sábado, 15 de febrero de 2014

Frustración

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Título: las tres guerras.
Autor: José Antonio Pérez.
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Imagen extraída de google images
La mañana que Ernesto y la muerte se miraron a los ojos no fue distinta de otras. Él siempre creyó que se vería sorprendido, que se encontrarían de improviso y que ese encuentro sería fugaz, pero no fue así. Se aguantaron la mirada durante largo rato, uno frente al otro, a través del espejo del baño. Supo que aquella mirada era la de la muerte porque sus ojos no brillaban y las arrugas eran profundas, surcos negros en su frente y en sus labios que se habrían paso hacia dentro, dejando asomar, a poco que se fijó, el color blanco y brillante de sus huesos.

Llevaba algún tiempo esperando el encuentro. Incluso pensó, llegada la hora, que la espera había sido larga, lo cual era normal, también pensó, aunque tampoco era tan viejo, siguió pensando. Pero Ernesto estaba cansado de recorrer su vida y ahora, que se encontraba al final del camino, justo al final de nada, en el mismísimo umbral de la muerte, no sentía una emoción definida, no sentía miedo ni excitación. Quizás no sintiera miedo, pensó, porque el miedo tiene sus raíces en la pérdida, y él, que nada tenía, ¿qué temía perder? Tampoco sintió excitación ni una emoción palpable, no le temblaba el pulso ni sus manos estaban frías, porque la excitación viene de la sorpresa o el ansia del encuentro y Ernesto no se sorprendía ni ansiaba en ponerse a disposición del destino. Podría haber esperado hasta mañana, pensó, habría justificado el retraso, la muerte llevaba ya varias semanas faltando a su cita, la impuntualidad era su defecto. Pero quizás era mejor hoy que mañana, porque mañana, quizás, hubiera sentido pereza como la que sintió ayer, y todo esto lo pensaba Ernesto atusándose su pelo escaso, despeinado al compás del baile en la cama durante la noche, y mientras se pellizcaba el lóbulo de la oreja derecha para que la leve punzada de dolor fuera señal de que aún quedaba algo de vida en su cuerpo, a pesar de la cara inexpresiva que se reflejaba en el espejo, que era más cara de cadáver que de vivo a punto de morir.

No vio. Ernesto ni siquiera vio, como había leído, que la vida pasara por delante de sus ojos en un instante. Aquello debió ser la ilusión o fantasía de un loco drogado, pensó, o tal vez no, pensó casi al instante. A lo mejor la culpa era suya por olvidar sus recuerdos, por haberlos dejado morir antes que a él. Cuando de manera lenta abrió la boca y se introdujo el cañón del arma, sostuvo, sin pestañear, su propia mirada reflejada y se sumergió en sus ojos opacos y traspasó la pared, la que se reflejaba delante de él que era la que se encontraba detrás de su espalda, y no vio imágenes definidas, sólo un sentimiento difuso pintado de colores revoltosos, juguetones, enigmáticos, precedidos de una brusca sacudida. Sintió como si una mano cálida hubiera rebuscado en su interior arrancando sus tejidos, sus ideas, lo poco que quedaba en él de sentido, para dejar plasmado en la pared, a modo de cuadro inmortal y para admiración del respetable, el fiel reflejo de la frustración. 

Ernesto quiso sonreír, pero ya no era momento para eso.