jueves, 25 de agosto de 2016

La casa de las bellas durmientes - Yasunari Kawabata

Título: La casa de las bellas durmientes
Autor: Yasunari Kawabata
Edit: Caralt (Trad.: Pilar Giralt)
ISBN: 84-217-2608-0
PVP: 9,50 € (en Agapea)
Me imagino al viejo Yasunari, a sus 63 años recién cumplidos, viendo publicada su novela número diez, Nemeru Bijo o La casa de las bellas durmientes, con esa mirada perdida vestida de nostalgia que se cuela a través del humo que poco a poco consume un cigarro atrapado entre sus dedos de escritor. Me lo imagino así porque La casa de las bellas durmientes tiene un toque de balance de vida, de mirada hacia atrás en ese punto de la existencia donde intuyes que no queda mucho futuro por vivir.

Hay mucho de autobiográfico en esta obra de Yasunari Kawabata (14 de junio 1899, Osaka-Japón-16 abril 1972, Zushi-Japón). Sin ser su obra más notable (gozaron de más fama País de nieve o La bailarina de Izu, por ejemplo), La casa de las bellas durmientes fue dada a conocer gracias a unas declaraciones de Gabriel García Márquez en las que dijo que era la única obra japonesa que le hubiera gustado escribir. La leyó veinte años después de haber sido publicada, y sirvió de inspiración, no solo para su obra Memoria de mis putas tristes (2004) sino también para encontrar ciertas pistas sobre el comportamiento sexual en los ancianos a la hora de escribir El amor en lostiempos del cólera (1985) e incluso para su pequeño cuento El avión de la bella durmiente (leer aquí) incluido en su obra Doce cuentos peregrinos (1992), y en el cual hace clara referencia a la obra de Yasunari.
También sirvió de inspiración a una película australiana del año 2011, Sleeping Beauty, escrita y dirigida por Julia Leigh, que al parecer pasó con mucha más pena que gloria por algunos festivales como Cannes o Sitges.
Sinopsis:
Yasunari Kawabata (foto extraída de Google Images)

El viejo Eguchi, a través de su amigo Kiga, conoce de la existencia de una casa donde acudir a yacer al lado de mujeres jóvenes y vírgenes, que están profundamente dormidas gracias a una droga que les suministra la mujer que regenta la casa. Eguchi acude allí en cinco ocasiones a lo largo de la obra, siempre para dormir al lado de una chica diferente cada noche, salvo en el último capítulo en cuyo caso duerme con dos a la vez. Seis chicas a las cuales Eguchi “no debía hacer nada de mal gusto”, según las normas impuestas por la señora que regenta la posada.

La casa de las bellas durmientes yo lo percibo como un libro críptico, que nos habla más del autor de lo que pudiera parecer. La edad del anciano Eguchi (67 años), está muy próxima a la del autor cuando publica la obra (62). El escritor padecía de un insomnio crónico por lo que es probable que ese personaje que acude cada noche a dormir profundamente al lado de una chica joven de piel cálida, pueda ser una expresión literaria de sus propios deseos. Incluso, en el capítulo final, uno de los recuerdos que le asalta es el de la muerte de su madre, que muere de tuberculosis. El padre (no la madre) de Kawabata, muere de tuberculosis. Yo, como no creo en las casualidades, veo similitudes, y las hay, no me cabe la menor duda.
Luego está lo otro, lo referente a de qué nos habla Yasunari en su libro. Cada chica tiene algo, un labio que tiñe, una piel que roza, olores distintos, sobre todo olores. Todo en el libro es sensación, sensualidad, sexualidad. A través de esas sensaciones hay conexiones con recuerdos y vivencias, cuentas pendientes, caminos no recorridos, quién sabe si por miedo a no haberlos recorrido, lo cual es el germen mismo del arrepentimiento. Todos estos miedos son los que juegan en contra del sueño plácido, porque dormir, para quien tiene cuentas pendientes, es enfrentarse a los miedos:
…”la noche ofrece sapos, perros negros y cadáveres de ahogados”. Era un verso que Eguchi no podía olvidar. Al recordarlo ahora se preguntó si la mujer dormida –no, narcotizada- de la habitación contigua podría ser como el cadáver de un ahogado, y vaciló un poco en acudir a su lado…
El estilo de escritura de Yasunari es diáfano, un estilo poco recargado pero que a su vez deja rastros pleno de sensaciones en el lector. Esto lo logra a través de su carácter descriptivo y también desde ese establecimiento de conexiones imagen-recuerdo-sentido. Hay imágenes que siempre están presentes, en cada capítulo sin excepción, como para no dejar escapar al lector de esas cuatro paredes: el color y la luz de las cortinas que tiñen de rojo la habitación no es casual, se trata de una permanente conexión con la muerte. El té, que muchas veces toma reposado, algo frío, para luego entrar en calor con la manta eléctrica, salvo en el último capítulo que lo toma caliente (tampoco es casual), y ese romper olas contra el acantilado, que golpean tanto más fuerte cuanto más fuerte late su corazón y el de las chicas cuando se agitan en su sueño. La secuencia de capítulos es secuencia de vida, desde los recuerdos de olor a leche que le trae la primera de las chicas al recuerdo de la muerte de su madre en el último de los capítulos. En medio, la boda de su hija o los recuerdos de sus infidelidades. Un juicio a su vida en toda regla.
Por eso cala tanto su escritura y nos invita a acudir con él cada noche, a la casa de las bellas durmientes, a intentar conciliar el sueño.

