lunes, 24 de octubre de 2016

Tres noches - Austin Wright


Título: Tres noches.
Autor: Austin Wright
Editorial: Ediciones Salamandra S.A.
ISBN: 978-84-9839-609-7
PVP: 9,40 € en edición de bolsillo
Acabada "Tres noches" de Austin Wright, me doy cuenta de que se trata de un ejercicio metaliterario bien planteado aunque no muy bien acabado. Una pena, porque la propuesta es ingeniosa, aunque no cayó en las mejores manos, bajo mi punto de vista y la obra hubiera dado mucho más de sí.

De hecho la historia de la publicación así lo refrenda. Austin Wright terminó su novela y la vió publicada en USA en 1993 gozando de muy poco éxito. Digamos que pasó sin pena ni gloria. Incluso diríamos que su título "Tony and Susan", resulta de por sí poco atactivo, la verdad. Fue en 2010 cuando esta novela tuvo su segunda oportunidad y se reeditó en Reino Unido alcanzando tan buena crítica que fue vuelta a publicar en USA. Aquí en España se le llamó "Tres noches", un título algo más sugerente (solo algo más) que el original. Esta obra ha servido para una adaptación al cine titulada "Animales nocturnos", película del año 2016 dirigida por Tom Ford y protagonizada por Amy Adams y Jake Gyllenhaal que podremos ver seguramente en diciembre y que recibió el Gran premio del jurado en el Festival de Venecia. Por esto decía que la propuesta es ingeniosa, aunque hubiera necesitado mejores manos para convertirse en una gran novela.

"Tres noches" se trata de un ejercicio de literatura dentro de literatura, como decía al principio. Cuando la lean se encontrarán con dos novelas que avanzan en paralelo.

Sinopsis:

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Austin Wright
Imagen extraída de Google Images
Susan lleva una vida de rutinas aceptadas, no se replantea en exceso lo que pudo llegar a ser o si algún día tomó la decisión acertada o se equivocó. Un reencuentro es quien le devuelve una mirada al espejo, a ese momento en el que tuvo que decidir. Recibe una carta de su primer marido, Edward Sheffield acompañando al manuscrito de una novela que éste acaba de escribir. La novela se titula "Animales nocturnos". Edward le hace el encargo a Susan de que lea el manuscrito y le exprese su opinión crítica. Conforme vamos leyendo nuestra novela, nos encontramos con dos lecturas en paralelo, la de Susan que se sumerge en una lectura que le enfrenta a recuerdos del pasado y a cuestionarse las decisiones que han condicionado mucho su vida actual, y la novela que Susan lee, "Animales nocturnos", esa novela de Edward que encierra un mensaje críptico dirigido a su primera esposa y que poco a poco el lector irá desentrañando a la misma velocidad que Susan.

Son dos lecturas muy diferentes. La de la novela en sí, que es una reflexión contínua hacia los sentimientos y la construcción de la personalidad de Susan, ese mirarse al espejo que todos hacemos al alcanzar esa mal llamada mediana edad, y la de "Animales nocturnos" un thriller dinámico, donde los diálogos tienen mucho protagonismo así como las escenas contadas con un estilo muy directo y que no podemos parar de leer, estructurado en capítulos cortos llenos de acción.

No voy a desvelar mucho más para no hacer más spoiler del necesario, pero llamaría la atención en cómo ese rechazo inicial de Susan hacia el encargo de su exmarido, se va tornando en reflexión de si no debió seguir con él, de cómo sería hoy la vida a su lado,... y todo ello descubriéndolo entrelíneas a través del trabajo de escritura de Edward con su primera novela. También recomiendo que reflexionéis sobre ambos finales, los de las dos novelas, la que nosotros leemos y la que leemos junto a Susan. He leído en algunas críticas que esos finales son algo decepcionantes. A mí me han parecido muy buenos los dos. Juzgad vosotros y comentadlo por aquí.

Por último, en ese análisis que hace Susan del personaje creado por Edward para su novela Animales nocturnos. Se llama Tony, y Susan le termina odiando, desesperándose con sus decisiones, aunque finalmente termina entendiendo que esos sentimientos tienen su raíz en algo que termina entendiendo al final de la novela. Tal como se puede leer en el penúltimo capítulo "...en esa imagen fugaz de Tony el Blandengue hay un reflejo magnificado de ella misma."

Como nos dice el escritor y director Paul Auster, "la literatura es esencialmente soledad. Se escribe en soledad, se lee en soledad y, pese a todo, el acto de la lectura permite una comunicación profunda entre los seres humanos", sólo basta leer entrelíneas.


lunes, 17 de octubre de 2016

¿Y qué, si se lo dieron a Dylan?

Eso digo yo, y qué. A lo mejor, al igual que pasa con otras cosas, estamos asistiendo a cambios de paradigmas y no nos estamos enterando, y resulta que la literatura no se trata sólo de escribir un libro con su ISBN de sopotocientos números y letras. Hace un par de días regresaba de un viaje y en mi minúsculo asiento de avión, en el 20D por cierto (con D de Dylan), leía un artículo del escritor y director de cine Ray Loriga, en donde nos ofrecía una definición muy acertada de lo que significaba ser escritor. Decía Loriga, que la profesión de escritor podría consistir en "conseguir formular con las palabras de uno los sentimientos de los otros". Esto podríamos trasladarlo a todas las manifestaciones del arte, la pintura, la fotografía, y la música también, por supuesto. El arte, al fin y al cabo, consiste en eso, en conectar y llegar a un acuerdo con el espectador, lector o escuchante de música.

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Bob Dylan en 1978 (imagen extraida de google images
Yo no fui seguidor de Dylan. No es que no sea mi tipo, sino que cuando el Dylan revolucionario, ese que puso su sello eterno en generaciones venideras de cantautores decidió apartarse del mundanal ruido a pesar de que sus miles de seguidores de pronto se sintieran huérfanos, fue allá por 1966 y yo no era ni tan siquiera un embrión de proyecto de bloggero. Luego, años después, lo escuché y también tengo que decir que no entendía un carajo lo que cantaba. Pero su guitarra (de eso sí me di cuenta) tenía un martilleo insesante que calaba. Su armónica emitía acordes sencillos, claros, y parecían venidos no de sus pulmones sino de su garganta, esa misma que empujaba los versos por la boca, pero parecía que estos no se formaban allí, en sus cuerdas vocales, sino que salían desde más arriba, casi de la nariz, de ahí ese sonido nasal, arrastrando las frases, tan característico de Bob.

