domingo, 15 de diciembre de 2013

Isla Nada - Víctor Álamo de la Rosa

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Título: Isla Nada
Autor: Víctor Álamo de la Rosa
Editorial: Tropo Editores
ISBN: 978-84-96911-69-7 (Sept'13)
Páginas: 412
PVP: 19.00 €.
Acabo de leerlo y no puedo dejar de escribir lo que se me pasa por la cabeza y se derrama por mis dedos, con la presión de la prisa porque tengo que escribirlo ahora, que si no mañana no puedo ni pasado tampoco, y tengo miedo que se me escape. Esta “Isla Nada”, la última novela de VíctorÁlamo de la Rosa, tiene mucho que contar, del hocico al rabo, porque con un burro empieza y con un burro acaba esta historia más que historia. Aparentemente os parecerá surrealista si la leéis pero de surrealismo tiene poco porque las situaciones descritas nos llevan a reflexionar sobre la condición humana. Esta Isla Nada sirve de lugar común, donde todo toma forma, se hace nítido, y los sentimientos se desnudan.

Son dos historias aparentemente divergentes, la de Phillip, un hombre detrás de un sueño,  el de montar un curioso zoológico donde exhibir seres humanos, de todas las razas y colores exaltando sus bondades: vaya sinsentido, dirán, venido de un exaviador nazi. La otra historia, la de Luisón Montoto, un famoso tenor catalán que ve como poco a poco pierde su voz por culpa de que su esposa es una adicta sexual que busca allá y acullá quien le enseñe todo secreto. Y he aquí a estos dos seres divergentes, que sin embargo, a pesar de conocer éxito y reconocimiento, van perdiéndolo todo, todo menos ellos porque a todos nos pueden quitar de todo pero nosotros somos irreducibles, o así debería ser al menos. Y helos aquí que su mundo, antes tan grande, inmenso, afronterizo, se contrae en un punto del atlántico, en esa Isla de El Hierro, que no es Nada, casi imperceptible, donde no queda más remedio que buscarse, porque allí nadie los va a encontrar. No son solo ellos los únicos personajes, también habrá muchos otros, pero ellos son la clave. Ellos y un piano de cola, ya verán por qué cuando lo lean.

Es un libro donde se nos encontramos al Víctor de siempre con ese lirismo tan lleno de cabriolas, domador del lenguaje que es él, que se entremezcla con otro en diversos pasajes, un Víctor distinto, más directo, que lucha por abrirse paso y dejar oír su voz. Me gustan ambas voces. Dota a sus personajes, como siempre lo hace, de un rasgo común, que se repite, machacón, que los hace reconocibles, que hace que se nos queden grabados por tiempo y los dota también de aristas que los hacen imprevisibles aunque creíbles, como somos los seres humanos ¿quién no lo es?

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Víctor Álamo de la Rosa
(imagen extraída de Google Images)
Víctor es un escritor romántico. No lo digo por lo que escribe sino por qué escribe.  Les digo por qué. Tuve oportunidad de hablar con él sobre este libro, días después de su presentación. ¿Sabéis lo que destacó? La portada, diseñada por el artista Oscar Sanmartín Vargas. Y la destacó más allá de por su belleza artística, por la reivindicación del “libro objeto”, como lo llamó. Me hizo reflexionar, yo que convivo, como lector, en ambos formatos (pagando siempre, eso sí). Su libro, en homenaje a él, lo hice trizas (cariñosamente hablando, claro). Lo subrayé, lo doblé, y cuando lo cerré después de leer esa última frase, ese el tiempo inmedible, está dentro de sus ojos, le pasé la mano por la portada y le dí un golpe cariñoso, un cachete: me gustó.


No se por qué, me parece leer entre líneas, cómo nuestro escritor, el que me atrevería a decir sin riesgo a equivocarme, sea el más hecho de todos los actuales escritores que escriben desde Canarias, ha decidido también volver y hacer ese viaje con sus personajes, y desprenderse de todo, y volver a esa Isla Meridiana sobre la que tanto ha escrito y buscarse a sí mismo, y llenar el cielo de cenizas y dejar de respirar, ahogarse y sufrir hasta casi morir y volver a nacer, y zarpar desde la Restinga y buscar otros puertos. No sé por qué, me parece leer entre líneas. Sea o no así, este viaje, que muchos hacemos en determinados momentos de nuestra vida, es necesario. Todos debemos varar en esa isla interior, Isla Nada, donde sólo nosotros existimos y tomar decisiones. A unos les dará por dejarse dormir esperando la muerte, y a otros por tener valor para inventarse: es el rasgo que caracteriza a los que quieren ser grandes de verdad.

martes, 10 de diciembre de 2013

El oficinista - Guillermo Saccomanno

Llevaba un año atrás de leerla. No me atraía nada en especial sino el que se hubiera llevado el premio biblioteca breve en el año2010. Sólo eso y esa portada tan llamativa, con esos dos perros rojos danzando amenazantes sobre la cabeza de un hombre cabizbajo, arrastrando su maletín, un hombre sin sombra. Se trata de la séptima novela de Guillermo Saccomano, “El oficinista”.

El tiempo que esperé ha valido la pena. Se puede cuestionar la historia, ya lo sé. Quizás a algunos de los que la hayáis leído opinareis que la historia en sí y el desenlace hayan sido decepcionantes. A mí no me ha pasado. Yo en la trama no voy a entrar porque no es lo que más me ha gustado del libro y al final eso es lo menos relevante porque, a mi modo de ver, lo que Guillemo Saccomano pretende de nosotros con “El oficinista” es que nos empapemos de una atmósfera, de una ciudad sin nombre en un momento atemporal. Es muy difícil en tan pocas páginas plasmar con tanta claridad un mundo que intuimos futurista sólo porque no lo hemos vivido, ya que tiene trazas de tiempos cercanos, lo cual puede apreciarse con esa recreación de un mundo empresarial propio de la primera mitad del siglo XX. Yo la veo ambientada en un futuro caótico con trazas del presente y también del pasado, donde el ser humano ha dejado de existir, de vivir por sí mismos eligiendo sus destinos, un mundo donde la fractura social es definitiva.

Los personajes de “El oficinista” han dejado de existir hasta tal punto, que ya no quedan ni sus propios nombres. Sólo son un rasgo, una prenda, un parentesco o una etiqueta laboral. Saccomano hábilmente quiere que participemos de esa falta de existencia, de esa sensación de incertidumbre, de esa falta de aire lograda a base de capítulos y frases cortas y esas aspas de helicópteros, siempre presentes, removiendo el aire e instalando el ruido. Logra con su estilo que el lector no sepa más que lo que un habitante de esa ciudad es capaz de llegar a conocer, que viva de suposiciones, de prejuicios, de permanente miedo a la seguridad. Ahí está la clave: Guillermo nos presenta a un narrador que vive pegado al protagonista, a ese triste oficinista que vive cada día como un perenne revival. A veces tenía que pararme y cerciorarme de si el narrador no era en primera persona, pero no, era en tercera persona, ¡vaya si lo era!, pero tan cercano al protagonista que era difícil de discernir donde acababa el narrador y empezaba el personaje. Yo me sentí subido a la chepa del oficinista, visualizando sus pensamientos, siguiendo sus razonamientos, viviendo su angustia enfermiza. La calle está llena de peligros, sin embargo, paradójicamente, al oficinista nunca le pasa nada (miren la portada, no es casual). Esto, que podría parecer inverosímil y alejado de la realidad, a mi modo de ver es intencionado, lo introduce Guillermo como un factor más para hacernos ver a ese personaje como un auténtico don nadie, ni siquiera merecedor de ser héroe de su propia novela.

