. Un canto a la luz de un sol que mengua, un hola a la luna que pinta el salón del azulpicasso de la oscuridad, un dar la vuelta a la lógica como un calcetín. Personas que conozco de manera circunstancial, que quizás no vuelva a ver, o quizás sí, ¿por qué no?, la vida te da tantas sorpresas. El viernes por la noche me la dio y casi no la busqué, me la encontré por el camino gracias a eso, a las circunstancias. Canciones que recordé y otras que descubrí y que sólo existen ya en recuerdos, frases sueltas, como esas tardes de semana en las que no hay tiempo de tomar el té.
Javier Álvarez cantó para nosotros, un reducido grupo de personas, su último trabajo que insiste en enseñar y no grabar, en regalarlo y no venderlo, retomando esa historia que vivió hace más de veinte años cuando hacía lo mismo, en el "jardín de su pueblo" en Madrid, acompañado de su guitarra. Allí había que ir para escuchar su música, no se vendía en otra parte. Allí cambió su "prometedora carrera de filólogo" por la guitarra porque, tal como se lo inventó, ese era su "porvenir". Está tan enamorado de esas seis cuerdas que anoche no pudo evitar besarla en sus curvas recordando los principios de su idilio. Me emocioné. Por aquel entonces se cruzó con Pedro Guerra, que ya cantaba en Libertad8: vente tú conmigo a cantar al local, le decía Pedro, a cambio de que vengas conmigo a cantar a mi jardín, le respondía Javier. De este modo empezaron los primeros intercambios de lugares y colaboraciones entre artistas. Después de ese proceso de autoformación a lo "operación cantautor" como le gusta decir a Javier, se fraguó esa nueva generación de cantautores que salieron del asfalto, de las plazas, de las bocas del metro, de los escenarios minúsculos de los primeros locales de autor.
El viernes me dejé llevar por esa voz tan pegada a la guitarra, tan llena de sostenidos agudos, inagotables, colgando de un hilo, a punto de caerse, haciendo funambulismo con esa voz tan reconocible y especial que tiene Javier. Escuché su disco A, la A invertida, la que sólo existe en sueños, los que tuve yo y otro puñado de afortunados, como yo. Escuché la cara A y la cara B de un tirón, mientras veía caer partituras, a su derecha, a su izquierda, sembrando la alfombra de frases dichas y cantadas, sin poder rebobinar el cassette porque el sol se puso y ya no veía nada, y no encontraba la tecla del reproductor porque no existía, porque nunca existió, era un juego, el juego de Javier, magia musical. El sol se puso. Me invitaron a jugar que me inventaba un disco y el viernes jugué y lo inventé, el mío propio. Gracias por este gran regalo, Javier.

Visita: http://alvarezjavier.com

 Piel de pantera (Javier Álvarez)






jueves, 22 de mayo de 2014

La rubia de ojos negros - Benjamin Black

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Título: La rubia de ojos negros
Autor: Benjamin Black (pseudónimo
de John Banville
Editorial: Alfaguara
ISBN: 978-84-204-1692-2
Páginas: 336
PVP: 19,50€ en Agapea
Era más alta de lo que me había parecido desde la ventana, alta y delgada, con hombros anchos y elegantes caderas. Mi tipo, en otras palabras. Su sombrero tenía un velo, una exquisita transparencia negra de seda moteada que descendía hasta la punta de su nariz. Una punta preciosa para una nariz preciosa, aristocrática, pero no demasiado estrecha ni demasiado larga y, por supuesto, nada parecida a la trompa de Cleopatra. Lucía unos guantes largos de un pálido crema a juego con la chaqueta y hechos con la piel de alguna singular criatura que habría pasado su breve vida brincando con delicadeza sobre riscos alpinos. Tenía una bonita sonrisa, cordial de momento y ligeramente ladeada, que le daba un atractivo aire burlón. Era rubia, con unos ojos negros, negros y profundos como un lago de montaña, cuyos párpados se afilaban de manera exquisita en las esquinas.