Luego vino lo que vino luego. Porque un día me entró la curiosidad y me atreví a leer sus letras traducidas:


"¿Cuántos años puede existir una montaña
antes de ser descolorida por el mar?
¿Cuántos años pueden algunos existir
antes de que se les pueda permitir ser libres?
Sí, y ¿cuántas veces puede un hombre voltear la cabeza,
pretendiendo no ver?
La respuesta, mi amigo, está soplando en el viento,
La respuesta está soplando en el viento."

Y me dije, ¡caramba! resulta que eso que decía, eso que no entendía, ¡eran poemas!, unos poemas de gran calado, tanto que seguramente muchos de sus contemporáneos no serían los mismos si Dylan no hubiera sido el primero. Tanto, que aunque este poema no hubiese sido publicado en un poemario, sus palabras siguen hoy por hoy soplando en el viento formulando preguntas y susurrando respuestas.
De verdad. No entiendo tanto alboroto. Cuando se lo dieron a Vargas Llosa me pareció en su momento un reconocimiento exagerado, porque sí, vaya si escribía bien, pero últimamente, qué se yo, como que no se parece mucho a lo que fue. ¿Y qué me dicen del nóbel del año pasado?  Svetlana Aleksièvich, periodista, que no es lo mismo que escritora al uso. Poner a Svetlana, con todos mis respetos, a la altura de Gabriel García Márquez, como que me cuesta verlo. ¿Y Camilo José Cela? ¿Por qué no Miguel Delibes? Tampoco veo cien por cien lo de Dylan, dicho sea de paso. Pero mucho menos a Churchill, que se llevó el nobel de literatura en 1953 por su "maestría en la descripción biográfica e histórica así como por la brillante oratoria para la exaltación de la defensa de los valores de la humanidad" (¿dónde está la palabra "literatura" en ese reconocimiento?).

Pues creo que lo voy entendiendo. Después de leer a Loriga en el asiento 20D de un Madrid-Tenerife Norte, lo he entendido: al final, expresar con las palabras de uno los sentimientos de los otros es literatura en sí misma, es el cúlmen del arte, estén esas palabras escritas en una servilleta de una cafetería o en una impresión en tapas de cuero ribeteadas de oro.

Qué quieren que les diga. Me quedo más con Dylan que con Churchill, aunque puestos a elegir me quedo con cien años de soledad, enarbolo mi descontento porque Jorge Luis Borges o Cortázar no hayan tenido el honor de recibir un Nóbel y desde ahora me pongo de abanderado para que el próximo Cervantes se lo den a Pedro Guerra, dicho sea de paso.


lunes, 5 de septiembre de 2016

La tía Tula - Miguel de Unamuno

Libro: La tía Tula
Autor: Miguel de Unamuno
Edit: Espasa Calpa
ISBN: 9788467034011
176 páginas
PVP: 6,60 € en Agapea
 Cada cierto tiempo echo una mirada atrás, a los clásicos de la literatura. Sobre todo me centro en esas asignaturas pendientes, los que no he leído y tengo que leer, porque los que escribimos tenemos deudas de lector. Miguel de Unamuno era uno de esos de la lista de pendientes. Me sentía atraído más que por su literatura, por su vida, por cómo su pensamiento vivió siempre en el conflicto, consigo mismo sobre todo. Unamuno era de los que se cuestionaron todo, hasta el punto de apoyar el levantamiento militar y arrepentirse dos meses después y desdecirse sobre lo dicho con aquel célebre "para vencer hay que convencer" con el que se enfrentó publicamente al fundador de la legión José Millán-Astray, hecho que le llevó a estar recluido en arresto domiciliario los últimos días de su vida hasta que se dejó vencer súbitamente un 31 de diciembre del 36, rumiando culpas.

Algo de Unamuno hay en la Tía Tula, una "nivola" como él las llamaba, un nuevo género literario creado por él y que nacía lejos de los formalismos y corsés de la novela clásica. La nivola de Unamuno no era una novela al uso, sino que se creaba sobre el propio hecho de la escritura, donde los personajes iban formándose a golpe de trazos, sobre la marcha y sin guiones, una manera más natural, si lo pensamos, que la del diseño previo de la novela clásica. Para construir la trama se servía mucho de los diálogos y también de los monólogos más que de la descripción. Por eso me resultó tan extraña, porque veía algo de divagación. Al principio pensé "este Unamuno seguro que fue un gran filósofo o ensayista, porque lo que es escritor, lo que se dice escritor, no me parece muy bueno", pero luego, pensándolo mejor y mirando con perspectiva lo que he leído, creo que su aportación a la literatura es cuando menos valiente. Los que le criticaron en su modo de escribir, lo criticaban en base a los cánones de la escritura clásica, sin embargo no se daban cuenta de que había creado su propio estilo novelístico, nivolístico para ser exactos. Equivocados que estaban los ignorantes críticos de la época...

Sinopsis:

La tía Tula es una novela corta, de unas 170 páginas más menos. Tula (diminutivo de Gertrudis) y Rosa (su hermana), ambas huérfanas, se crían con su tío Primitivo, que era sacerdote. Ramiro, un joven de buena posición, se enamora de Rosa y termina casándose con ella y de ese matrimonio empiezan a nacer hijos que la tía Tula va criando como si fueran suyos hasta que Rosa muere en el último de los partos, el tercero, quedando Tula consagrada a la crianza de los tres sobrinos, que asume como hijos propios, y también por si fuera poco del cuidado del marido viudo, que entonces manifiesta su atracción sobre Tula, mientras ella rehuye la relación.