Su única aventura es un sueño elaborado, una historia de amor, la historia de amor más grande jamás contada, una farsa. Esa figura del amor idealizado inspirado en la figura de la secretaria, no es un amor convencional, no es un amor de telenovela. Está a caballo entre la atracción física y la perversidad y el morbo de mantener una relación con la amante de su jefe. No es sólo el deseo de reencontrarse con su juventud, con sentirse vivo, con revivir el amor primigenio. Se trata de una huída, de acabar con su existencia y volver a nacer. No es puro el amor del oficinista porque lo vive de forma furtiva, rodeado de desconfianzas, sacando conclusiones a partir de las señales y no de un diálogo abierto, sincero, porque en ese mundo los personajes se han olvidado de hablar. Se han vuelto mudos por culpa de los ruidos.

Como podéis comprobar no puedo ocultar que me ha gustado El oficinista. Es técnicamente una genialidad literaria. Me recuerda mucho, salvando las distancias, a “Bartleby el escribiente” de Herman Melville, sólo que aquí nos poníamos en la piel de quien observa al protagonista sin llegar a saber nunca el por qué de esa obsesión y persistencia en la resistencia pasiva al trabajo. En “El oficinista” nos ponemos en la piel del protagonista, una figura sin importancia que no tiene, el pobre, ni un mísero perro clonado que se fije en él y lo vea lo suficientemente apetitoso como para darle un bocado.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Pedro Guerra: el rastro de la honestidad

Entramos de puntillas en el salón de su casa. Éramos más de cincuenta, cien, doscientos y no le molestamos mucho. A pesar del gentío éramos un rebaño silencioso, muy educados. Ya no éramos quinceañeros con ganas de marcha sino maduros ochenteros y noventeros, de los que nos comportamos con el sosiego que da el haber pisado firme y también pasado de puntillas por nuestras vidas.

Portada del último trabajo de Pedro Guerra:
30 años.
Pedro entró y se quitó el abrigo, y los zapatos, y pisó descalzo el escenario y encendió la luz de la pequeña mesilla llena de recuerdos musicales que le acompañaba a su derecha. Allí reposaban su vieja bandolina rescatada de su infancia, o el pequeño timple, símbolo de su tierra. Se sentó y cogió la guitarra. Él y su guitarra, solos los dos, solos él y nosotros. Y tocó. Primero Daniela, y luego una tras otra fueron cayendo otras muchas canciones que llenaron el auditorio de sonidos y nuestras cabezas de recuerdos, porque treinta años cantando y componiendo dan para mucho, para mucho más que dos horas de concierto.

Pedro Guerra arrancó anoche aplausos sentidos y acompañamientos susurrados y tímidos a sus letras y risas nostálgicas desde su mirada irónica al pasado, cuando nos contaba, por ejemplo, cómo Taller Canario de la Canción tenía tantos seguidores, que si hubiera sido verdad, más fácil hubieran sido las cosas para ellos, claro. Compartió con todos lo que significó para él emigrar a Madrid a buscarse los garbanzos, viajar como esas Mariposas Monarca a las que dedicó una canción, pero con un viaje de ida y vuelta. Desde lo más insignificante como tener que explicar cómo se pronunciaba, su Güímar natal, ese nombre tan corto y de tanta complejidad sintáctica para un peninsular con dos puntos en la u y acento en la i, hasta lo más difícil como fue hacerse con público que le aplaudiera a un cantautor. Él y otros prolongaron la vida a esta especie en peligro de extinción durante los ochenta y los noventa y han servido de inspiración para que otros como Pedro Pastor, que se subió al escenario con él, sigan alimentándose de su estilo y garantizando que sigamos escuchando letras de canciones de verdad: literatura inmensa aderezada con cuatro acordes sacado de las seis cuerdas de una guitarra, sólo susurro.

Pedro, menos mal que viniste anoche, no tardes en volver. Me lo prometiste, volverás pronto. Mientras tanto hoy vuelvo a pisar nuestros lugares comunes, los bajos del edificio Galaxia donde despedíamos la noche lanzando canciones que calentaran el frío lagunero o el Espacio Aguere, antiguo Cine Aguere donde cantaste anoche y donde hace años se podían ver películas de culto como esa "El Marido de la peluquera" a la que dedicaste una canción que anoche cantaste junto a Pedro Pastor y que fue uno de los momentos mágicos de la noche.






sábado, 16 de noviembre de 2013

Dianne Reeves: ¿Cómo se convierte la voz en instrumento?

Dianne Reeves
Imagen extraída de Google Images
Me quedé perplejo. No es de extrañar. No fui el único por lo que pude escuchar en las conversaciones de los que salíamos del auditorio. Hay cantantes que te sorprenden por su voz. Otros por sus letras. Otros por cómo conectan con el público, por cómo se desenvuelven en el escenario.
El pasado miércoles fui a escuchar a Dianne Reeves. Ella me sorprendió por algo que estaba por encima de todo esto que os he comentado anteriormente: por haber convertido su voz en instrumento musical, un instrumento de varias octavas, capaz de ir del grave al agudo de un salto, sin quedarse a medio camino, acertando de lleno en el pentagrama. Poseída. Con un estilo interpretativo que se queda a medio camino entre su Detroit natal y África, en donde a buen seguro tiene sus raíces.
Ritmo, voz, ritmo y más ritmo, y voz y más voz. No paró de cantar. Tanto es así que hablaba cantando. Tanto es así que nos presentó a los componentes de la banda cantando. Tanto es así, que dijo un byebye cantando como despedida: fue lo último que nos cantó. Cuatro Grammys no los gana cualquiera. Los gana ella, porque es una artista integral. Si tienes la oportunidad, ve a escucharla.

En la sección "Te sugiero que escuches" os dejo su último trabajo "When you know". Ya tiene unos años, desde el 2008, con standards del jazz y el soul cantados a su estilo, siempre con gran respeto hacia los maestros de las cuales pide prestado su trabajo.

También os dejo un video de un tema llamado "Tango". Ella nos explicó, perdón, nos cantó, que con este tema pretendía demostrar que no hace falta poner letra a una canción cuando se quiere transmitir, que sólo hace falta mezclar voz con música y ritmo y que de esa manera había logrado arrancar sentimientos desde Estados Unidos a Argentina, pasando por Brazil o Venezuela. Por eso el lenguaje de la música, es universal. No hace falta entender la letra de esta canción porque esta canción no tiene letra, solo hace falta sentir lo que Dianne nos quiere transmitir, y de eso ella sabe un rato.


miércoles, 13 de noviembre de 2013

Susurros asimétricos.

sombrero, paja, playa
El descanso del sombrero
(fotografía: Miguel A. Brito)
–Quítate el sombrero, deja que vea tus rizos.
–¿Para qué?
–No sé. Me gustan. Parecen caracoles. Me gustan los caracoles.
–Hace mucho sol. ¿Quieres que me queme?
–Anda. Hazme ese capricho. Precisamente por el sol lo digo. Así, ¿ves? Me encanta.
–¿Te encanta el qué? Yo no me veo.
–Me encanta ver cómo se cuelan los rayos entre rizo y rizo y el rubio se llena de matices, claros más claros, brillantes, oscuros. Me gusta meter mis dedos en ellos, llenarme de anillos de oro. Eso son tus pelos, anillos.
–Pero si tengo ya más pelos blancos que rubios. Además, ¿no eran caracoles? 
–Bueno sí, también. Anillos y caracoles. Deja que te huela. Hueles a mar, a sal especiada, a camarones, a arena, a ganas de nadar sobre mí. ¿A que tienes ganas de nadar sobre mí?
–Sí, mucho. Sigue olisqueando mi pelo, que yo tengo buena vista desde aquí. Me gusta resbalarme en tu escote. ¿Sabes? Desde aquí casi puedo ver el principio de tu pezón derecho. 
–Mira lo que has hecho. Me has puesto la carne de gallina.
–Si es lo que siempre digo: No hay lengua más húmeda para lamer que aquella que no te toca. ¿Te das cuenta? ¡Mira cómo te pones! Si me puedo colgar en ellos y no caerme. Apuesto a que mi sombrero es capaz de quedarse ahí, colgando de tu pezón derecho. ¿Por qué sólo se levanta el derecho? ¿Qué le pasa al izquierdo?
–Susúrrame aquí, tonto, a este lado. Verás cómo rompes mi asimetría.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Mi hermana vive sobre la repisa de la chimenea - Annabel Pitcher

Libro: Mi hermana vive sobre la repisa
de la chimenea.
Autor: Annabel Pitcher.
Ediciones Siruela
Páginas: 232
Precio: 12,95€ en Agapea (también
disponible en edición de bolsillo a 7,99 €
y en versión Kindle de Amazon a 9,49€)
Seguramente nunca hubiera leído este libro si no hubiera sido una recomendación de uno de los miembros del Club de los 1001 Lectores. Eso es lo bueno de pertenecer a un club de lectores: que descubres nuevos libros, nuevos autores, y sobre todo que las propuestas vienen filtradas porque quien propone es lector, un lector crítico, que juzga, con criterio. Puede ser que entre las propuestas vengan libros menos buenos, pero casi siempre la sorpresa es grata, como es el caso.

