domingo, 8 de junio de 2014

Yo también dije no

Ayer caminé después de mucho tiempo sin hacerlo. Yo puse mi grano de ilusión, sólo ilusión. Mi hijo me preguntaba mientras andábamos, ¿pero cambiará algo?, ¿no irán a buscar petróleo después de esto? Ojalá me hubiera preguntado cómo era eso de que los niños no venían de París. No supe qué contestar ni cómo decírselo. Me quedé en un escueto, nosotros ya hemos hablado, ellos sabrán qué es lo que hacen; no me convenció mi respuesta.
Ayer caminamos, y entonamos consignas, escuetos arranques literarios a ritmo de palmas: "Canarias no se vende, canarias se defiende". Esta me hizo pensar, me sigue haciendo pensar: Somos pasto de los intereses. 
Ayer es verdad que hubo una gran manifestación, que nos congregamos muchos miles para decir ¡No!, cada uno a su manera. Pero en el camino me encontré de todo. Banderas de todos los colores y que no venían al cuento, Rusas, de la República, de sindicatos,… Yo pensaba, aquí, cada uno va a su rollo.  Pasó a mi lado un grupo de mujeres y una de ellas le decía a las otras yo paso de ir hasta allá a escuchar el manifiesto, ¿qué tal chicas si vamos a la calle la Noria a por una cerveza, que hace calor?, y se fueron, las vi perderse Noria arriba: iban de fiesta. A otros los encontrábamos de vuelta mientras nosotros íbamos al encuentro de la manifestación, y yo les preguntaba ¿ya acabó la manifestación? y ellos me contestaron qué va, todavía hay jaleo, pero yo ya estoy cansado y me recojo. Luego dispersión en vez de estar unidos: unos a la plaza a leer el manifiesto y otros a manifestarse ad libitum frente a las plataformas y a liarla, a liarla contra las plataformas, esos gigantes de metal sordos a los gritos, ¿a qué fueron hasta allí?, a tirar contenedores, agredir a una reportera gráfica que sólo quería hacer su trabajo. Estas minucias e inmundicias también pasaron, me lo dijeron, yo no estaba para verlo porque cuando vi el percal nos dimos la vuelta y mi hijo, mi esposa y yo estábamos en la plaza escuchando el manifiesto y aplaudiendo. A eso bajamos, ¿no? A eso bajamos todos, ¿no? Pero no todos bajaron a eso, no. Todos sabían que había que estar, pero no todos sabían para qué. Mucho confundido que vi. Mi hijo era uno de esos antes de bajar, culpa mía que no supe explicárselo. Por la mañana me decía que no tenía ganas de bajar a la manifestación, que eso del petróleo le daba igual, que ¡jo!, que eso es un rollo, papi. Ya en la plaza, después de lo que vio y lo que hablamos, me pidió permiso y se adentró en la masa de gente e hizo fotos con su móvil mientras se leía el manifiesto, luego vi una colgada en Instagram y me dijo que le había gustado venir y que no estaba bien eso de sacar petróleo y que por qué no buscaban en otro lado y que qué feas eran las plataformas esas, que no le gustaban, que no se veía el mar. 
Mereció la pena bajar, aunque no nos escuchen, ¿verdad hijo?

Estas plataformas son solo nubarrones
(Foto: Miguel A. Brito)

Muchas decenas de miles de personas en Avenida Anaga
(Foto: Miguel A. Brito)

Canarias contra las prospecciones
(Foto: Miguel A. Brito)

Algún día lo entenderá. Tal vez ya hoy lo entienda
(Foto: Miguel A. Brito)

Coronando la cima, gritando alto
(Foto: Miguel A. Brito)

¡No!
(Foto: Miguel A. Brito)








lunes, 2 de junio de 2014

El ruido de las cosas al caer - Juan Gabriel Vásquez

Título: El ruido de las cosas al caer
Autor: Juan Gabriel Vásquez
ISBN: 8420475076
Editorial: Alfaguara
272 páginas
pvp: 17,1 €. También disponible en
edición de bolsillo a 7,59 €

El mundo es así. Las cosas, los hechos caen por su propio peso y al caer dejan un sonido que retumba como un eco rítmico, recurrente, a pesar de que el sonido haya dejado de existir mucho tiempo atrás. Así son las cosas, el mundo es así, las cosas, los hechos caen por su propio peso. Causa y consecuencia van de la mano y en el eco de las consecuencias nos asaltan las dudas del por qué pasó, de qué circunstancias generaron el descuido y por qué ocurrió el accidente: dudas, más dudas, cabos sin atar. Al final quedan dos caminos que seguir, el de dejarlo pasar y olvidar o el de convertir la búsqueda de los por qué en una obsesión. Se generan entonces nuevos caminos, ramificaciones infinitas que a menudo nos cambian, para siempre.

