domingo, 16 de diciembre de 2012

Señales


Lucía se despertó sobresaltada. Fermín, ¿qué es ese ruido? Son los gatos aullando, están en celo, le contesté. Tomó mis manos entre las suyas y las posó en su vientre, como para evitar que se escapara la vida que albergaba dentro. Dan miedo, parecen los llantos de cien niños, no me gustan esos quejidos, me dijo. Duerme tranquila Lucía. Solo son gatos.

***
Lucía rompió aguas un siete de febrero por la tarde y pronto se hicieron apremiantes los dolores. Nos cogió por sorpresa porque faltaban algunas semanas para que saliera de cuentas, así que casi no me dio tiempo de prepararlo todo: mantas, paños limpios y el agua caliente, siguiendo las instrucciones que me había dado la partera por la tarde.
No puedo evitar leer lo que hay escrito en los estigmas del rostro de las personas, sobre todo cuando estoy intranquilo. Busco en los surcos de la cara el rumbo de los hechos, pero cuando me fijé en la cara de Juana la partera, vi que sus arrugas eran un mapa indescifrable lleno de señales contradictorias. Tenía los labios cuarteados, lo que denotaba cómo al apretarlos daba mayor intensidad a sus manos para ayudar a parir. Por otro lado, su frente estaba llena de arrugas: las había horizontales para expresar alegría y también perplejidad o extrañeza, pero también las había oblicuas trazando dos líneas que empezaban por encima de sus cejas y acababan en punta justo a la altura del entrecejo, signo inequívoco de expresiones de enfado o de impotencia.
Yo esperé fuera de la habitación dando paseos en el corredor, primero a pasos largos y luego cada vez más cortos conforme pasaba el tiempo. A cada paso que daba, las maderas bajo mis pies se dejaban oír, y en su chirriar se intuía un lamento, que acompañaba los gritos de Lucía que a ratos eran como los alaridos de quien intenta echar el alma por la boca.
La espera fue larga y las señales hacían que aumentara mi angustia. Miré por la  ventana cómo la luna llena escondía su cara tras un tupido tul de nubes, y no pude evitar que en mi cabeza se mezclaran las líneas de la cara de doña Juana, los quejidos de los gatos las últimas noches o el chirriar de las maderas que semejaban llantos. Todo a mi alrededor me decía que aquello no iba a acabar bien.
Por fin Lucía dejó de gritar. El silencio cortó el aire y me detuvo en seco. Dos golpes, luego tres y nuestra hija lanzó un grito. Ciertamente parecía el aullido de un gato. Me dejé caer al suelo resbalando por la pared, y con las manos me tiré del pelo, y solté por los ojos toda la angustia que llevaba dentro, llorando y riéndome a la vez por sentirme idiota de haber pensado que los destinos estaban escritos y se podían descifrar.
Doña Juana tardó en salir. Cuando lo hizo, yo seguía allí  sentado en el suelo. Levanté la vista para mirar su cara y vi que algunas arrugas habían desaparecido mientras otras se mostraban con mayor nitidez, sobre todo las dos líneas oblicuas apuntando a su entrecejo. Sus párpados estaban caídos y sus labios apretados no mostraban sonrisa de satisfacción sino un atisbo de impotencia. No hubieron palabras. Me levanté de un salto y entré corriendo en la habitación conteniendo la respiración. Suspiré con alivio al ver cómo nuestra niña, envuelta en una manta, se contorsionaba como una oruga y ronroneaba como un gato. Luego miré a mi derecha y vi a Lucía en la cama. Me acerqué. Estaba allí muy pálida y empapada en sudor. Sus ojos me miraban relajados, abiertos pero apagados, silenciosos. La sangre derramada en el suelo de la habitación calló para siempre el chirriar de las maderas.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Sukkwan island - David Vann


Libro: Sukkwan island
Aut: David Vann
Ediciones Alfabia
ISBN: 8493794325
PVP: 18,00 € (también disponible en
edición de bolsillo a 7,95€)
Simplemente no había entendido nada a tiempo.

