martes, 10 de abril de 2012

El color del miedo



Entraron en el mar. Era la primera vez que Luis sentía aquel líquido frío y salado rodeando su cuerpo. Las olas le tambalearon y pronto perdió sus referencias. Empezó a sentir miedo por no saber dónde se encontraba; se había desorientado. Se aferró con fuerza a las manos de Sonia. Ella era sus ojos. Luis se había perdido muchas experiencias en la vida a causa de su ceguera, pero después de conocerla, con ella 
había descubierto más en unas semanas que en el resto de sus veinticinco años de oscura existencia.

            –Tengo miedo. No me sueltes por favor –Luis temblaba algo por el frío y mucho por el miedo.

            –No temas que no te voy a soltar –Sonia le intentaba tranquilizar–. ¿No te gusta?

            –No, esto no me gusta. No es como cuando subimos a la Noria o cuando me enseñaste el tacto de la nieve en el Pirineo.

            Una ola en ese momento le golpeó y Luis trastabilló. Sonia tuvo que esforzarse para que no cayera.

            –Sácame de aquí, por favor –Luis ya no soportaba más la angustia de su inseguridad.

            Sonia lo guió hasta la orilla y se sentaron. Aún sentía su cuerpo zarandeado por las olas, a pesar de la seguridad firme y cálida de la arena de la playa. Tras una pausa en la que Luis recobró resuello, le preguntó:

            –Sonia, ¿cómo ves el mar?

            –Azul, Luis. El mar es azul. Ahora mismo lo veo extenderse infinito delante de nosotros y, al final de todo, allá donde mis ojos alcanzan a ver, se lo engulle el cielo que también es azul. Todo lo que nos cubre es un manto de color azul. Estamos como rodeados de una inmensa bola redonda y azul.

            Tras unos breves instantes, Luis acercó su cara a Sonia y le susurró en voz baja, como con miedo de que ese mar gigante, azul, frío y amenazante lo escuchara y viniera en su busca:

            –No había tenido nunca esta sensación de indefensión y de miedo. Dependía por entero de tus ojos. Si el miedo tiene color, seguro que es de color azul.

            Sonia lo besó. Un beso largo, azul y salado como el mar. Luis, algo más tranquilo, acarició su pelo, sus labios, sus ojos,...

            –¿Y tus ojos, Sonia? ¿De qué color son?

            Sonia esquivó la mirada muerta de Luis, tratando de ocultar el color intenso y azul de sus ojos.

            –Son rojos Luis. Mis ojos son rojos bermellón.  

viernes, 6 de abril de 2012

Abrazando cuervos.

Las miro temeroso.
Llegan oscuras como blancas sonrisas
engañosas.
Arañan hasta estigmar viejos surcos sembrados.
En la estancia el dulce amarga,
ya no huele a té afrutado.
La herida se abre
y cicatrizar no puede, y sangra:
no hay agujas,
ni guantes, ni manos, ni hilos, 
ni ganas.
Los cuervos esperan,
acechan siempre que huelen sangre.
Entran en las carnes abiertas,
picotean escombros de entrañas:
esas que aman como saben libres,
cansadas de tejer sueños con lanzas.
Barras de hierro cierran la herida:
herrumbre gastada.
Revolotean furiosos en negra maraña
El aire falta.
Graznan roncos estertores,
rompen sus recias plumas con dolores consentidos.
Abrazo mis carnes y me hago ovillo:
se cierra la jaula, jadean dentro.
Enmudece el silencio.
supura la herida,
se olvida el recuerdo.