No seguiré contando el argumento porque desvelaría cosas importantes sobre lo que sucedería después, aunque el encanto de la novela no está en lo que ocurre sino en la construcción de los personajes, sobre todo el de la tía Tula, una mujer que encarna muchas de las contradicciones del Unamuno pensador, que pasó de ser un ateo confeso a pensar que debía de haber un diálogo continuo en el hombre entre fe y razón. Probablemente, leyendo algo de la biografía de Unamuno y después de leer La tía Tula, podemos apreciar ciertos rasgos de él en aquella. No es descabellado. Unamuno, de hecho, siempre dijo escribir sobre el ser humano, y en concreto sobre él mismo, ya que, como decía, "escribo sobre mí porque soy el hombre que tengo más cerca".

Cuando me formé y aprendí lo poco que sé como escritor en La Escuela Canaria de Creación Literaria, una de las primeras cosas que me enseñaron fue que no hay novela si no hay conflicto. Podríamos también decir por extrapolación que en el personaje ocurre lo mismo. La tía Tula, toda ella es un conflicto. Unamuno plantea un personaje que decide ser madre siendo virgen, muriendo virgen. Establece un paralelismo en un momento dado con las abejas: siendo zánganos y Reina las que tienen la prole sin saber lo que es un hogar, lo que es construir una colmena, siendo las abejas, como Tula, las que nunca serán madres, las únicas encargadas de construir y sostener el hogar. Y luego está el otro aspecto soterrado, el del sororato o amor de Ramiro hacia las dos hermanas: por Rosa primero, que sería la madre de sus hijos, y por Tula después que dejaría de ser tía de sus sobrinos para convertirse en madre de éstos fallecida Rosa, pero todo ello recubierto de un velo de represión sexual que impedirá que Tula y Ramiro puedan amarse abiertamente. Unamuno echa mano del erotismo en su novela, permitiendo que se asome muy de soslayo en algunos pasajes, una novedad en su escritura y en la de muchos de su generación.

Miguel de Unamuno (imagen extaída de Google images)

La tía Tula se estructura en 25 capítulos cortos, pero claves son el capítulo VII y el XII. El primero donde Ramiro a través de un monólogo interno hace un repaso a sus sentimientos sobre Rosa, sobre Tula, sobre la paternidad, la maternidad, el amor, sobre todo el amor...

"El amor, sí ¿Amor? ¿Amor dicen? ¿Qué saben de él todo esos escritos amatorios, que no son amorosos, que de él hablan y quieren excitqrlo en quien los lee? ¿Qué saben de él los galeotos de las letras? ¿Amor? No amor, sino mejor cariño. Eso de amor –decíase Ramiro ahora– sabe a libro; sólo en el teatro y en las novelas se oye el yo te amo; en la vida de carne y sangre y hueso el entrañable ¡te quiero! y el más entrañable aún callárseo. ¿Amor? No, ni cariño siquiera, sino algo sin nombre y que no se dice por confundirse ello con la vida misma..."

Y el segundo, ese capítulo XII donde no es un monólogo de Tula sino un diálogo con su confesor, que me dio la sensación al leerlo que era el propio escritor el que interrogaba a Tula para extraer de ella sus pensamientos:

–Le he dicho, padre, que le quiero; pero no para marido. Le quiero como a un hermano, como a un más que hermano, como al padre de mis hijos, porque éstos, sus hijos, lo son más míos de lo más dentro mío, de todo mi corazón; pero para marido, no. YO no puedo ocupar en su cama el sitio que ocupó mi hermana... Y sobre todo, yo no quiero, no debo darles madrastra a mis hijos...
–¿Madrastra?
–Sí, madrastra. Si yo me caso con él, con el padre de los hijos de mi corazón, les daré madrastra a éstos, y más si llego a tener hijos de carne y de sangre con él. Esto, ahora ya..., ¡nunca!

Personajes atrapados por la elección temprana, por el cumplimiento de los designios del señor, por el no haber vuelta atrás. Personajes que terminan consumidos en ellos mismos dejando por el camino muchas reflexiones y preguntas sin respuestas, las mismas que se hacía el autor, que también se consumió por lo mismo, por intentar confrontarse con él mismo para encontrar la verdad sin saber que no hay verdad en sí sino verdades en sí mismo, en él mismo, en uno mismo.




jueves, 25 de agosto de 2016

La casa de las bellas durmientes - Yasunari Kawabata

Título: La casa de las bellas durmientes
Autor: Yasunari Kawabata
Edit: Caralt (Trad.: Pilar Giralt)
ISBN: 84-217-2608-0
PVP: 9,50 € (en Agapea)
Me imagino al viejo Yasunari, a sus 63 años recién cumplidos, viendo publicada su novela número diez, Nemeru Bijo o La casa de las bellas durmientes, con esa mirada perdida vestida de nostalgia que se cuela a través del humo que poco a poco consume un cigarro atrapado entre sus dedos de escritor. Me lo imagino así porque La casa de las bellas durmientes tiene un toque de balance de vida, de mirada hacia atrás en ese punto de la existencia donde intuyes que no queda mucho futuro por vivir.

Hay mucho de autobiográfico en esta obra de Yasunari Kawabata (14 de junio 1899, Osaka-Japón-16 abril 1972, Zushi-Japón). Sin ser su obra más notable (gozaron de más fama País de nieve o La bailarina de Izu, por ejemplo), La casa de las bellas durmientes fue dada a conocer gracias a unas declaraciones de Gabriel García Márquez en las que dijo que era la única obra japonesa que le hubiera gustado escribir. La leyó veinte años después de haber sido publicada, y sirvió de inspiración, no solo para su obra Memoria de mis putas tristes (2004) sino también para encontrar ciertas pistas sobre el comportamiento sexual en los ancianos a la hora de escribir El amor en lostiempos del cólera (1985) e incluso para su pequeño cuento El avión de la bella durmiente (leer aquí) incluido en su obra Doce cuentos peregrinos (1992), y en el cual hace clara referencia a la obra de Yasunari.
También sirvió de inspiración a una película australiana del año 2011, Sleeping Beauty, escrita y dirigida por Julia Leigh, que al parecer pasó con mucha más pena que gloria por algunos festivales como Cannes o Sitges.
Sinopsis:
Yasunari Kawabata (foto extraída de Google Images)

El viejo Eguchi, a través de su amigo Kiga, conoce de la existencia de una casa donde acudir a yacer al lado de mujeres jóvenes y vírgenes, que están profundamente dormidas gracias a una droga que les suministra la mujer que regenta la casa. Eguchi acude allí en cinco ocasiones a lo largo de la obra, siempre para dormir al lado de una chica diferente cada noche, salvo en el último capítulo en cuyo caso duerme con dos a la vez. Seis chicas a las cuales Eguchi “no debía hacer nada de mal gusto”, según las normas impuestas por la señora que regenta la posada.