Con esta frase acaba Sukkwan Island, del escritor David Vann, pero para llegar hasta aquí, para llegar a comprender porqué Jim no entendió nada a tiempo, tendremos que trasladarnos con él y su hijo de trece años Roy a la isla de Sukkwan, una isla imaginaria y deshabitada de la costa de Alaska. 
Sukkwan Island es una novela que me ha marcado. Intentando encontrar un por qué me he puesto a investigar. David Vann trae del pasado una experiencia personal tremendamente cruda como es la muerte de su padre cuando él tenía trece años, y la viste de capas (como diría Vargas Llosa, como un streeptease al revés) para construirnos un relato desgarrador que profundiza en las mismas raíces de la culpa y el miedo.
El autor, ganador con esta novela del premio Médicis Francés a la mejor novela extranjera en 2010, crea un mundo que se engulle a los dos personajes, a Jim, el padre que llega a una encrucijada tras una vida donde las infidelidades y su vida inmadura e irresponsable le han llevado a estar sentimentalmente vacío y Roy hijo de su primer matrimonio, que no reconoce ya a su padre pero al que quiere aunque no sepa muy bien cómo demostrárselo. Jim propone a Roy que le acompañe a un viaje durante unos meses, en los que los dos vivirán como colonos en una isla desierta y hostil llamada Sukkwan donde Jim ha empeñado parte de sus ahorros para comprar una cabaña con la intención empezar de nuevo. Pronto se dan cuenta de que además de un mal organizado equipaje, se han llevado las heridas del pasado, y que éstas no se curan huyendo hacia delante, sino que esos estigmas supuran, los llevamos encima y que hay que abordarlos desde la valentía para poderlos curar, y Jim carece del valor necesario.
David Vann.

El estilo de escritura de David Vann ayuda mucho a esa sensación de claustrofobia, empleando muchas veces las “y” en la narración y omitiendo puntos para no dar tiempo al respiro:

 Apilaron la madera contra el muro lateral, y cuando terminaron volvieron a mirar el pozo, y el barro que se hacía más profundo y las paredes que se hundían, y los dos miraron al cielo, hacia ese gris que no tenía profundidad ni fin, y después entraron en la cabaña

Genialidad de buen escritor. Al final ha logrado que yo, como lector, me haya sentido encerrado, sin escapatoria. Necesitaba entender qué sentían, por qué se comportaban así, qué lejanas heridas sin cicatrizar podían argumentar sus comportamientos, cómo podría yo salir de allí. 

Al final Sukkwan Island se convierte en todo un ensayo sobre la culpa, la del padre que no lo ha sabido ser, y la del hijo al que no le dejaron serlo; y la ausencia del perdón absoluto, la única medicina que cura la culpa, provoca esa arremolinada secuencia de acontecimientos que terminan por desnudar esa tremenda debilidad humana.

Es el libro más crudo que he leído, sin duda. Mucho habrá tenido que ver que David Vann nació en Alaska, en una localidad (Adak) que no tiene más de doscientos habitantes. Que Ketchikan, el pueblo donde pasó su primera infancia y que aparece también en la novela, tiene apenas 8000 habitantes, y que Sukkwan Island es un mundo no tan imaginario. Recoge algo que debió vivir y no vivió. Pero no voy a seguir contándolo. Lean. Lean y verán.  

domingo, 9 de diciembre de 2012

Santuario


Mi madre no tenía santuario, ni tan siquiera una tumba a la que pudiéramos ir mi hermana gemela Carmen y yo a quejarnos o a rogar. De mi madre no guardo ni las fotos. Las quemé en un ataque de rabia el día que me enteré de su muerte. Cuando se marchó nos dijo que lo hacía porque ya había remado bastante con nosotras, que estaba cansada, que quería vivir, que se ahogaba, y se fugó con aquel tarambana lleno de tatuajes, y no escuchó cuando le decíamos que era quince años más joven que ella y que no la quería más que por su dinero. No nos hizo caso y se lanzó a una vida bohemia y desordenada, como una chiquilla dispuesta a beberse la vida en dos tragos, y empeñó todo lo que tenía en darse gustos grotescos. No nos quedó de ella más que el susurro de su muerte que nos llegó un día desde el Caribe y allí decidimos que se quedara para siempre.
Hoy hace un mes su recuerdo me asaltó por casualidad. Paseaba por la calle y me crucé con una señora mayor vestida de un modo extravagante. Me llegó su olor; un aroma muy familiar a Chanel, la misma fragancia que usaba mi madre. Aquella mujer entró en una galería de Arte y sin saber muy bien por qué la seguí. Nathiuska, como así se llamaba, era pintora y allí tenía una exposición. Su obra estaba plagada de figuras negras, irregulares, la mayor parte eran solo manchones amorfos sobre fondos blancos y se titulaba “Cadenas”. De todas aquellas pinturas me llamó la atención la de una forma humana, femenina, de brazos alargados y delgados. Una figura negra sin cara ni ojos que daba la sensación de estar ataviada por un manto de la cabeza a los pies, y de sus hombros encorbados brotaban dos largos brazos estirados y delgados, a punto de romperse, que llegaban hasta el suelo desde donde se espigaban cuatro grandes dedos deformes, que no parecían dedos sino raíces u otras figuras humanas pero más pequeñas, como niños que apenas levantaban un palmo del suelo. Esos dos niños parecían tirar de ella, y ella se arqueaba como sí esos pequeños fueran un peso difícil de llevar. Una pena de mujer de trapo, sin ojos ni boca, ciega y muda a un fondo blanco donde poder brillar, y no solo lo digo por el lienzo, sino por toda la galería que también era blanca, tentadoramente blanca, y por las ventanas que, como un insulto a su manto oscuro, llenaban la sala de luz. Me sorprendí hablando sola y diciendo suéltalos, suéltalos ya y corre, vuela, llénate de color, quítate ese manto, no sufras así. La señora que pintó aquel cuadro se me acercó por detrás. Me dijo que no, que no podía, que la vida te da hijos que criar o alas para volar y que aquellos, los del cuadro, pesaban demasiado, que sólo podría volar si se cortaba las manos y renunciaba al tacto de su vida anterior.
Aquel manchón negro de la galería se llama "Maternidad". Desde hace un mes cuelga en mi sala. Mi hermana y yo quedamos cada sábado por la tarde para tomar un café. Ya nuestra madre tiene su santuario. Nosotras brindamos cada sábado con ella. Brindamos por el valor que un día tuvo en cortarse las manos y volar lejos.