Digamos que "Mi hermana vive sobre la repisa de la chimenea", no es que se trate de un gran libro, tampoco es alta literatura, pero es un libro diferente, con una voz que atrapa, la del narrador Jamie, un niño de apenas diez años.

Jamie vive en casa de su padre con su hermana Jasmine. Jasmine es gemela de otra niña que se llama Rose, que es la que vive sobre la repisa de la chimenea. Bueno, realmente no es que esté viva. Rose murió hace cinco años a causa de un atentado islamista. Las que viven sobre la repisa de la chimenea son las cenizas de Rose, y digo bien, viven, porque su presencia es palpable. La muerte de Rose destroza a la familia. Los padres de Jamie se separan y los hijos viven con el padre que bebe día sí y día también, y para liarlo aún más, el padre de Jamie y Jasmine, se muda de casa y ellos tienen que cambiar de colegio, con lo que tienen la oportunidad de empezar de nuevo pero cuesta mucho cuando se arrastra un pasado tan lleno de dolor.

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Annabel Pitcher.
Imagen extraída de Google images
Digamos que ese es el esqueleto, y que no debo revelar más del contenido porque estaría echando por tierra gran parte del encanto del libro. Es la primera novela de su joven autora Annabel Pitcher (1982), una filóloga que promete mucho como escritora. De hecho ya trabaja en su segunda novela llamada "Ketchup Clouds" donde la protagonista en una chica de quince años. Esas voces se le dan bien a Annabel. Sufrí con ese niño y quizás eso fue lo que más me llamó la atención: lo que cuenta, lo que le pasa en el colegio, lo que vive en casa de su padre, lo que siente por su hermana muerta,... todo esto es muy triste, sin embargo el personaje no lo cuenta como sufrimiento, no lo cuenta para dar pena, sólo relata hechos, pero a mí (tal vez por tener en vena la enfermedad de ser padre) me dan ganas de abrazarlo o de traérmelo a casa. Le cogí cariño sin mucho esfuerzo. Annabel nos hace ver por los ojos de un niño, pero sentir como adultos a pesar de lo creíble de su voz. Me pasó algo parecido a lo que sentí cuando leí "El curioso incidente el perro a media noche" de Mark Haddon, del cual hice reseña en este blog hace algún tiempo. Después de leerlo me he quedado por tanto con esa idea de que como niño no se vuelve a sentir, y en todo caso lo único que nos queda es la nostalgia del recuerdo, de cómo vivíamos lo que nos pasaba.

Yo lo recomiendo ahora que llegan estas fechas de navidad. Encendamos o no la chimenea. Para adultos y para adolescentes también.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Mirando ombligos

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Imagen extraída de google images

En este mundo hay dos clases de individuos, los que se miran el ombligo y los que viven contemplando el ombligo de los demás. Bueno, mentira, se me olvidaba y no me lo perdono, porque también existen otros, una especie en peligro de extinción y de estos casi no se oye hablar, no interesa que se hable, y encima a ellos no les gusta hablar de sí mismos aunque eso no impide que brillen cuando los encontramos. Me refiero a aquellos individuos capaces de mirarse el propio ombligo y el ajeno a la vez, una habilidad al alcance de la minoría.

Los que sólo se miran su ombligo son miopes de lo demás y crean su micromundo microscópico de creencias adoptadas. Son seres carentes de espíritu de desarrollo, con techos alcanzados, únicos en el mundo, así se creen, dueños de la verdad más absoluta. La carencia de referencias distintas a las suyas hace que recalen en un cómodo puerto de aguas inmóviles y cielos despejados, libres de tempestades. Cuando éstas se atisban en el horizonte, son capaces de soplar con fuerza inusitada, con vozarrones que salen del bajovientre y convertirlas en suaves brisas mudas incapaces de hacer tambalear su puerto. Son tercos, obstinados, insensibles, seguros por imposición propia. Los reconoces porque te miran de modo absoluto, directo a los ojos, vigilantes de tus movimientos, recelosos de que mires en su ombligo para hurgar en sus dimensiones.

Los segundos, los que miran el ombligo de los demás, son seres alelados, incapaces de mirar para sí, incapaces por tanto de crearse referencias propias. Involucionan permanentemente mientras cogen de aquí y de allá, menguan hasta tal punto de desaparecerse en los espejos, son miopes de sí mismos porque su piel la cosen a base de retales de otros ombligos, copian que es lo fácil. Son seres toscos, impersonales, apátridas, amorfos, imberbes. Son en definitiva puro mimetismo, escondidos para no ser vistos y devorados. A todo dicen que sí porque sí, por sistema. No te miran nunca a los ojos, como los niños pequeños que se los tapan creyendo que así no serán descubiertos. Su mirada siempre va unos palmos por debajo de la línea del horizonte y es nublosa, inexpresiva.

Por último, y sigamos por orden, aunque no de importancia. Queda hablar de los casi extintos individuos capaces de mirarse el propio ombligo y el ajeno a la vez, que a partir de ahora y para no alargarme en el nombre los llamaremos ambligos, palabra que viene de ambos y de ombligos. A pesar de ser los últimos en ser nombrados, los ambligos son los únicos capaces de crecer, pero son pocos, cada vez menos, porque viviendo en un mundo cada vez más crísico, el miedo a perder ha conquistado las voluntades de crecer y se ha extendido como un virus infeccioso, y los que se miran el ombligo propio crecen como setas queriendo salvar lo suyo y los que solo contemplan los de los demás, los segundos que he nombrado, los vagos expertos del copia-y-pega, terminan tapizando el suelo como una alfombra a la que pisar. Sin embargo, los ambligos son individuos que no creen enteramente en lo que son y tampoco en lo que ven, por eso rebuscan continuamente en lo propio y en lo ajeno, metiendo sus dedos en otros ombligos y comparándolos con el suyo, en forma y tamaño, reparando en los pliegues e incluso en las suciedades sin dar muestras de asco. No se conforman con uno sólo y escarban en muchos a la vez. Son alegres, entusiastas, de mirada inquieta, auténtica. Son críticos, autocríticos, vehementes y comprensivos, egoístas y solidarios. Pareciera, dirán ustedes, muy contrapuestos todos estos adjetivos, pero si se fijan bien no es así, son maneras condicionadas de comportarse, crecer, construir y subsistir, que es el fin último de los seres sociales, eso sí, siempre respetando el medio ambiente.  