La casa de las bellas durmientes yo lo percibo como un libro críptico, que nos habla más del autor de lo que pudiera parecer. La edad del anciano Eguchi (67 años), está muy próxima a la del autor cuando publica la obra (62). El escritor padecía de un insomnio crónico por lo que es probable que ese personaje que acude cada noche a dormir profundamente al lado de una chica joven de piel cálida, pueda ser una expresión literaria de sus propios deseos. Incluso, en el capítulo final, uno de los recuerdos que le asalta es el de la muerte de su madre, que muere de tuberculosis. El padre (no la madre) de Kawabata, muere de tuberculosis. Yo, como no creo en las casualidades, veo similitudes, y las hay, no me cabe la menor duda.
Luego está lo otro, lo referente a de qué nos habla Yasunari en su libro. Cada chica tiene algo, un labio que tiñe, una piel que roza, olores distintos, sobre todo olores. Todo en el libro es sensación, sensualidad, sexualidad. A través de esas sensaciones hay conexiones con recuerdos y vivencias, cuentas pendientes, caminos no recorridos, quién sabe si por miedo a no haberlos recorrido, lo cual es el germen mismo del arrepentimiento. Todos estos miedos son los que juegan en contra del sueño plácido, porque dormir, para quien tiene cuentas pendientes, es enfrentarse a los miedos:
…”la noche ofrece sapos, perros negros y cadáveres de ahogados”. Era un verso que Eguchi no podía olvidar. Al recordarlo ahora se preguntó si la mujer dormida –no, narcotizada- de la habitación contigua podría ser como el cadáver de un ahogado, y vaciló un poco en acudir a su lado…
El estilo de escritura de Yasunari es diáfano, un estilo poco recargado pero que a su vez deja rastros pleno de sensaciones en el lector. Esto lo logra a través de su carácter descriptivo y también desde ese establecimiento de conexiones imagen-recuerdo-sentido. Hay imágenes que siempre están presentes, en cada capítulo sin excepción, como para no dejar escapar al lector de esas cuatro paredes: el color y la luz de las cortinas que tiñen de rojo la habitación no es casual, se trata de una permanente conexión con la muerte. El té, que muchas veces toma reposado, algo frío, para luego entrar en calor con la manta eléctrica, salvo en el último capítulo que lo toma caliente (tampoco es casual), y ese romper olas contra el acantilado, que golpean tanto más fuerte cuanto más fuerte late su corazón y el de las chicas cuando se agitan en su sueño. La secuencia de capítulos es secuencia de vida, desde los recuerdos de olor a leche que le trae la primera de las chicas al recuerdo de la muerte de su madre en el último de los capítulos. En medio, la boda de su hija o los recuerdos de sus infidelidades. Un juicio a su vida en toda regla.
Por eso cala tanto su escritura y nos invita a acudir con él cada noche, a la casa de las bellas durmientes, a intentar conciliar el sueño.

viernes, 19 de agosto de 2016

Taborno


Taborno. Llegué a Taborno (Foto: N. Lorenzo)
Un consejo que me dieron hace tiempo: cada año tienes que visitar un lugar en el que nunca hayas estado. Siguiendo con mi propósito de no moverme de Canarias este año tal como comenté no hace mucho tiempo por aquí, me fui al mapa y vi un nombre guanche: Taborno. Me di cuenta que no había estado nunca allí a pesar de estar tan cerca, y que seguro que  sería un buen lugar para conocer, y nos calzamos las botas y fuimos a Taborno, andando, como lo hacían hasta no hace mucho las gentes de ese lugar y sus alrededores. Nos dijo una señora que allí nos encontramos, que hará unos cincuenta o sesenta años que hicieron la carretera que llega hasta el caserío. Antes, si querías trabajar en “la ciudad” o ir a comprar unas aspirinas, tenías que recorrer un sendero entre helechos y laureles, cuesta arriba, hasta llegar a la parada de la guagua, un sendero de más de dos horas de recorrido. Por suerte nosotros lo hicimos cuesta abajo sin intención de desandar lo andado. La señora allí seguía, después de mucho pateo por esos montes, vivita y coleando y con cara saludable. No supo precisarme cuántos vecinos había en Taborno. Decía que unos cincuenta o más, “sin contar los muertos” (me hizo gracia su ironía).
Otra señora con batín de andar por casa que encontramos camino de la ermita, no recordaba a bote pronto cuándo había venido la doctora. Al momento cayó en la cuenta: “¡ayer, vino ayer!”, nos dijo con contentura de haber hecho memoria, para luego decirnos que le tocaba venir ahora dentro de cuatro semanas. ¡Un mes! No supe qué decir, sólo se me ocurrió que bueno, que los médicos mientras más lejos mejor, que aquí seguro que la gente no necesitaba tanto médico, que aquí se vivía muy sano. “Y tranquilos” me apuntilló con una sonrisa.
Una de las cabras de El Cabrero (foto MA Brito)
Me gustó Taborno. Me gustó mucho. Un caserío amarrado a una cresta escarpada, con barrancos a diestra y siniestra, donde no queda otra que caminar de frente hasta toparte con el roque que marca el final del camino. Ese roque de Taborno me pareció un gigantesco punto y final cuando me puse frente a él. Camino del roque nos encontramos con un hombre al que sólo le quedaba un diente haciendo funambulismo por detrás de su labio superior. Nos saludó y nos dijo una frase de esas a las que se echa mano para entablar conversación: “buen día para dar un paseo” (con el calor que pegaba a las tres de la tarde…). Hacía un rato lo habíamos escuchado a lo lejos reprender al gato (seguro porque habría hecho alguna perrería). Nos dijo que iba a llevarse las cabras a pastar a la fresca, por detrás del roque. Le pregunté cuántas cabras tenía y no me supo precisar: Debe ser un rasgo de las gentes de Taborno el no contarse ni contar, pensé. De todas formas las cabras, me dijo, no eran de él sino de El Cabrero. Me llamó mucho la atención esa figura: El Cabrero. Lo dijo en ese tono como quien dice El Alcalde o El Señor Director del Banco. Le estaba haciendo un favor ya que El Cabrero había tenido que ir a la Laguna a resolver unos asuntos y no volvía hasta la tarde. Compañero que era el hombre: hoy por ti que mañana será por nosotros, esa manera de pensar que tanto echamos de menos a una hora de distancia de Taborno.
Ya de vuelta vino a acompañarnos a la parada de la guagua una madre con su pequeña. Mientras esperábamos a que llegara, nos dijo que conducía cuarenta y cinco minutos todos los días para llevarla al colegio, siempre que no tuviera el coche averiado. Ella prefería que fuera a clases al colegio de Las Mercedes, a pesar de que estuviera más lejos, que a la unitaria de Las Carboneras que está apenas a quince minutos, que eso de niños mezclados de distintas edades y conocimiento no lo veía nada bien, que ella quería que su pequeña no tuviera problemas para cuando fuera al instituto ni para cuando estudiara la carrera. Sueños de que volara tenía la madre para su pequeña, sueños de que saltara por encima del Roque de Taborno y que en vez de punto y final fuera un punto y seguido, y que llegara más lejos de lo que pudo ella llegar, por detrás de los roques de Anaga, lejos, muy lejos. “Esa es la mejor herencia que le puede dejar”, le dije. Ella asintió con la cabeza; en silencio.