Así es la rubia de los ojos negros. Esta descripción es un dardo, un despliegue de recursos de buen escritor. Nos hace picar en las esquinas del personaje y que no se nos vaya de la cabeza a lo largo del libro. Clare Cavendish, que así se llama esta belleza rubia, se construye en un párrafo, no sólo físicamente sino incluso en sus primeros trazos de carácter, aunque conforme va avanzando el libro termina de dibujarse, como no podía ser de otra manera, más llena de aristas que de redondeces (si no hay conflicto, no hay historia).

Sinopsis: La historia de La rubia de los ojos negros arranca un martes de un año que podría situarse alrededor de los años cincuenta, en el despacho del detective Philip Marlowe. Allí se presenta Clare Cavendish para hacerle un encargo, que localice a un antiguo amante llamado Nico Peterson al que creía muerto desde hacía ya un par de meses y al que creyó ver por la calle vivito y coleando. Un comienzo sugerente y un trabajo aparentemente sencillo, que le viene muy bien al buen detective, cuyo negocio está de capa caída. Sin embargo, lo que se prometía un trabajo fácil se convierte en una trama muy enredada en donde no falta de nada: mafias, drogas, sicarios,… Todo muy entretenido, la verdad. Aunque cerca del final se cuela algún gazapo que no debería de estar en esa época (te animo a que lo descubras), pero bueno, vamos a perdonárselo.
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John Banville (pesudónimo, Benjamin Black)
autor de La rubia de ojos negros
(imagen extraída de Google images)

La rubia de los ojos negros fue el libro seleccionado el mes de abril del Club de los 1001 lectores de La Esfera Cultural (aquí puedes leer algunas opiniones sobre el libro por parte de otros lectores). El autor John Banville, uno de los escritores de lengua inglesa más prometedores y prolíficos de nuestro tiempo, irlandés para más señas, aceptó este interesante reto: vestirse del escritor Raymond Chandler (Chicago 1888-California, 1959) a petición de sus herederos y resucitar a uno de sus personajes, el detective Philip Marlowe. Confieso que no he leído a Raymond Chandler ni sabía de la existencia de Philip Marlowe, pero lo que si sé es que John Banville, bajo el pseudónimo de Benjamin Black, recrea en La rubia de ojos negros, esa atmósfera gamsteriana de la primera mitad del siglo pasado de manera creíble (sobre todo echando mano de las descripciones en los vestuarios de los personajes, los diálogos, las atmósferas de los bares,…). Ahora bien, ahí queda todo. Pareciera como si la gran preocupación del autor fuera precisamente esa, que centrara allí el objeto de su trabajo, en recrear el género y los personajes de un modo creíble, dejando a un lado la historia, quedando ésta únicamente al servicio del estilo. Eso se nota mucho en el final, donde parece como si dijera, venga, a terminar esto ¡ya!

A mí, La rubia de ojos negros, me parece un libro poco equilibrado, eso sí, fácil de leer, entretenido, pero descafeinado en su historia. Benjamin Black es un buen escritor, no me cabe la menor duda, de hecho quiero leer algo más de sus libros y lo haré, pero en cuanto a novela negra está muy lejos de otros autores del género que haya leído antes como por ejemplo Michael Connelly o el cinematográfico Joe Nesbo, que no es que me guste demasiado, pero maneja la tensión de la novela negra de manera mucho más eficaz.


No sé si coincides conmigo, pero si lo has leído, me gustaría conocer tu opinión. 

viernes, 16 de mayo de 2014

Y llegó la Bossanova y llenó de calor la fría Laguna: Marina Machado y Thais Morell

Marina Machado
(foto: Miguel A. Brito)

Me gusta esa cada vez más afianzada apuesta del ayuntamiento de San Cristóbal de La Laguna (Tenerife) por el jazz. El festival de jazz de La Laguna que nos visita cada mayo se instala en sus rincones, sus plazas, su teatro Leal, sus locales, para regocijo de todos. Anoche hacía frío y no me importó. Nada mejor para combatir el frío que voces brasileñas, con esa tesitura tan cálida y sedosa. Dos voces que me sorprendieron, no las conocía.