lunes, 21 de octubre de 2013

El péndulo

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Fotografía: Péndulo
Autor: Miguel A. Brito
Un ritmo claro, pausado, imperturbable. Me someto a sus manecillas que me hacen señas, dirigiendo en la casa la hora del almuerzo, la hora del telediario, la hora del café de media tarde. Sólo me permite decidir que me lo tome amargo, porque ¡hasta feo estaría, que en mi café mando yo aunque él ponga las horas!
Me acerco demasiado y se ríe de mi, atrapa mi reflejo en su péndulo cromado. ¡Será engreído el puñetero reloj! Don Sabino, su dueño, me dice que él tenía cinco años cuando el aparatejo llegó a su casa, que vino de muy lejos, de La Habana quizás. Yo vuelvo la mirada hacia él y veo su cara llena de arrugas y las comparo con las vetas en la madera del reloj, igual de hondas, igual de oscuras. Han crecido juntos, envejecen juntos. Sus corazones laten igual de pausados, golpes miméticos, sincrónicos. Fantaseo imaginando una conexión inalámbrica desde el primer día que el reloj entró a su casa; un tic pendular que se cuela por sus oídos y acciona un bum ventricular en el corazón de Don Sabino. ¿De ahí vendrá la serenidad de su voz? Caigo en la cuenta de que yo no tengo referencias tan rítmicas, que mis relojes son silenciosos, que los sonidos que oigo son más ruidosos, menos pausados, más imprevisibles: teléfonos, cláxones, la batería del hijo de la vecina,... ¿Vendrá de ahí esta sensación de falta de sosiego?
Lo tengo decidido: Mañana me compro un reloj de pared con un péndulo enorme, y dejaré que marque el ritmo de mis días.

sábado, 19 de octubre de 2013

Historias Fonendoscópicas, allá donde médico y paciente se tocan

Portada del libro 
"Historias Fonendoscópicas"
Anoche, día 18 de octubre, tuvo lugar en el Colegio Oficial de Médicos de Tenerife, la presentación del libro "Historias fonendoscópicas", un libro en el que tengo el placer de participar con un relato, compartiendo páginas con otros autores, algunos más consagrados, otros más desconocidos, pero que hemos tenido una propuesta en común: dar a conocer historias ficticias que bien podrían ser reales, algunas incluso casi lo son, que vienen a contar qué se siente, qué se vive en esa línea en la cual médico y paciente se tocan. 

Nunca debemos olvidar que la medicina es una gran profesión, y como tal existen buenos profesionales y no tan buenos, como en todas. La excelencia en el ejercicio de la medicina se alcanza cuando el profesional eleva al grado de arte la ciencia, siempre al servicio del enfermo. Estos son los principios, y hacia ellos hemos querido ir los autores, por esa razón no es casual que hayamos encontrados argumentos dentro del código deontológico médico para encabezar nuestros relatos. Volver a los principios fundamentales es enfocar los objetivos, no salirse del camino a pesar de las curvas, a pesar de los intereses de segundas, terceras y hasta quintas personas.

Quería expresar mi gran satisfacción como autor de haber podido participar en esta interesante iniciativa. Esta publicación me ha llevado más allá de la satisfacción de haber escrito, de que me hayan publicado. Historias fonendoscópicas toca, toca de verdad.

Algunos autores. De izquierda a derecha: Ana González Rinne, Ricardo Borges
Vinita Mahtani, Asunción López, Víctor Marrero, Miguel A. Brito, Nieves Díaz
Francisco Concepción, Ángeles Jiménez, Ana Joyanes, Claudio Colina,
Dácil Martín, Inma Vinuesa.









martes, 15 de octubre de 2013

Purga - Sofi Oksanen



Libro: Purga
Autor: Sofi Oksanen
Editorial: Salamandra
ISBN: 9788498383522
Págs: 381.
PVP: Tapa blanda 9,52 €. También
disponible en versión Kindle
de Amazon a 8,54€
Purga es una palabra que encierra muchos significados aparentemente distintos. Según RAE, purga es, entre otras definiciones, "expulsión o eliminación de funcionarios, empleados, miembros de una organización, que se decreta por motivos políticos, y que puede ir seguida e sanciones más graves". Pero purgar, también es "limpiar, purificar algo, quitándole lo innecesario, inconveniente o superfluo", o también "sufrir con una pena o castigo lo que alguien merece por su culpa o delito", o también "padecer las penas del purgatorio", dicho esto último del alma, claro está.

He elegido empezar esta reseña con la definición de purga porque pocas veces he encontrado en un título tan corto, de apenas cinco letras, el significado tan descriptivo a nivel de contenidos que podemos encontrar en esta obra de arte de Sofi Oksanen. Sofi Oksanen (Jyväskylä (Finlandia), 1977) es muy joven pero muy madura, por lo menos desde el punto de vista literario. Lo ha demostrado con este derroche de ingenio para escribir. Con Purga, que publicó en 2010, y que es su tercera novela después de "Las vacas de Stalin" y "Baby Jane", ganó el premio de Literatura del Consejo Nórdico y el prestigioso "Premio Fémina" francés en su apartado de mejor libro de habla no francesa. Tanto reconocimiento no es casual, y menos tratándose de una escritora novel.

La trama se desarrolla, en su mayor parte, en una pequeña zona rural al oeste de Estonia. También hay una parte trascendental que ocurre en Berlín y otra en Tallín. Transcurre en varios tiempos, el actual, situado en 1992 y luego durante períodos del pasado más lejano, un período comprendido en la horquilla de 1936 a 1951, y también ocurren hechos en el pasado más cercano, el año 1991. Esto sería muy complejo de seguir, a no ser por el recurso que adopta Sofi de encabezar cada capítulo con lugar y fecha para situarnos. Allide Truu, el personaje principal, es en 1992 una anciana que vive en esa zona rural al oeste de Estonia, justo cuando la república estona recupera su independencia. Vive sola, junto al bosque, y allí una noche se presenta una misteriosa visitante, una muchacha rusa llamada Zara que llega huyendo de sus captores que la retenían obligada a prostituirse cada noche. Aliide la invita a pasar a pesar de la desconfianza que le genera en un principio, y a partir de ahí se establece una conexión débil amparada solo por las ganas de sobrevivir de la una y las ganas de combatir la soledad de la otra. Esta frágil conexión va creciendo a lo largo del relato hasta revelarnos un fuerte vínculo entre pasado y presente, un vínculo que coge fuerza conforme salen a flote las cuentas pendientes.
Sofi Oksanen

El que lea Purga, debe empaparse de su atmósfera, prestar atención a los signos, que no son trazos casuales, sino ladrillos que construyen la fortaleza de la obra. Al final no queda sólo la historia, quedan los sentimientos sobrevolando nuestras cabezas, como esas moscas que aparecen cada pocas páginas como símil de una muerte a la que acudir, o una mermelada que probar. Hay miedo a perder en Aliide (Lide), lo cual se aprecia en la relación que establece con su cuñado Hans Pekk, a quien oculta para evitar que lo descubran los soviéticos, del cual sabemos que se enamora desde las primeras páginas, un amor no correspondido ya que a quién él prefiere es a la hermana de Lide llamada Ingel. Sin embargo, Lide lo retiene valiéndose de una trama engañosa para que se quede allí, como una conserva más en su estantería a la espera de comérsela algún día, cuando el tiempo pase, con la fe de que él la aprenda a querer. Más que un miedo a perder, Purga es el miedo a no ganar, esto es lo que ata a Lide a su casa hasta el fin de sus días. 

La atmósfera de Purga, a la que hacía mención antes, está muy bien conseguida en gran parte por ese tono poético y crudo a la vez que emplea Sofi Oksanen, que la destapan como una narradora de gran talento. Cuando tiene que ser directa lo es, cuando tiene que ser descriptiva, también lo es, cuando quiere pintarnos una mirada o un sentimiento ¡vaya si lo logra! Maneja todos los registros, capaz de decirnos "Tenía una nariz bonita. Una nariz que la gente habría admirado desde el día de su nacimiento" y varias páginas después encontrarnos con "El cliente llevaba un anillo lleno de púas alrededor de la polla y algo más, aunque Zara no recordaba qué". Pero la mayor crudeza está anidada donde menos explícita es, en lo que no se cuenta, en lo que se huele.