Caserío de Taborno con el Roque de Taborno al fondo (Foto: MA Brito)


El Roque de Taborno, ese gran "punto y final" (Foto: MA Brito)

Espectacular vista del mar desde Taborno

Hay muchas especies vegetales que sorprenden por sus formas. Helecho (Foto MA Brito)

Secos (Foto: MA Brito)

La explosión del Drago. Drago en la plaza de Taborno (Foto: MA Brito)

Descanso. (Foto MA Brito)
 

lunes, 8 de agosto de 2016

Al norte de abril - Claudio Colina





Acabo de terminar de leer la última obra de Claudio Colina, Al norte de abril. Se trata de un libro de relatos de viaje algo atípico a lo que estamos acostumbrados a leer. A veces los relatos de viaje (tanto por la vía escrita como por la oral) inevitablemente derivan en crónicas descriptivas y largas, porque es muy difícil para el viajero comprimir en unas pocas líneas un instante, y sobre todo elegir, de entre las múltiples situaciones que se nos presentan, aquella que merece el honor de ser la inmortal, la que nunca debe desaparecer de la memoria.
Al norte de abril se trata de una crónica de viajes, el físico y el metafísico que siempre van de la mano, porque cada imagen o situación se convierte en vivencia. Él nos decía en su presentación que había algo o mucho de realidad en cada relato, quizás por eso suene tan poco a ficción cuando se lee, quizás por eso nos tocan y señalan sus líneas a modo de cartografía existencial.
 Claudio Colina, autor de Al norte de abril


A pesar de los saltos temporales y espaciales, nunca faltan algunos elementos comunes en sus relatos: la globalización como marca de nuestra sociedad actual, y que sirve de estímulo en el autor para intentar escapar de ella y buscar sentirse único, original, el "raro" entre los clones que habitan en el planeta. También los bares o cafeterías, puntos de encuentro, puntos de soledad, lugares donde hacer la pausa, esa parada necesaria para recapitular, recuperar fuerzas y seguir andando... y por qué no, beber. Esos elementos comunes nos conectan con el autor, a pesar de que cada personaje/narrador parece distinto, ¿o no?
Ángeles Jiménez fue la encargada de presentar la obra (aquí pueden leer su presentación), y de ella dijo que se trataba de un libro de relatos que definió como “afilados”. También en la contraportada del libro, se define el estilo de Claudio como un estilo “afilado y brillante”. Afilado es una palabra que define muy bien la obra. Afilado por su estilo de escritura, donde con frecuencia recurre a la ironía y a los dobles sentidos para arrancar una sonrisa en el lector. Afilado también por la estructura de los relatos: Son relatos de no más de tres páginas que siempre comienzan con una frase que introduce rápidamente al lector, sin preámbulos, y con finales cerrados, nada de dejar espacios abiertos para la prolongación de la estancia del viajero ni para la reflexión póstuma sobre el relato: Es como si se cerraran y abrieran puertas cada tres páginas, con sensaciones distintas, llenas de contrastes entre sí, como esos cruceros donde te acuestas en Nápoles y te despiertas en Túnez. Por eso se pueden leer secuencial o desordenadamente, el efecto será el mismo.
Yo recomiendo su lectura a pequeñas dosis, dedicando a cada relato el tiempo necesario para saborear el contenido, y sobre todo no bajarse del avión, del coche o del tren en marcha porque las consecuencias pueden ser irreparables.


Ángeles Jiménez y Claudio Colina durante un momento de la presentación

domingo, 31 de julio de 2016

Conversaciones de verano


Días contados. Llevo cinco días solo, cinco días de vacaciones. Miro a mi alrededor. Estoy sentado junto a mi lugar de trabajo, a escaso metro y medio de mi despacho, y lo veo tan lejos que no lo puedo alcanzar por mucho que estire mis brazos y los dedos. Me caería si lo intentara. Ayer, mi hijo y yo, jugábamos a calcular el hondo de una piscina haciendo medidas indirectas en base a lo largo de nuestros cuerpos tocando el fondo con los pies y estirando los brazos hasta tocar el aire con la punta de los dedos. “Creo que son dos metros y medio, papá”, “puede ser, le contesté”. Conversaciones profundas, como veis, conversaciones de verano. Hablamos de más cosas, pero esta conversación se me quedó clavada, no sé muy bien por qué. Quizás sea porque me percaté ayer de que está casi tan alto como yo. ¿Dónde he estado todo este tiempo? Supongo que trabajando.