Nota: Gracias a Inma Vinuesa por cederme su dibujo para retratar este relato. Este relato fue inspirado en un cuadro llamado precisamente Maternidad y que tiene muchas semejanzas con el que dibujó Inma a petición mía, como parte de un juego de sentidos, un curioso ejercicio donde mis ojos captaron la esencia de una imagen, que se ha trasladado en letras a un texto, que ha leído Inma y que ha hecho que se haga la idea de una imagen que plasmó en un folio en blanco con certeza, en un círculo infinito de rueda de sentidos encadenados. 

viernes, 7 de diciembre de 2012

La última isla

Anoche tocó cine. Cine sin palomitas. Nos fuimos la familia en peso a ver una película que se estrenaba anoche aquí en Tenerife en El Tea llamada "La última isla" de la directora Dácil Pérez de Guzmán, en lo que supone su debut como directora única de una película, aunque ya tiene una amplia trayectoria formando parte de los equipos de dirección de algunas muy conocidas como Airbag o el Milagro de P.Tinto entre otras.
La última isla es una película fresca, que sugiero que quien quiera acercarse a verla lleve a sus hijos, sobre todo si estos no superan los doce o trece años. Muy bien por la protagonista, una niña de diez años llamada Alicia, interpretada por Carmen Sánchez, que le valió en su primer papel protagonista el premio a la mejor actriz en el Feel Good Film Festival de Los Ángeles este mismo año. Es una película de muy bajo presupuesto, cuyo principal atractivo es el entorno en el que fue rodada (casi íntegramente en la Isla de El Hierro, una isla que se presta a la magia) y la historia, sencilla como la que puede contar una niña de once años y a la vez tan cargada de significado. Tuvimos la suerte de escuchar en la presentación a la propia directora y de una de las actrices, la herreña Virginia Ávila, quienes pusieron mucha emoción, y no es para menos, porque han hecho realidad un proyecto del que se sienten parte porque no en vano la directora pasó muchos veranos de su infancia en la Isla, mientras que Viriginia tiene sus raíces muy bien agarradas a la Isla del Meridiano. La película tiene un pero muy llamativo que es una pena que se produzca, y se trata de algunos errores de realización en los que se producen saltos a la hora de mezclar algunas escenas (mi hijo de once años se dio cuenta). Yo les recomiendo que la vayan a ver, sin palomitas (o roscas si estamos en Las Palmas, o cotufas si estamos en Tenerife) y con los sentidos abiertos, sin más pretensiones que las de ir a escuchar y ver un cuento. A los adultos les sugeriría que intenten entrar en esa mente olvidada de los once años, y a los niños que aprendan que existe un mundo gigante, lleno de mar, brisa, bruma y monte más allá de las pulgadas de la pantalla de una Nintendo. Si están por Tenerife, podrán verla en el TEA hasta el próximo día 12 de diciembre y si están en otras latitudes, en su perfil de facebook pueden seguir su ronda de proyecciones: http://www.facebook.com/pages/La-Ultima-ISLA/187981564628733



Ficha técnica:
Título: La última isla.
Directora: Dácil Pérez de Guzmán.
Interpretes: Julieta Serrano, Antonio Dechent, Eduardo Velasco, Carmen Sánchez, Maite Sandoval, Xavier Boada, Virginia Ávila, Lucía Perales, Pablo Perales.
Año: 2012
Duración: 87 minunos.