No voy a contarles más, sólo voy a recomendarles que lo lean. Se ha convertido en un imprescindible del siglo XXI. 





sábado, 12 de octubre de 2013

Deseos o caprichos

Imagen extraída de google images.
Se sentía pletórico, exultante. Todo fue bien hasta que empezó a sentirse torpe, más despistado de lo normal. Al principio fue una sensación casi imperceptible, pero creció hasta que un día tuvo miedo al ver su cara deforme en el espejo. Ese día pidió un café cargado y se preguntó si las decisiones que había ido tomando se fundamentaban en un capricho o eran consecuencia de sus deseos. Se preguntó qué fue primero, si el capricho o el deseo. Vislumbraba en la reflexión, que su deseo se había desvanecido, se había difuminado perdiendo nitidez dentro de una maraña de caprichos que a la postre se convirtieron en obligaciones, con sus compromisos que cumplir, sus tiempos por contrato, sus facturas que pagar, su vacío retorno de la inversión. Para paliar tanta "nada", para enmendar tanta obligación, agudizó los sentidos a fin de encontrar brújulas para su encauzar su destino, y encontró más estímulos a los que acogió como huérfanos hambrientos en busca de padres. Los confundió con los ansiados objetivos que buscaba, la brújula que lo guiara, sus deseos reales. Pensó que eran el enfoque de su realidad, su tabla de salvación, esa que lo mantuviera a flote en el mar de confusión en que se ahogaba.
Sin embargo no eran sus deseos lo que encontró. Lo supo al ver que en ese mar no aparecieron islas ni referencias, mucho menos continentes. Lo intuyó al ver que eran espejismos que se desvanecían según surgían, porque eran líquidos, inconsistentes, escurridizos y envolventes, acogedores y farsantes. Mientras se esforzaba en nadar se olvidó de que un día tuvo un sueño, de que una vez quiso algo, de que un día luchó para conseguirlo. Con el tiempo no se acordó más que de su nombre y de que un día nació. Se olvidó de que años atrás había aprendido a nadar y se dejó llevar por el peso de su cuerpo.

martes, 8 de octubre de 2013

Not cool de Tim Easton, el sonido de lo auténtico

Este mes de septiembre nos trajo una novedad musical que quiero destacar. Se trata del disco "Not Cool" de Tim Easton, un álbum que hace el número 7 en su carrera y en el cual Tim vuelve a sus orígenes, a sus raíces musicales americanas, retomando referencias de los sonidos de sus maestros como Elmore James o Keith Richards, entre otros. Este disco ha sido grabado íntegramente en Nashville, con un sonido que nos deja regusto a antiguo, quizás sea por sus ritmos, quizás por los instrumentos que emplea, como en el caso del tema que abre el disco, "Don't Lie" que según dice lo grabó con su guitarra Kay de apenas 100$ y un pequeño amplificador de cinco vatios marca Gretch. Podemos escuchar en este disco un poco de todo, desde rock, hasta R&B o incluso algo tipo rockabilly como su tema "Tired and Hungry" o folk tradicional, como en el tema "Four Queens", es decir, ritmos para todos los gustos.

Aquí les dejo un video del tema Four Queens precisamente, en vivo y en directo y si quieren escuchar Not Cool al completo, en nuestra sección "te recomiendo que escuches..." lo tendremos durante todo este mes al menos.


sábado, 5 de octubre de 2013

La playa de los ahogados - Domingo Villar

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Título: La playa de los ahogados
Autor: Domingo Villar
Editorial: Siruela
ISBN: 8498411297
Páginas: 448
Precio: 19,90 € (disponible en edición
de bolsillo a 9,95 € y en kindle de
Amazon a 9,49€)
Domingo Villar es vigués (Vigo, 1971) y escritor de novela negra o policíaca. También es periodista, crítico gastronómico en la radio. También ha trabajado como guionista tanto en cine como en televisión. Un poco de todo esto se palpa al leer la playa de los ahogados. No sería de extrañar que algo de Domingo Villar viva en Leo Caldas, el detective protagonista de la novela.

La sinopsis del libro tiene ya de por sí los ingredientes de una novela de intriga atractiva para el lector: una muerte que no se sabe cómo fue, si fue asesinato o suicidio tampoco se sabe, unos testigos que no se sabe si lo son o se lo inventan, un pasado que no se sabe si tiene que ver o no con la trama, un fantasma vengativo que dicen que sí aparece, ¿o es invención de mentes alimentadas por la superstición?... Todo parece y no es, depende, como diría un gallego. ¿Qué más se puede pedir para una novela en la que haya que buscar para encontrar? El la playa de los ahogados hay mucho que buscar. La historia comienza con la aparición del cadáver de un marinero en una playa gallega, en el pueblo de Panxón. El nombre del ahogado es Justo Castelo y aparentemente se trata de un suicidio. No hay testigos ni rastro de la embarcación del fallecido, aunque hay quien jura haberlo visto hacerse a la mar en domingo, aunque  todos los marinos saben, que en domingo no se sale a pescar. Este caso lo llevarán el detective Leo Caldas y su ayudante Rafael Estevez que deben despejar todas las incógnitas que lo rodean, entre personas que apuntan, con sus datos a direcciones diametralmente opuestas, vamos, una gran madeja.

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Domingo Villar, escritor.
Panxón es un pueblo de apenas 3000 habitantes perteneciente al municipio de Nigrán en Galicia, que era una localidad de tradición pesquera que ha sido ocupada por el turismo en la época de verano. La elección de este pequeño pueblo como escenario de "La playa de los ahogados", no es casual. Este ambiente genera entre los habitantes, una situación de recelo hacia los que vienen de fuera, desconfianzas que atenazan el habla. Así es difícil encontrar quién cuente su versión de los hechos. Es un pueblo donde el único ahogado no es Justo Castelo, el rubio, el único que no respira, sino los otros, los que lo conocían y los que lo veían de lejos, los que sabían que habían pasado cosas, que había cuentas pendientes. El pasado a veces ahoga más que el mar. Probablemente un caso así sólo lo podría resolver un detective como Leo Caldas, paciente, capaz de tomar distancia, masticando lo que ve y lo que oye entre caladas a su cigarrillo. Difícil hubiera sido en manos de Estevez, el contrapunto, mucho más pragmático e impulsivo, que hubiera puesto en el caso "suicidio" sin despeinarse.

Justo Castelo, el ahogado, a menudo tarareaba una canción, "la canción de Solveig" de Grieg, pero un día dejó de tararearla, ¿por qué, se pregunta su hermana? Yo no la conocía. Os recomiendo que la pongáis (aquí pongo enlace), y luego sigáis leyendo con esta melodía de fondo, el resto de la entrada.



Domingo Villar maneja los fundamentos del género con maestría. De los autores españoles del género que he leído es, sin duda, el mejor. Se ven en él ingredientes de los más reconocidos del género como Michael Connelly, por ejemplo y su personaje, el detective Harry Bosch. Una narrativa fluida, con capítulos calculadamente cortos. Un personaje principal (Leo Caldas) y un contrapunto (Estevez) que es fundamental, que apuntala toda la reflexión que el protagonista realiza a lo largo de la investigación. De no existir este contrapunto, probablemente hubiera decaído el libro, y no decae en ningún momento. Todo lo contrario. Y eso es también otro de los méritos de Villar, ya que no hay acción, no hay situaciones peligrosas, no hay escenas que nos pongan el corazón a mil. Es un paseo sosegado y de vértigo a la vez. Muy hábil, un maestro.