Este mensaje críptico es el que se esconde detrás de “El ruido de las cosas al caer” de Juan Gabriel Vázquez. Es un libro en el que se respira incertidumbre, cabos sueltos, una atmósfera de duda constante. Mucho tendrá que ver esa sensación que transmite el autor con cómo han vivido durante tantos años los colombianos, sin saber qué va a pasar mañana, si estarás vivo o muerto, si tu esposa o tu hijo llegará a la hora de la cena, si esa copa que tomaste con tu amigo será de verdad la última, para siempre. Todo a raíz del fuego cruzado entre narcotraficantes y poder político, en especial durante los años de "reinado" de Pablo Escobar, que dejaron una estela de más 10.000 personas muertas, de los cuales casi 2000 eran policías, entre finales de los ochenta y principio de los noventa.

…El mundo me pareció un lugar cerrado, o mi vida una vida emparedada; el médico me hablaba de mi miedo de salir a la calle, me arrojaba la palabra agorafobia como si fuera un objeto delicado que no hay que dejar caer, y para mí era difícil explicarle que justo lo contrario, una claustrofobia violenta, era lo que me atormentaba

Elocuente, ¿no creéis? O esta otra:

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Juan Gabriel Vásquez, autor de El ruido de las cosas al caer
(Imagen extraída de Google images)
…Mi vida contaminada era mía solamente, mi familia estaba a salvo todavía: a salvo de la peste de mi país, de su atribulada vida reciente: a salvo de todo aquello que me había dado caza a mí como a tantos de mi generación (y también de otras, sí, pero sobre todo de la mía, la generación que nació con los aviones, con los vuelos llenos de bolsas y las bolsas de marihuana, la generación que nació con la Guerra contra las Drogas y conoció después las consecuencias). 

Brillante ese recurso literario de dos puntos después de otros dos puntos, explicativos tras explicativos, cabos, más cabos.

Sinopsis: Antonio Yammara narra su experiencia, en primera persona. La experiencia de todos los acontecimientos que se suceden tras conocer a un personaje rodeado de un aura de misterio, Ricardo Laverde, alguien que apenas habla y que se intuye en todo momento que tiene una vida pasada soterrada y enigmática. Piensa Antonio, este hombre no ha sido siempre este hombre. Este hombre era otro hombre antes. Su atracción hacia Ricardo y los misterios que encierra se convierte en una obsesión y acude cada noche al billar, donde coinciden, con la esperanza de pasar ratos con él y llegar a saber algo más sobre su vida, aunque no logra acercarse lo suficiente, no le da tiempo: una bala se encarga de acabar para siempre con sus encuentros. La muerte de Ricardo Laverde en su presencia, hace que la vida de Antonio cambie, ya no puede ser el mismo, en casa, en su trabajo, y toma decisiones arrastrado por la necesidad de querer saber la verdad, un camino siguiendo la estela del ruido del disparo que acabó con la vida de Ricardo Laverde: 

La experiencia, eso que llamamos experiencia, no es el inventario de nuestros dolores, sino la simpatía aprendida hacia los dolores ajenos.

Es muy hábil Juan Gabriel Vázquez. Escribe una novela de la que me ha quedado la sensación de ser redonda a pesar de los cabos sueltos. Detrás de cada frase hay un por qué. Un detalle para explicarme: las primeras frases que oye Antonio Yammara de boca de Ricardo Laverde son en referencia a los hipopótamos del zoológico del narcotraficante Pablo Escobar: varias personas están en el billar viendo por el televisor un reportaje sobre esos hipopótamos que campan a sus anchas sin nadie que les ponga coto, y se oyen los testimonios de campesinos quejándose de los destrozos ocasionados en sus fincas. Todo esto era motivo de tertulia entre los presentes y Ricardo Laverde se mantenía al margen de la discusión hasta que abrió la boca para decir un escueto “qué culpa tienen ellos”. Una frase que cuando la leí, casi al principio del libro, se me pasó inadvertida hasta que, sin embargo, llego al final del libro y me encuentro con otra imagen, la de Antonio siendo testigo visual de uno de esos hipopótamos, cría o adulto, macho o hembra, qué más da, en carne y hueso, y esa frase volvió a sonar aunque no estuviera escrita, era una frase caída, un eco literario que duró 200 páginas, qué culpa tenían ellos, cierto, qué culpa tenía él, Ricardo, qué culpa tenía él, Antonio, qué culpa tenían.

El ruido de las cosas al caer está escrito en un estilo casi poético. La voz cala como una lluvia fina e insistente. Los personajes, siempre vistos a través de los ojos de Antonio, tienen una entidad propia y definida, con unas voces reconocibles construidas con frases cortas, que muchas veces se repiten, ecos al fin. Aprovecha para introducir, a través de las reflexiones de Antonio, elementos que terminan por confeccionar la evolución de los cambios que él mismo experimenta. Nada queda al azar, tampoco se terminan de cerrar muchas historias, empezando por la suya propia. Acaso, eso sí, la de Ricardo Laverde que poco a poco termina de construirla Antonio Yammara a través de piezas sueltas sacadas de una cesta de mimbre que terminan encajando. Sólo entonces se da cuenta Antonio de que esa historia termina hablando de él mismo ¿será por eso que Antonio se sentía tan ajeno de sí desde que murió Ricardo Laverde? Creo que sí, tal como decía antes de empezar a construir ese puzzle: 

…sentí otras cosas, algunas inexplicables y sobre todo una muy confusa: la incomodidad de saber que aquella historia en que no aparecía mi nombre hablaba de mí en cada una de sus líneas.