lunes, 24 de octubre de 2016

Tres noches - Austin Wright


Título: Tres noches.
Autor: Austin Wright
Editorial: Ediciones Salamandra S.A.
ISBN: 978-84-9839-609-7
PVP: 9,40 € en edición de bolsillo
Acabada "Tres noches" de Austin Wright, me doy cuenta de que se trata de un ejercicio metaliterario bien planteado aunque no muy bien acabado. Una pena, porque la propuesta es ingeniosa, aunque no cayó en las mejores manos, bajo mi punto de vista y la obra hubiera dado mucho más de sí.

De hecho la historia de la publicación así lo refrenda. Austin Wright terminó su novela y la vió publicada en USA en 1993 gozando de muy poco éxito. Digamos que pasó sin pena ni gloria. Incluso diríamos que su título "Tony and Susan", resulta de por sí poco atactivo, la verdad. Fue en 2010 cuando esta novela tuvo su segunda oportunidad y se reeditó en Reino Unido alcanzando tan buena crítica que fue vuelta a publicar en USA. Aquí en España se le llamó "Tres noches", un título algo más sugerente (solo algo más) que el original. Esta obra ha servido para una adaptación al cine titulada "Animales nocturnos", película del año 2016 dirigida por Tom Ford y protagonizada por Amy Adams y Jake Gyllenhaal que podremos ver seguramente en diciembre y que recibió el Gran premio del jurado en el Festival de Venecia. Por esto decía que la propuesta es ingeniosa, aunque hubiera necesitado mejores manos para convertirse en una gran novela.

"Tres noches" se trata de un ejercicio de literatura dentro de literatura, como decía al principio. Cuando la lean se encontrarán con dos novelas que avanzan en paralelo.

Sinopsis:

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Austin Wright
Imagen extraída de Google Images
Susan lleva una vida de rutinas aceptadas, no se replantea en exceso lo que pudo llegar a ser o si algún día tomó la decisión acertada o se equivocó. Un reencuentro es quien le devuelve una mirada al espejo, a ese momento en el que tuvo que decidir. Recibe una carta de su primer marido, Edward Sheffield acompañando al manuscrito de una novela que éste acaba de escribir. La novela se titula "Animales nocturnos". Edward le hace el encargo a Susan de que lea el manuscrito y le exprese su opinión crítica. Conforme vamos leyendo nuestra novela, nos encontramos con dos lecturas en paralelo, la de Susan que se sumerge en una lectura que le enfrenta a recuerdos del pasado y a cuestionarse las decisiones que han condicionado mucho su vida actual, y la novela que Susan lee, "Animales nocturnos", esa novela de Edward que encierra un mensaje críptico dirigido a su primera esposa y que poco a poco el lector irá desentrañando a la misma velocidad que Susan.

Son dos lecturas muy diferentes. La de la novela en sí, que es una reflexión contínua hacia los sentimientos y la construcción de la personalidad de Susan, ese mirarse al espejo que todos hacemos al alcanzar esa mal llamada mediana edad, y la de "Animales nocturnos" un thriller dinámico, donde los diálogos tienen mucho protagonismo así como las escenas contadas con un estilo muy directo y que no podemos parar de leer, estructurado en capítulos cortos llenos de acción.

No voy a desvelar mucho más para no hacer más spoiler del necesario, pero llamaría la atención en cómo ese rechazo inicial de Susan hacia el encargo de su exmarido, se va tornando en reflexión de si no debió seguir con él, de cómo sería hoy la vida a su lado,... y todo ello descubriéndolo entrelíneas a través del trabajo de escritura de Edward con su primera novela. También recomiendo que reflexionéis sobre ambos finales, los de las dos novelas, la que nosotros leemos y la que leemos junto a Susan. He leído en algunas críticas que esos finales son algo decepcionantes. A mí me han parecido muy buenos los dos. Juzgad vosotros y comentadlo por aquí.

Por último, en ese análisis que hace Susan del personaje creado por Edward para su novela Animales nocturnos. Se llama Tony, y Susan le termina odiando, desesperándose con sus decisiones, aunque finalmente termina entendiendo que esos sentimientos tienen su raíz en algo que termina entendiendo al final de la novela. Tal como se puede leer en el penúltimo capítulo "...en esa imagen fugaz de Tony el Blandengue hay un reflejo magnificado de ella misma."

Como nos dice el escritor y director Paul Auster, "la literatura es esencialmente soledad. Se escribe en soledad, se lee en soledad y, pese a todo, el acto de la lectura permite una comunicación profunda entre los seres humanos", sólo basta leer entrelíneas.


lunes, 17 de octubre de 2016

¿Y qué, si se lo dieron a Dylan?