El detective Leo Caldas brilla mucho y lo conocemos no por lo que nos explica sino por lo que le rodea. Conocemos, por ejemplo, cómo le afecta su pasado a través de cómo reconoce y echa de menos la sonrisa de la mujer que aún ama en los labios de otra mujer o de cómo reacciona ante la voz de la conciencia de su padre que le pide que la llame. No hace falta que Villar nos diga cómo la echa de menos, ya lo sabemos. Sí, Leo Caldas es un gran personaje literario. Solitario, reflexivo, observador, que toma de su experiencia el sexto sentido, el olfato para detectar los caminos, calculador para saber cuándo toca hablar y cuándo callar, paciente dicho sea de paso. Es sibarita, sabe lo que come y lo que bebe, y sobre todo dónde hacerlo. Necesita en sus momentos de soledad la seguridad de lugares conocidos, aunque a veces allí no se sienta a gusto (como por ejemplo en su programa de radio) pero necesita no preocuparse de lo que le rodea para poder estar enteramente consigo mismo. Tiene necesidad de la vara de la seguridad de su padre, su raíz, y de allí se nutre (para eso tendrán que leer el libro) del elemento decisivo para resolver el caso. Es muy simbólico esto que digo. Todo esto no me lo dijo Leo Caldas ni me lo explicó Villar, me lo dijeron quienes le hablan, le miran. Por eso llegamos a interiorizar ese gran personaje.
Tasca El Eligio, en Vigo
donde el detective Leo Caldas cruza conversaciones con
"los catedráticos"

Parece ser que Domingo Villar ya tiene la Playa de los ahogados adaptada al cine desde principios de 2012. Esto en Estados Unidos se habría convertido en una gran película ya. Aquí, sin embargo, mendigando subvenciones, nos perderemos durante un tiempo disfrutar de un buen guión cinematográfico. Por lo pronto lo tenemos en libro y podemos disfrutar de él. En 2014 ya nos promete Domingo Villar que tendremos el tercer caso del inspector Leo Caldas, se llamará "Cruce de piedras". El listón está alto. Veremos si lo supera.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Las vivencias de un veraneante.

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Arena y Mar
(Fotografía: Miguel A. Brito)

En mi primer día de trabajo me preguntan sin cesar, ¿qué tal las vacaciones?, ¿desconectaste? ¿A ti, lector, no te pasa? Esa palabra, “desconectar” siempre se presenta como el ansia eterno del ocioso veraneante. ¿Desconectar de qué, del trabajo, o acaso de lo que somos durante todo el año? Ante esa pregunta no puedo evitar pensar, ¿qué triste, no? Qué triste once meses de sufrir esperando tener la tregua de un mes de "desconexión". Qué vida tan pobre. A mí me ha pasado. Muchas veces me he planteado las vacaciones como una huída de lo cotidiano. Daba igual el lugar y el precio, pero que fuera lo más lejos y distinto de mi vida que mi sueldo fuera capaz de pagar. Sin embargo, por muy lejos que me fuera, siempre me esperaba, cruel, recurrente, impasible, el primer día de trabajo. Me recibía con una bofetada para decirme que por muy bonito que hubiera sido el sueño (porque mis vacaciones eran eso, un sueño), la realidad era otra, ésta, la del día a día,  la de los problemas, las facturas, los atascos, los malos humores, las incertidumbres del mañana,…

Este año, las vacaciones me las planteé distintas, no como una huída sino como una búsqueda. Me costó, no crean. Buscando me encontré con cosas que había imaginado que existían, pero que pocas veces había podido encontrar. Encima gasté poco, no había que irse lejos, no huía de nada. Sólo dejaba una vida aparcada (la cotidiana) y empezaba otra (cotidiana también). Así, buscando, me encontré con muchas cosas y descubrí otras tantas.

Descubrí que cuando se tiene poco tiempo para reunir a los tuyos cada momento tiene que durar, por ley, una eternidad. Así me lo propuse y, por ejemplo, hicimos alguna reunión en el césped sin mirar el reloj, y encontré que una tarde tirado en ese tapete verde bien vale el esfuerzo de tenerlo preparado durante todo un año: como una alfombra que peinas a diario esperando a que un día se siente el culo de un Rey, el mío, sin ir más lejos. 

También encontré que decir ¡no!, a lo establecido, vacación tras vacación, porque “es lo que hacemos todos los años” y “¿cómo no vamos a ir?” es un buen ejercicio. No pasa nada, nadie te cuestiona, todo se olvida. Somos nosotros mismos los que nos decimos muchas veces “es lo que tenemos que hacer, porque si no ¿qué dirán?”, tan solo por la comodidad de no pensar, de no buscar, de dejarnos llevar por lo que quieren otros y no ser capitanes de nuestros propios deseos. Esa liberación te da muchas dioptrías para mirar lejos y encontrar que el mundo es enorme, que, por ejemplo, los amigos siempre tienen otra mirada por descubrir. Que irte al final de la carretera, a ese punto recóndito donde no hay más escapatoria que tirarse al mar y nadar, te obliga a buscar y encontrar la mirada de los demás, de los tuyos, de ti mismo, de verte atrapado en sus ojos. En esa mirada inevitable, encuentras que, aunque tengas en la mente archivados prejuicios e ideas preconcebidas, no hay mayor certeza que la que tienes delante: los pensamientos sobre los demás son libros que escribimos cada día.

También volé, y descubrí que Madrid no es aburrida en agosto, ni hace mucho calor, ni está llena de guiris. No, no es cierto, es un bulo que corre por ahí, una leyenda urbana alimentada por aquellos que huyen del ruido. Allí encontré lo que siempre había pensado, que el mundo no está lleno de gente mala, que siempre hay un ángel que se te aparece y te regala deseos que no has llegado, ni tan siquiera a verbalizar o que un paseo casual termina convirtiéndose en un sueño realizado.

Más cosas. Encontré que no hay que esconderse de los compañeros del trabajo en vacaciones, que no, que todos tenemos ese lado interesante que mostrar y que esos compañeros se transforman en excelente compañía para un brindis con cervezas o una tarde de mar. Mar, siempre el mar. Este verano ha estado muy presente, con puestas de sol para todos los gustos, en mi cara y a mis espaldas, también de costado: la tierra es redonda, créanme, no es plana, por eso todo en esta vida no todo es a cara o cruz, siempre podemos dar un rodeo. Lo descubrí también este verano. Por eso es tan enriquecedor vivir en este mundo romo.

Encontré que para seguir queriendo no hay más secreto que seguir buscando. Si buscas encuentras que hay muchas razones para no querer y otras tantas, muchas más para seguir queriendo. Pero hay que buscar cada día para encontrar lo que quieres, y si lo hallas, te aseguro que es el mejor de los descubrimientos. Como lo de que no es lo mismo bañarse en el mar con ropa que desnudo, eso también lo descubrí. Desnudos nos volvemos absurdos, grotescos, pero si perdiendo la ropa pierdes la vergüenza de mostrar las curvas de los años, volvemos a ser niños otra vez, sin prejuicios, auténticos, únicos y libres, y el mar ese día me recibió acariciándome sin piedad, lamiéndome como si llevara toda la vida esperando para hacerlo. Después de este verano sé que “el mar” no es él sino ella, “la mar”, no me cabe la menor duda.

Sí, todo eso me encontré solo porque lo busqué. Cuando empecé las vacaciones no huía, buscaba. Ahora que he vuelto me queda seguir buscando que es de lo que se trata: buscar en lo cotidiano para encontrar razones porque es aquí donde vivo la mayor parte del año.

Merece la pena buscar.


viernes, 9 de agosto de 2013

Ahora me ves..