Juegos a trasluz - Fotografía: Miguel A. Brito

Las vacaciones van de eso, de distancias, pero no sólo de poner tierra de por medio entre nosotros y el trabajo, sino de poner poca o casi nada de distancia entre nosotros y nosotros. Algunos compran esa distancia a golpe de tarjeta, otros, los más acertados, la compran a golpe de vivencias aunque esto no les cueste ni un euro. El gran error está en pensar que sólo disfrutan de vacaciones aquellos que tengan dinero suficiente para poder pagárselas, y no puedo negar que me atrae mucho estar estos días en Zanzíbar (sin ir más lejos) y no a metro y medio de mi despacho, pero créanme, no va de distancias geométricas o geográficas las vacaciones: no estamos hablando de geo-vacaciones, aquí se trata de tener ocio, lo contrario del neg-ocio, que como veis, etimológicamente hablando, es una palabra que surge desde la negación al descanso. Si sentimos que necesitamos más dinero del que ganamos para alejarnos del trabajo comprando millas náuticas, es para hacérnoslo mirar (lo del trabajo, digo).
 Descansar, que no vegetar. No nos confundamos, porque hay quién también concibe las vacaciones, después de un embarazo de once meses -de trabajo-, como un efímero retoño de un mes de botadera como llamamos por aquí. Es como entrar en encefalograma plano, en estado de hibernación a 35 grados, durmiendo con los ojos entreabiertos, fijos en el horizonte del mar o en la pantalla de la televisión o del smartphone de turno. El despertar al trabajo treinta días después es brusco. El retoño, ese mes de botadera que hemos engendrado y criado con el sudor de nuestra frente, muere de muerte súbita, sin remedio. De él nada queda, ni tan siquiera una foto que lo represente, porque las fotos que quedan son fotos sin alma, atardeceres como todos los atardeceres, cañas sobre una mesa que puede ser cualquier mesa, expresiones fingidas, caretas carentes de toda vivencia existencial. Pronto quedarán olvidadas y no seremos capaces de recordar la fecha en que la hicimos, a qué olía el instante, o si la cerveza estaba fría o caliente. No gastar no debe significar no invertir, en nosotros.
No hace falta mucho dinero para disfrutar de las vacaciones. No hace falta mucho dinero para comprar momentos o lugares. No hace falta dinero para llenarnos de experiencias. Sólo hace falta abrir bien los ojos y no tenerlos entreabiertos, y no vestir de pereza el ocio, no sea que nos hagamos perez-ocios en plenas vacaciones, que es tanto o peor que ser perezosos en el trabajo.
Zanzíbar está bien, pero un día de piscina también. Todo depende de lo que necesitemos y lo que nos podamos permitir para estar lejos del trabajo y cerca de nosotros, si coger un avión, o tener el trabajo a metro y medio, justo más allá de la frontera de nuestros dedos.

lunes, 11 de abril de 2016

Carlos Goñi y Julio Tejera: Magia.

¿Cuántas van ya? 

Hemos perdido la cuenta por aquí. La hemos perdido adrede porque sólo se cuentan las veces que nos visita un artista cuando lo consideramos un hecho excepcional, por atípico que es, pero Carlos Goñi es un canario más y así lo cuenta y canta a todo el que va a escucharlo: "si hay algún lugar donde quisiera vivir es en cualquier lugar de las islas canarias" eso le espetó a alguien que le dijo aquello de "eso de que te gusta Canarias se lo dirás a todas".

El pasado viernes día 8 se presentó en el escenario del Auditorio Teobaldo Power de La Orotava y lo petó como solemos decir por aquí, con la misma fuerza de siempre, pero con un punto de querer cantarnos más allá de cantar en sí. Supongo que está en ese momento de su carrera donde disfruta más de lo hecho que de lo que queda por hacer, ese momento que muchos artistas no llegan a saborear, el momento de disfrutar de si mismo como un espectador más, como si bajara a platea y se sentara entre nosotros a corear sus propias canciones.

Un amigo que se sentó a mi lado, me dijo en tono de humor que deberían de habernos devuelto la mitad del precio de la entrada porque nosotros habíamos hecho la mitad del concierto, y me reí de la ocurrencia aunque no le faltó razón, como en ese momento en que Carlos nos dividió por secciones corales, nos dio lecciones de primero de percusión y nos hizo cantar "Ten fe en mí" . Lo que apreciaba yo en la expresión de Carlos era la satisfacción del trabajo bien hecho, cuando disfrutas escuchando tu propia inmortalidad en vida salida de decenas de bocas desde el patio de butacas.

Carlos hizo un repaso por muchos de sus temas, antiguos y nuevos. Parecía escogerlos al azar o movido por el momento, por lo que le pedíamos o queríamos oír, con cierto aire de improvisación organizada más propia de estar entre amigos que de un concierto en toda regla. Nos sentíamos como en casa. Se sentía (de hecho estaba) en su casa. Carlos es maestro en eso de dirigir al auditorio y subirnos al escenario y lo logró. Vaya si lo logró.

Carlos Goñi acompañado por Julio Tejera
(Foto de José Castellano)

Hubo mucha magia, pero el momento álgido de la noche llegó de las manos de su artista invitado Julio Tejera, uno de nuestros talentos canarios con mayor proyección. Se sentó al piano de cola y lo hizo brillar. Aún recuerdo el momentazo de la noche y no puedo evitar un erizado de pelos: Faro de Lisboa, Julio al piano, Carlos a la guitarra, Carlos que la deja a un lado poco después de comenzar, la abandona para quedarse a solas con Julio, Carlos que deja colar su voz entre las 7 octavas que abarcaban los dedos de Julio, un solo de Julio que nos hizo volar, nosotros que acabamos en pie con una ovación que se oyó desde Martianez. Espectacular.