Sinopsis: Es un cuento mágico que narra la aventura de una niña de diez años, Alicia, cuyos padres la envían en verano a una isla remota al cuidado de una tía que ni siquiera conoce. Alicia comienza su aventura aburrida y disgustada, sin saber cómo divertirse en un lugar donde no hay ni televisión ni funcionan los móviles. Poco a poco irá descubriendo otra manera de ver el mundo, otra forma de utilizar la imaginación y de abrir la mente y otros aspectos de sí misma que ni siquiera sabía que existían. En un lugar donde no funciona la lógica convencional y donde puede pasar cualquier cosa de manera natural, Alicia conoce a su tía, una curandera que ella ve al principio como una peligrosa bruja. Conoce también a los dos únicos niños que viven en el pueblo. Y a Fermín, un loco que a veces parece un niño y a veces un sabio. Un amuleto protector, una isla negra de lava, un bosque de niebla donde Alicia se pierde, un dragón de niebla y un acantilado donde se decide su destino, son los elementos de esta aventura sigilar. Una historia donde los niños se comportan como adultos y los adultos como niños.

domingo, 2 de diciembre de 2012

El libro del cementerio - Neil Gaiman

Libro: El libro del cementerio.
Autor: Neil Gaiman.
Editorial: Roca bolsillo.
ISBN: 8492833173
Págs.: 256
pvp: 7,95 €
Este libro cayó en mis manos hace ya algunas semanas. Me lo prestó una amiga que dice que lo encontró en uno de esos sitios a los que yo llamo "la fosa común de la literatura", uno de esos lugares, normalmente en forma de enorme cesta, que se encuentra en algunos rincón de los macrosupermercados. Tiene su gracia que este ejemplar se llame "El libro del cementerio" y haya sido rescatado de una fosa común, pero es que a mi amiga este libro no le olió precisamente a muerto sino a buena literatura aunque, según me comentaba, lo eligió no sabe muy bien por qué. Quizás fuera su sugerente portada o quizás se manifestó su alma (que la tiene), pero el caso es que primero pasó por sus manos, luego por las de otra querida amiga y finalmente vino a calar a las mías, y de las mías pasará a otras y otras más, porque vale la pena leerlo y, en vez de devolverlo a la fosa común, ponerlo en el altar de su biblioteca.
Neil Gaiman (británico de nacimiento) según cuenta es un enamorado de Tolkien y CS Lewis (el creador de las crónicas de Narnia), por eso no es de extrañar que se mueva en el terreno de lo fantástico. Pero El libro del cementerio (su último libro hasta ahora) publicado en 2008, además de esas ciertas dosis de fantasía, se mueve también en la frontera entre lo terrenal y lo desconocido, esa frontera, a veces delgada línea, que separa el mundo de los vivos del mundo de los muertos.
El secreto de que me haya enganchado desde las primeras páginas es que El libro del cementerio empieza por decirlo tal cual "a saco". Un asesino (el hombre Jack) se ensaña con una familia de cuatro miembros. Debe matarlos a todos no se sabe muy bien por qué hasta muy avanzada la historia, pero no cumple su misión ya que escapa uno, nuestro protagonista, que es tan pequeño que malamente sabe andar pero aún así logra subir cuesta arriba hasta la colina y entrar en un cementerio, uno de esos cementerios históricos de algunos pueblos británicos donde ya no entra casi nadie. Allí es acogido por sus habitantes, almas de hace años y de hace muchos años, desde el comienzo de la existencia de la ciudad, que deciden darle un nombre al niño y protegerlo. Lo llamarán Nadie, Nad para los amigos, y le ponen apellido: será a partir de ahí Nad Owens ya que sus padres adoptivos son los Owens, que murieron sin la satisfacción de haber sido padres en vida. Allí vive Nad rodeado de amigos de juegos que nunca crecen mientras él se hace un hombrecillo y tras las rejas que rodean el cementerio, como un sabueso, ronda el hombre Jack dispuesto a acabar con su vida para dar por cumplida su misión.
Neil Gaiman reconoce en los agradecimientos, que se inspiró entre otros en El Libro de Selva de Rudyard Kipling para escribir su libro. Esto tiene mucha lógica ya que mientras en el libro de Gaiman el niño es protegido de los peligros y aleccionado para hacerse mayor y enfrentar su destino por un grupo de espíritus, en el caso de el libro de la Selva, también ocurre lo mismo, pero sustituyendo los espíritus por animales.
Me gusta la narrativa de Gaiman, muy cautivadora y envolvente. Eso hace que ese mundo creado dentro del cementerio quede muy bien retratado. Esas almas en pena que acompañarán a Nad para protegerlo, quedan muy bien configuradas en la novela, dando como resultado personajes muy reales, casi vivos a pesar de estar más que muertos.
Al parecer no soy yo el único cautivado por el libro. Ya Disney ha puesto los ojos en él y ha pedido a Henry Selick, que ya dirigiera una película basada en un libro de Gaiman "los mundos de Coraline", que dirija la película. Esperemos a ver el resultado.