Hacer magia en una película de magia. Eso es lo que nos presenta el director francés Louis Leterrier (“Transporter”, “Danny the Dog”, “El increíble Hulk”, “Furia de Titanes”) en su último film. Cuanto más cerca lo tienes menos ves el truco, de eso se trata. Por eso no se ve. Tanta cámara y tanto efectismo no nos deja ver el truco que se desvelará muy al final, y aunque tengamos todos los sentidos puestos en intentar desvelar el secreto, difícilmente seremos capaces.
La película nos cuenta la historia de “los cuatro jinetes”, un grupo de magos especialmente seleccionados por un mecenas que no sabemos quién es, o mejor dicho, en muchas partes de la película creemos saberlo pero se nos escurre como agua entre los dedos. El FBI anda tras ellos sin poderlos pillar con las manos en la masa, porque estos grandes magos se dedican a atracar bancos pero no para lucrarse, sino para dejar en evidencia a corruptos hombres de negocios y repartir ese dinero entre el público que asiste a sus representaciones (vamos, una especie de Robbin Hood pero con magia en vez de con arcos y flechas).
Para los que decidan ir a verla, he de decir que se van a encontrar una película muy entretenida, con un ritmo muy alto, con casi ausencia de diálogo (lo justo y necesario para seguir la trama), con buenos efectos especiales y con unos actores que cumplen bien su cometido. En algunos foros tachan a los magos (Woody Harrelson, Jesse Eisenberg, Isla Fisher y DaveFranco) como los más flojos del reparto y a Morgan Freeman y Michael Caine como lo mejor. Yo diría que ninguno está a la altura, pero es que la película no está hecha para eso, así que no busquen lo que no van a encontrar. La película está hecha para lo que está hecha: para entretener, para plantear una trama cuando menos original y para enseñarnos un gran truco que nos lo van a tener que explicar (muy al final) para llegarlo a entender. Así lo pasarán bien, como yo.
Jesse Eisenberg, en un fotograma de la
película (imagen extraída de google images)
Se trata de una especie de tiovivo. La primera parte de la película te parece que controlas la situación, pero luego se desvanece la trama planteada, es decir, a empezar de nuevo. Luego cuando te parece que la tienes, no, no está, se vuelve a desvanecer detrás de una cortina de humo, y vuelta a empezar de nuevo. Cuando crees que tienes el secreto en tus manos, se vuelve a desvanecer, ¡por tercera vez! Y ya no sabes qué pensar. Hasta que aparece la verdad, justo al final.
Retomando lo que dije antes. No le den más vueltas. Es puro entretenimiento. Más que asistir a una película, si van a verla, pagarán la entrada para ver un espectáculo, así que déjense llevar y no la intenten criticar porque no merece más crítica. Véanla y luego a por una cerveza o un tinto de verano.
Buena tarde de cine.





Ficha técnica:

Nombre: Ahora me ves...
Duración: 115 minutos.
Director: Louis Leterrier
Guión: Boaz Yakin, Edward Ricourt y Ed Solomon

miércoles, 7 de agosto de 2013

Lecturas de verano 2013 - 3

Sofi Oksanen





"Al final, Martin Truu se desplomó en su propio jardín mientras observaba con una lupa la hoja de un abedul plateado. Cuando Aliide lo encontró y lo puso boca arriba, reparó en la expresión postrera de su marido. Nunca antes lo había visto sorprendido."


Fragmento extraído de "Purga" 
de Sofi Oksanen


domingo, 4 de agosto de 2013

TRES60

El pasado miércoles tocó cine. Me gustó ir. Me gustó mucho ir porque fuimos un grupo inmenso de buenos amigos. Llenamos las dos últimas filas, las de mejor perspectiva no solo de la pantalla sino del resto de la sala, queríamos ver si había mucha o poca gente, y desde luego que había mucha gente. Nos pusimos todos de acuerdo por una razón: queríamos ver en escena a una joven promesa del cine español, de aquí mismo, de pleno Santa Cruz de Tenerife. Su nombre es Sara Sálamo, y es hija de mi gran amigo Francisco Concepción, alma máter del blog La Esfera Cultural.
He de decir que me sorprendió gratamente TRES60, una película a la que hay que ir a ver sin más pretensión que la de pasar un buen rato. Me gusta ese cine también, y les aseguro que no defraudó mi pretensión porque pasé un buen rato. Una película fresca sin renunciar a un cierto toque de profundidad en la trama que plantea.
La película trata sobre las aventuras de un grupo de jóvenes que forman un improvisado equipo de investigación: Guillermo (Raúl Mérida), Daniela (Sara Sálamo), Mario (Guillermo Estrella) y "Ruso" (Adam Jezierski). Guillermo es un joven surfero y universitario que descubre por casualidad un antiguo carrete fotográfico. Se lo da a revelar a su amiga Daniela y las fotos que obtienen desvelan unas enigmáticas imágenes sobre un antiguo amigo de Guillermo que desapareció de manera misteriosa. Tirando del hilo, Guillermo, su hermano Mario y la joven Daniela van descubriendo una compleja trama que les lleva a una peligrosa situación que quizás llegue a marcar para siempre sus vidas.
La película es un producto atractivo visualmente hablando (buena fotografía y buena banda sonora, desde luego). Es una apuesta de riesgo por parte del director Alejandro Ezcurdia (es su ópera prima) y el guionista Luiso Berdejo porque intentan integrar en un film dirigido al público juvenil, dosis de thriller, suspense, algo de comedia, e incluso un poco de sexo. Difícil de conjugar todo pero el producto final puede decirse que sale airoso. En alguna crítica he podido leer la palabra "formativa", y estoy totalmente de acuerdo. Ayer había entre el público personas de muchas edades e hice una breve encuesta sobre el público juvenil, adolescente y les gustó la película. Les gustó porque habla de amistad ciega, de decisiones que te pueden cambiar la vida para siempre, de compromiso, de lealtad. También habla de querer cambiar una vida aburrida por una aventura apasionante, de decisión, de coraje. Todos esos valores son formativos, y ayer me llevé una grata sorpresa al ver cómo un grupo de jóvenes vieron y sintieron un poco de todo eso.

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Sara Sálamo y Raúl Mérida en un fotograma de la película

Tiene detalles técnicos muy buenos como esa imagen de Guillermo (Raúl Mérida) teniendo una pesadilla que se puede ver a lo largo de la película en la cual intenta salir a flote de las profundidades del mar y cómo esa imagen va transformándose según son sus vivencias a lo largo del film, o también ese desenlace que nos demuestra cómo no todos somos héroes, sino que también podemos llegar a ser villanos, que las personas reaccionamos de manera imprevisible sometidos a situaciones extremas.
Mención aparte tiene el elenco de actores, sobre todo los tres jóvenes Raúl, Sara y el pequeño Guillermo, tres promesas que yo diría que son casi realidades. Raúl lo hizo muy bien, Sara se comió la cámara en cada aparición, mostrando una gran solvencia: ilumina la pantalla en cada fotograma en que aparece y eso habla mucho de ella y del futuro que se le presenta. Y el pequeño Guillermo no deja de sorprender: si sigue así y no se queda en el camino, será un buen actor sin duda.
Yo la recomiendo. Pueden ir con sus hijos adolescentes, les irá bien, habrá tema de conversación después. Claro que no es una superproducción, pero es para hacer una  pre y post-película. Me gustan los post-películas. El pasado miércoles tuvimos un buen post-película acompañado de helado y les aseguro que fue extenso y grato: el helado se me derritió en una tertulia en compañía del calor de la amistad.



 Ficha técnica:
Título: TRES60
Año: 2013
Director: Alejandro Ezcurdia
Guión: Luiso Bermejo
Interpretes: Raúl Mérida, Sara Sálamo, Guillermo Estrella, Adam Jezierski, Geraldine Chaplin
web oficial: http://www.tres60lapelicula.com/

jueves, 1 de agosto de 2013

Lecturas de verano del 2013 - 2

"... El amor en que intervienen tres es un problema y el humo que se eleva de esa hoguera se llama celos. Si es con cuatro personas es dos veces celos o sea recelo. Los maridos celosos suelen cumplir su vueltita de vigilancia y entonces los amantes se esconden entre las ramas, pero siempre hay un ratón que los delata.
     A veces el amor y el odio se dan la mano, pero eso sólo ocurre en la televisión.
     El desamor es un amor caído, un viudo de la pasión y sólo se reincorpora cuando otro amor le miente que lo ama. Y cuando al fin queda de nuevo viudo de amor, se resigna a escribir un ensayo con el título: <<Formas ancestrales del relajo y la melancolía>>."