Yo quisiera algún día verme así, como él, como Carlos, con esa perspectiva serena, aplaudiéndose, mirándose a través de nuestros ojos y llorando, cantando y riéndose como uno más.


viernes, 8 de abril de 2016

Matar a un ruiseñor - Harper Lee

Libro: Matar a un ruiseñor
Autora: Harperr Lee
Ediciones B, S.A. 2015
ISBN: 978-84-9070-121-8
PVP: 12 € en Agapea
No hay mejor manera de honrar a los escritores que leer su obra. De este año no podía pasar que no leyese “Matar a un ruiseñor”. HarperLee, su autora, moría el hace poco más de un mes mientras dormía plácidamente en una residencia de ancianos en su Monroeville natal (Alabama), a las puertas de cumplir los 90 años.

Harper Lee escribió “Matar a un ruiseñor”, recibió por él el premio Pullitzer en 1961 y aquí se acabó su historia como escritora. Sin embargo este libro nació para instalarse para siempre en la memoria de los lectores y en historia de la literatura universal, siendo obligada lectura para los jóvenes norteamericanos en sus institutos.

La historia de cómo surgió es a su vez una historia en sí. Al principio he dicho que Matar a un ruiseñor fue su única obra, y realmente no es así. En verano de 2015 se publicó una segunda obra “Ve y pon un centinela”, que realmente fue la edición de un manuscrito que fue su primera obra, escrita algunos años antes de escribir Matar a un ruiseñor. Harper Lee intentó en vano que publicaran esta primera obra. Muchas fueron las editoriales que le dijeron no, hasta que llamó a la puerta de una pequeña editorial llamada Lipincott que mostró interés aunque con reservas, pidiéndole a Lee que reescribiera gran parte de la obra, para lo cual le asignaron a la editora Tay Hohoff para que la ayudara en el proceso.

En “Ve y pon un centinela”, la historia se centra en el encuentro de Scout con su padre Atticus Finch, veinte años después de los sucesos que se narran en “Matar a un ruiseñor”. Estos sucesos eran resumidos en ese libro en tan sólo un capítulo, sin embargo Tay Hohoff le dijo a Lee, con aquella voz grave de fumadora crónica, que esa era la historia, que tenía mucha potencia y que debía hacerla crecer más allá de un simple capítulo. Así nace “Matar a un ruiseñor”, desde el embrión de un capítulo y gracias a un trabajo que se prolongó durante casi tres años de escritura.

Tay Hohoff, editora en Lipincott, tuvo mucho que ver
en el nacimiento de "Matar a un ruiseñor"
(Foto extraída de Google Images)

“Matar a un ruiseñor” está estructurada en 31 capítulos distribuidos en dos partes, la primera parte conteniendo 11 y el resto (20) en la segunda parte. Después de leerlo me quedo, más allá de la historia, con los personajes y el narrador. El narrador es de diez, a la altura de otro caso extraño en la literatura, el de JD Salinger y el personaje que creó para El Guardián entre el centeno: aquel Holden Caulfield es una voz robusta, aunque en otro registro que nada tiene que ver, por supuesto, con la inocente Jean Louise Finch (Scout) de "Matar a un ruiseñor", pero al fin de cuentas, comparte esa potencia de voz narrativa tan inolvidable.

Cuenta la historia que la decisión de un narrador en primera persona y testigo fue una sugerencia de la editora Tay Hohoff. No sé si será cierto o no, pero lo que está claro es que fue un acierto viniera de donde viniera la idea. Sólo desde la inocencia de los ojos de una niña de ocho años, sólo desde su mirada idealista, se podía limpiar de moralina (como le gusta decir a una buena amiga mía) esta historia de racismo, injusticia y derechos sociales. Un narrador en tercera persona hubiera hecho esta novela un tanto insoportable de leer. El tono se mantiene firme, sin desbalances durante toda la obra y me tuvo enganchado a la trama de principio a fin, a pesar de las múltiples escenas, aparentemente irrelevantes, pero que necesariamente debían ser contadas para dotar de claridad al escenario, porque los paisajes y gentes de Maycomb son un personaje más que necesitaba ser muy bien retratado y sin el que difícilmente hubiéramos podido anclarnos a la trama.

La escritora Harper Lee con su gran amigo Truman Capote
que sirvió de inspiración para uno de los personajes,
el pequeño Dill.
(Foto extraída de Google Images)

En cuanto a los personajes, están muy bien retratados, sobre todo el abogado Atticus Finch, que comparte protagonismo con la pequeña Scout. Se podría decir que se trata de un bueno-bueno, sin aristas, un héroe de manual: padre de dos niños huérfanos de madre, de gran integridad moral, luchando contra viento y marea por los derechos civiles, defendiendo a un negro acusado de violar a una mujer blanca seguro de llevar todas las de perder,… Sin embargo, este bueno-bueno se hace necesario (sobre todo puesto en el contexto de la época en que fue escrita la novela) y no podía ser de otra manera, al fin y al cabo, está visto por los admirados ojos de su hija. Además, es el vehículo del que se vale la autora para ejercer ese contraste entre la justicia y la injusticia que hace que se instale en las entrañas del lector ese desánimo de “¡pero qué injusto, no puede ser que ocurra esto!” Las opiniones y juicios de Atticus Finch son recibidas por el lector como lecciones de nuestro propio padre. A ver, reconócelo lector, ¿no te estremeciste al leer?:

–No lo sé, pero lo han hecho. Lo habían hecho en ocasiones anteriores, lo han hecho esta noche y lo harán de nuevo, y cuando lo hacen… parece que sólo lloran los niños. Buenas noches.

Confiésalo. Te pasó. Y si te ocurrió, es porque por un momento te sentiste niño. Y eso terminamos sintiéndolo gracias a que el lector “compra” la idea de verlo todo a través de los ojos de la inocencia y el mundo ideal de Scout. He ahí el gran efecto que logra Harper Lee con su escritura.

Lo demás, para mí, carece de importancia. La trama, los sucesos,… los hemos visto y leído sea en libros o en el cine en multitud de ocasiones. Sin embargo, este nivel de escritura no. Quizás hizo bien Harper Lee en no seguir intentándolo. En su caso el personaje se comió al escritor, como también hizo Holden Calfield con JD Sallinger: bendito suceso.

sábado, 26 de marzo de 2016

NOALUR y su Badakit

La descubrí por casualidades, porque un amigo me empujó a descubrirla, porque se acordó de que era viernes y había música en vivo y yo no. Llegué con la lengua fuera al teatro porque casi no tenía tiempo de pensar en cómo ajustar mi agenda al evento. Llegué tarde, por supuesto. Me senté con las pulsaciones a mil y cabreado porque no me gusta llegar así a los sitios. Me gusta hacerme a la idea, tomarme mi tiempo, echar unas risas antes de entrar, entrar en ambiente como se dice. Pero allí estaban, ella y él, Noa y Eliseo, voz y guitarra, guitarra y voz, y no tardé en dejarme llevar.