Eso digo yo, y qué. A lo mejor, al igual que pasa con otras cosas, estamos asistiendo a cambios de paradigmas y no nos estamos enterando, y resulta que la literatura no se trata sólo de escribir un libro con su ISBN de sopotocientos números y letras. Hace un par de días regresaba de un viaje y en mi minúsculo asiento de avión, en el 20D por cierto (con D de Dylan), leía un artículo del escritor y director de cine Ray Loriga, en donde nos ofrecía una definición muy acertada de lo que significaba ser escritor. Decía Loriga, que la profesión de escritor podría consistir en "conseguir formular con las palabras de uno los sentimientos de los otros". Esto podríamos trasladarlo a todas las manifestaciones del arte, la pintura, la fotografía, y la música también, por supuesto. El arte, al fin y al cabo, consiste en eso, en conectar y llegar a un acuerdo con el espectador, lector o escuchante de música.

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Bob Dylan en 1978 (imagen extraida de google images
Yo no fui seguidor de Dylan. No es que no sea mi tipo, sino que cuando el Dylan revolucionario, ese que puso su sello eterno en generaciones venideras de cantautores decidió apartarse del mundanal ruido a pesar de que sus miles de seguidores de pronto se sintieran huérfanos, fue allá por 1966 y yo no era ni tan siquiera un embrión de proyecto de bloggero. Luego, años después, lo escuché y también tengo que decir que no entendía un carajo lo que cantaba. Pero su guitarra (de eso sí me di cuenta) tenía un martilleo insesante que calaba. Su armónica emitía acordes sencillos, claros, y parecían venidos no de sus pulmones sino de su garganta, esa misma que empujaba los versos por la boca, pero parecía que estos no se formaban allí, en sus cuerdas vocales, sino que salían desde más arriba, casi de la nariz, de ahí ese sonido nasal, arrastrando las frases, tan característico de Bob.

Luego vino lo que vino luego. Porque un día me entró la curiosidad y me atreví a leer sus letras traducidas:


"¿Cuántos años puede existir una montaña
antes de ser descolorida por el mar?
¿Cuántos años pueden algunos existir
antes de que se les pueda permitir ser libres?
Sí, y ¿cuántas veces puede un hombre voltear la cabeza,
pretendiendo no ver?
La respuesta, mi amigo, está soplando en el viento,
La respuesta está soplando en el viento."

Y me dije, ¡caramba! resulta que eso que decía, eso que no entendía, ¡eran poemas!, unos poemas de gran calado, tanto que seguramente muchos de sus contemporáneos no serían los mismos si Dylan no hubiera sido el primero. Tanto, que aunque este poema no hubiese sido publicado en un poemario, sus palabras siguen hoy por hoy soplando en el viento formulando preguntas y susurrando respuestas.
De verdad. No entiendo tanto alboroto. Cuando se lo dieron a Vargas Llosa me pareció en su momento un reconocimiento exagerado, porque sí, vaya si escribía bien, pero últimamente, qué se yo, como que no se parece mucho a lo que fue. ¿Y qué me dicen del nóbel del año pasado?  Svetlana Aleksièvich, periodista, que no es lo mismo que escritora al uso. Poner a Svetlana, con todos mis respetos, a la altura de Gabriel García Márquez, como que me cuesta verlo. ¿Y Camilo José Cela? ¿Por qué no Miguel Delibes? Tampoco veo cien por cien lo de Dylan, dicho sea de paso. Pero mucho menos a Churchill, que se llevó el nobel de literatura en 1953 por su "maestría en la descripción biográfica e histórica así como por la brillante oratoria para la exaltación de la defensa de los valores de la humanidad" (¿dónde está la palabra "literatura" en ese reconocimiento?).

Pues creo que lo voy entendiendo. Después de leer a Loriga en el asiento 20D de un Madrid-Tenerife Norte, lo he entendido: al final, expresar con las palabras de uno los sentimientos de los otros es literatura en sí misma, es el cúlmen del arte, estén esas palabras escritas en una servilleta de una cafetería o en una impresión en tapas de cuero ribeteadas de oro.

Qué quieren que les diga. Me quedo más con Dylan que con Churchill, aunque puestos a elegir me quedo con cien años de soledad, enarbolo mi descontento porque Jorge Luis Borges o Cortázar no hayan tenido el honor de recibir un Nóbel y desde ahora me pongo de abanderado para que el próximo Cervantes se lo den a Pedro Guerra, dicho sea de paso.