Extraído del libro "Vivir adrede" de 
Mario Benedetti

lunes, 29 de julio de 2013

El carcelero de las palabras



Ramiro pospone sus conversaciones: mañana se lo digo. Pero Ramiro no tiene mañana porque siempre vive en ayer. Con su silencio y sus quiebros en la conversación, llena su existencia de cuentas pendientes, de dudas por resolver, y las archiva en su memoria de rencores y propuestas de amor encarceladas. Ramiro no habla claro, más bien no habla, y de sus silencios se extienden gruesas cuerdas que lo amarran al pasado, al presente, y su vida se acaba ahí, en el límite de la nada, porque no hay futuro que exista si no hay coraje para inventarlo. Su vocación de carcelero de palabras llena su vida de actos provisionales, casuales y también causales. Una vida al ritmo de los hechos justificados en el malentendido, mientras sus interlocutores se escudan satisfechos en sus bienentendidos. Ramiro no dice lo que quiere decir, tamiza las palabras para quedar bien con todos o mal con nadie, con nadie salvo con él, el único al que nunca debió engañar. Así sus frases cada día son más mudas, hechas para ser escuchadas por los sordos. Ramiro, en definitiva, vive al rebufo de su suerte, apoltronado en el mudo vacío de su existencia, diciéndose cada día esto es lo que me ha tocado vivir.

viernes, 26 de julio de 2013

Y como colofón: Branford Marsalis

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Branford Marsalis
(Imagen extraída de google images)
Ya sabía que era bueno, pero no podía imaginar que lo fuera tanto, que su directo fuera tan sobradamente lleno de calidad. Elegante, enérgico, empastado,... Sin protagonismos, él era la estrella, pero brilló más por su generosidad con el grupo que por su virtuosismo que también lo tiene. Branford Marsalis salía a escena, se ponía al frente del grupo para deleitarnos con su saxo tenor o la melodía de su soprano, un sonido potente, único, ejecutado con aparente facilidad. Luego daba dos pasos hacia atrás y se sentaba a escuchar en penumbras cómo se vaciaba Joey Calderazzo arpegiando al piano (qué magistral improvisación sobre el clásico "cheek to cheek" aguantando un último compás sin dejarlo acabar: de genio). Tampoco me puedo olvidar de ese batería, Justin Faulkner: de lo mejor que he visto en un escenario, espectacular, y por supuesto el bajista, Eric Revis, elegante, sobrio, solvente, buen improvisador: un corazón latiendo para dar vida a la banda. Y Marsalis salía y se retiraba, aparecía y luego se daba un paseo por el fondo del escenario. Con las manos en los bolsillos, en meditación, asintiendo, hablando con la banda, mirando al cielo, disfrutando, para luego decirnos "cómo les iba diciendo..." y cogía el saxofón y vaya si "nos seguía diciendo": nos dijo muchas cosas, todavía guardo el eco de sus notas.
Otro año, gracias a la voluntad de los patrocinadores, salió una edición más del festival de Jazz&Más Heineken que este año cumplía su XXI edición y que esperamos poder seguir disfrutando en próximas ediciones, con esta calidad, con este lujo de artistas.
Les dejo con uno de los temas que interpretó el pasado martes día 23 en el Auditorio de Tenerife, llamado Teo. Vean qué manera de improvisar, qué diálogo con el batería hacia el final,... Muy parecido a lo que pudimos ver el martes pasado los que tuvimos la suerte de estar allí.


Les invito a escuchar el último trabajo "Four MFs Playin' Tunes" en la sección "te sugiero que escuches..." de este blog: Soberbio.

miércoles, 24 de julio de 2013

Lecturas de verano del 2013 - 1

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Cuentos de la Alhambra



... Nunca conocí a ningún español, sea cual fuere su clase o condición, que tolere el ser superado en cortesía por Otro; y para el español corriente el regalo de un cigarro puro es irresistible. A pesar de todo, hay que procurar no ofrecerle nunca nada con aire de superioridad o condescendencia: él es demasiado caballero para aceptar obsequios a costa de su dignidad.



Extraído de "Cuentos de la Alhambra" 
de  Washington Irving

lunes, 22 de julio de 2013

Sin miedo a soñar.


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Llevaba tiempo sin soñar. Un día me dijeron que todas las noches soñamos, pero que los sueños no se recuerdan porque hay una especie de mente censuradora que le dice a nuestro inconsciente que no, que no está bien que sueñes eso, que tienes que olvidarte cuanto antes, ¡ya mismo! 
Llevaba tiempo sin soñar. Por más que intentaba recordar mis sueños no podía, no era capaz, esa mente censuradora siempre estaba al acecho para imponer su censura. Sin sueños que recordar mi vida se volvió anodina, llena de inseguridades y silencios. Anoche todo cambió sin planearlo después de haber hablado contigo hasta que nuestros ojos se cerraron. Nos dijimos tantas cosas, sin interferencias ni premuras, sin relojes en la pared, sin luces o penumbras que marcaran el final de la noche o el principio del día. Tenía hambre de hablar, ansias de ser escuchado, de escucharte, ganas de palpar la esencia de nuestra presencia, del por qué compartimos este espacio.
Anoche todo cambió y recuerdo mi sueño, un sueño en el que me sentía libre para hablar. 
A partir de ahora, sé que cerraré los ojos y callará la censura. No tengo miedo a soñar.

viernes, 19 de julio de 2013

Snarky Puppy, la madurez del joven

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Snarky Puppy en directo
Anoche fui con mi amigo Manolo al Teatro Leal en La Laguna a escuchar a uno de los mejores grupos de jazz que he visto sobre un escenario. Se trata de un grupo distinto. Trasciende el jazz más puro y se va a lo sinfónico, a una mezcla de estilos, a una cuidada estética instrumental. Al salir del teatro caminando por la calle la Carrera, los dos no decíamos otra cosa que ¡qué buenos estos tíos!
Los Snarky Puppy son una formación que viene desde Denton, Texas. Surgieron en 2004 como un proyecto experimental que tuvo sus raíces en estudiantes de la Universidad de Noth Texas. Son siete sus miembros liderados por el bajista, guitarrista, compositor y arreglista Michael League. Él es el pulmón y el cerebro de la banda, en el centro del escenario, tocando el bajo como un instrumento más bien melódico, casi una guitarra, llevando en muchos momentos de la actuación el tema principal y moviendo al resto de miembros de la orquesta con su cuerpo y sus gestos, dando la sensación en algunos momentos de que era un marionetista poniendo a tocar a sus marionetas.
Snarky Puppy nos ofreció temas donde la nota predominante era la extraordinaria sencillez del tema principal, pero dotado de una estructura rítmica e instrumental de gran complejidad técnica, llenando la sala con un ritmo potente que provenía de la fuerza y coordinación de sus dos secciones rítmicas y de una base a modo de sólido colchón de su organista y trompetista (primera vez que veo esas dos personas en una en un escenario). Sobre esta estructura irrumpían los metales (saxo tenor y trompeta) y la guitarra para cerrar el círculo con unas improvisaciones sin mucha notoriedad ni protagonismo: Snarky Puppy no toca temas para lucimientos personales sino para que brille el conjunto.
A pesar de la juventud de sus miembros, su música es muy madura. Les recomiendo que los sigan en su website, y que escuchen alguno de sus discos. Yo ya he colgado uno aquí en el blog en la sección de "te sugiero que escuches..."; se trata de su último trabajo "groundUP", del cual pudimos escuchar muchos temas anoche. Aquí estará disponible para ser escuchado durante algún tiempo: no me canso de oírlo.

Aquí les dejo también una grabación de uno de los temas que más me gustaron anoche: Quarter Master, también incluido en su álbum GroundUP: Ritmo frenético.