Al final del concierto en el Teatro Leal, en aquella pequeña sala sobre el tejado lagunero, estos amigos con los que fui me compraron y me regalaron el CD (¡encima!, ¡vaya detalle!). Desde ese día, las canciones de Noalur me acompañan en el coche, tal como se lo prometí a ella, porque esperé a Noa para que me lo firmara y ella me puso en la dedicatoria, con tinta de color azul, azul de blues, "Miguel, la música es amor y es lo que hay en estas canciones ¡Gracias!".

Noalur nos enseña que nada se canta por casualidad, porque lo escribieron otros y toca cantarlo, o porque ella misma se levantó y se le ocurrió un día así porque debía ocurrírsele. Ella nos enseña en sus conciertos de pequeño formato, que cada canción es una historia y que merece ser contada más que cantada y que encierra algo grande que merece todos nuestros respetos, algo tan grande como el amor que puso el autor en escribirla. No hubo tema esa noche que Noa no introdujera con un par de frases que explicaran el porqué había nacido, y en casi todas sus explicaciones tocaba una parte de mí, porque ¿quién no ha sentido alguna vez que un episodio de su vida merece tener una banda sonora?

Mi amigo Manolo y yo posando con Noalur
la noche del concierto

Su trabajo Badakit (que puedes escuchar en la sección te sugiero que escuches del blog), está compuesto por 9 temas más un bonus track. Temas propios y prestados. Empieza con dos clásicos como Cry Me a River y The Lady is a Tramp, para luego caer en temas mucho más intimistas y diría que personales, como I Remember, uno de sus temas propios, o Angel Eyes y Throw it Away por ejemplo, para terminar con el tema que da título al disco y que será el penúltimo, antes del bonos track, ese Badakit escrito por ella. Badakit en euskera significa "lo sé", y según ella fue escrito en un momento de "punto de inflexión". Quizás por eso, no por casualidad, está al final del disco. Una manera de tomar impulso, de volar y seguir.

Su voz tiene un tinte especial, no debes perdértela. Una aparente facilidad para mantener las notas en un hilo, jugando con caerse o salirse del tono, como quien hace funambulismo, y con una solvente capacidad para la improvisación, como un instrumento más. Sólo con una guitarra y su voz se valieron ella y Eliseo para llenar el escenario.

Noalur y Eliseo Lloreda llenaron el escenario sólo
con una guitarra y voz.
(foto: extraída de Google Images)

Me fui contento y sereno, se me olvidaron las prisas y el ajetreo de un viernes de locos, y todo gracias a unos amigos ociosos y una voz privilegiada. Me apunto a seguir escuchándote Noa. 

Puedes ver su programa de conciertos aquí.


domingo, 20 de marzo de 2016

Cien años de perdón

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 Cien años de perdón, la última película del director Daniel Calparsoro (Barcelona, 1968), no es una película de ladrones  o villanos o pícaros asaltantes de bancos al uso. Más bien el hecho del asalto es la excusa para dejar de soslayo un mensaje al espectador: ¿merece un ladrón cien años de perdón? Juzgad por vosotros mismos. El guión se lo pone fácil al que acuda al cine: ladrones que empatizan fácilmente con el espectador, políticos corruptos, policías al servicio de la ciudadanía vs otros de dudosa moral, manipulación de los medios,… Difícil no tomar partido.

Es una película en la que el director maneja de manera correcta la tensión. Acción la justa para mantener el interés, que está más en los diálogos y en el juego de ajedrez que se establece entre ladrones y negociadores, que en los tiros y escenas de tensión. Luis Tosar, como casi siempre, en ese papel que tan bien le calza, haciendo de "el gallego" y Rodrigo de la Serna (Buenos Aires, 1976), quien se hiciera popular por el papel de Alberto Granado en la película "Diarios de motocicleta", un argentino haciendo de "el uruguayo" ¡vaya ironía!: hay química entre ambos, quizás de lo mejor de la película.

La historia es fácil de digerir, lo cual es de agradecer. El guión nos da una serie de piezas que el espectador termina por completar poniendo las suyas propias, las que ha escuchado en la televisión o leído en los periódicos, por eso difícilmente podrá salir del cine sin haber tomado partido. Habilidad del guionista Jorge Guerricaechevarría que ya nos sorprendió con el guión de la película "El niño" y sobre todo con "Celda 211" por la que obtuvo el Goya al mejor Guión adaptado, y de este aspecto casi ni nos damos cuenta y es digno de reconocer: Para contar algo complejo, nada mejor que hacerlo sencillo.

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La química entre los dos protagonistas, Luis Tosar y Rodrigo
de la Serna, de lo mejor de la película

Salí con una sonrisa del cine, con la sensación de haber pasado un buen rato, y con algunas reflexiones en la cabeza: ¿merece el ladrón de otro ladrón sus cien años de perdón?, ¿dónde están los ladrones más peligrosos, en los barrios o en los despachos?, porque a los primeros los ves venir y es más fácil esquivarlos, pero los segundos son invisibles tras sus escudos de víctimas y cabezas de turco. En fin, nada que no se sepa, por eso me sentí hoy en el cine tal como en casa, sentado en el sofá, viendo el telediario.


Ficha técnica de la película:
Título: Cien años de perdón
Director: Daniel Calparsoro
Guión: Jorge Guerricaechevarría
Música. Julio de la Rosa
Intérpretes: Rodrigo de la Serna, Luis Tosar, Raúl Arévalo, Patricia Vico, José Coronado, Joaquin Furriel, Marian Álvarez
Productora: Coproducción España-Argentina-Francia; Morena Films / Vaca Films / Telecinco Cinema / K&S Films / Telefonica Studios