Empezó la noche con Marina Machado acompañada por la guitarra del bueno de Miguel Manescau, guitarrista de por aquí (cuanto bueno tenemos en Canarias). Ella ya lleva varios años subida a los escenarios y tiene un disco más que bueno junto a Flàvio Henrique del cual rescató algunas piezas para deleitarnos, así como otras grabadas junto al gran Milton Nascimento. Hubo mucha complicidad en lo que fue esa mezcla canario-brasileira, como ella misma la definió.

A continuación se subió al escenario una artista de los pies a la cabeza, Thaïs Morell. Nos dejó buena parte de las canciones incluidas en su primer cd, Cancioneira, un trabajo difícil de encuadrar en un género ya que ella toca varios palos, desde la bossa-nova más pura a temas más jazzísticos e incluso incorporando algunas adaptaciones de temas world-music, mostrando toda su solvencia independientemente del estilo, porque ella es una gran profesional.

No me atrevería a decantarme por ninguna de las dos, las aplaudí por igual. Conectaron conmigo y me hicieron irme a la cama oyendo acordes. Hoy he llevado sus canciones en el coche todo el día, no me canso de oírlas. Si quieres escuchar un poco, pincha en la sección "Te sugiero que escuches…" de aquí, de la vida en sorbos, y podrás oír de lo que te hablo.


Thaïs Morell
(foto: Miguel A. Brito)

Thais Morell, interpreta "Agora ou jamais"


Marina Machado interpreta "Grilos"

domingo, 4 de mayo de 2014

Te quiero, abuela.

Foto: Rober Sánchez
Pancha era eco de una vida muy alejada de la nuestra, de la que ya van quedando pocos que se acuerden, y ese pasado se abría paso a través de sus labios cuarteados de un modo fácil de entender, sin guardarse nada para sí. No quise verla en el último momento porque a Pancha no me gustaba verla dormida sino despierta, riendo o refunfuñando, que también lo hacía, o con esa mirada temblona a través de sus ojos pequeños y vivarachos que no perdían detalle de todos nosotros.
Su cuerpo chiquito y doblado, maltrecho por los latigazos del trabajo sobre su espalda, nunca hincó la rodilla. Se revolvía contra los años que pesaban en sus piernas y decía que no, que no y que no, que ella era Pancha Febles y que con ella nadie podía. Desde su atalaya de matriarca, de esas que ya pocas quedan, muy al estilo Úrsula Iguarán de Gabo Márquez, quería tenerlo todo controlado; la comida, las ropas, la vida de los suyos, de los agregados,… Pancha era, en sí, un enorme personaje literario que encerraba en su vida cien libros.
Se enfadaba si te empeñabas en ir a su casa y no comer, no había quien le dijera que no. Yo desde luego no me atrevía, ella conmigo casi siempre se salía con la suya.
Pancha hacía trampas al parchís, a mí también me las hizo. Contaba seis en vez de cinco y cinco en vez de cuatro y corría tras mi ficha azul con su ficha roja con el ánimo de alcanzarme y, cuando lo hacía y me comía la ficha, me miraba con esa cara de falsa pena llena de satisfacción que tanta gracia me hacía, como diciéndome así es la vida chico, qué le vas a hacer. Ella necesitaba ganar como ganó en su vida, por eso cambió huertas y hoyas cuando ya no pudo ir, por ese tablero cuadrado de cuatro colores. Yo me sentaba con ella a jugar en las tardes de verano y me gustaba verla sonreír satisfecha cuando ganaba, o echar puntas al capricho de los dados cuando venían mal dados: ¡vaya, coño!, ¿al fin saliste?, le espetaba al cinco escondido.
El jueves Pancha se durmió y no despertó más. Tenía 98 años recién cumplidos. Cuando la felicité por teléfono hace un mes, le dije que iría a verla, y ella me dijo lo que siempre decía, a ver si Dios me da vida para verte. Yo colgué confiado en que sería así pero esta vez su Dios no quiso. Yo sólo quería ir para decirle, te quiero, abuela.