viernes, 19 de agosto de 2016

Taborno


Taborno. Llegué a Taborno (Foto: N. Lorenzo)
Un consejo que me dieron hace tiempo: cada año tienes que visitar un lugar en el que nunca hayas estado. Siguiendo con mi propósito de no moverme de Canarias este año tal como comenté no hace mucho tiempo por aquí, me fui al mapa y vi un nombre guanche: Taborno. Me di cuenta que no había estado nunca allí a pesar de estar tan cerca, y que seguro que  sería un buen lugar para conocer, y nos calzamos las botas y fuimos a Taborno, andando, como lo hacían hasta no hace mucho las gentes de ese lugar y sus alrededores. Nos dijo una señora que allí nos encontramos, que hará unos cincuenta o sesenta años que hicieron la carretera que llega hasta el caserío. Antes, si querías trabajar en “la ciudad” o ir a comprar unas aspirinas, tenías que recorrer un sendero entre helechos y laureles, cuesta arriba, hasta llegar a la parada de la guagua, un sendero de más de dos horas de recorrido. Por suerte nosotros lo hicimos cuesta abajo sin intención de desandar lo andado. La señora allí seguía, después de mucho pateo por esos montes, vivita y coleando y con cara saludable. No supo precisarme cuántos vecinos había en Taborno. Decía que unos cincuenta o más, “sin contar los muertos” (me hizo gracia su ironía).
Otra señora con batín de andar por casa que encontramos camino de la ermita, no recordaba a bote pronto cuándo había venido la doctora. Al momento cayó en la cuenta: “¡ayer, vino ayer!”, nos dijo con contentura de haber hecho memoria, para luego decirnos que le tocaba venir ahora dentro de cuatro semanas. ¡Un mes! No supe qué decir, sólo se me ocurrió que bueno, que los médicos mientras más lejos mejor, que aquí seguro que la gente no necesitaba tanto médico, que aquí se vivía muy sano. “Y tranquilos” me apuntilló con una sonrisa.
Una de las cabras de El Cabrero (foto MA Brito)
Me gustó Taborno. Me gustó mucho. Un caserío amarrado a una cresta escarpada, con barrancos a diestra y siniestra, donde no queda otra que caminar de frente hasta toparte con el roque que marca el final del camino. Ese roque de Taborno me pareció un gigantesco punto y final cuando me puse frente a él. Camino del roque nos encontramos con un hombre al que sólo le quedaba un diente haciendo funambulismo por detrás de su labio superior. Nos saludó y nos dijo una frase de esas a las que se echa mano para entablar conversación: “buen día para dar un paseo” (con el calor que pegaba a las tres de la tarde…). Hacía un rato lo habíamos escuchado a lo lejos reprender al gato (seguro porque habría hecho alguna perrería). Nos dijo que iba a llevarse las cabras a pastar a la fresca, por detrás del roque. Le pregunté cuántas cabras tenía y no me supo precisar: Debe ser un rasgo de las gentes de Taborno el no contarse ni contar, pensé. De todas formas las cabras, me dijo, no eran de él sino de El Cabrero. Me llamó mucho la atención esa figura: El Cabrero. Lo dijo en ese tono como quien dice El Alcalde o El Señor Director del Banco. Le estaba haciendo un favor ya que El Cabrero había tenido que ir a la Laguna a resolver unos asuntos y no volvía hasta la tarde. Compañero que era el hombre: hoy por ti que mañana será por nosotros, esa manera de pensar que tanto echamos de menos a una hora de distancia de Taborno.
Ya de vuelta vino a acompañarnos a la parada de la guagua una madre con su pequeña. Mientras esperábamos a que llegara, nos dijo que conducía cuarenta y cinco minutos todos los días para llevarla al colegio, siempre que no tuviera el coche averiado. Ella prefería que fuera a clases al colegio de Las Mercedes, a pesar de que estuviera más lejos, que a la unitaria de Las Carboneras que está apenas a quince minutos, que eso de niños mezclados de distintas edades y conocimiento no lo veía nada bien, que ella quería que su pequeña no tuviera problemas para cuando fuera al instituto ni para cuando estudiara la carrera. Sueños de que volara tenía la madre para su pequeña, sueños de que saltara por encima del Roque de Taborno y que en vez de punto y final fuera un punto y seguido, y que llegara más lejos de lo que pudo ella llegar, por detrás de los roques de Anaga, lejos, muy lejos. “Esa es la mejor herencia que le puede dejar”, le dije. Ella asintió con la cabeza; en silencio.

Caserío de Taborno con el Roque de Taborno al fondo (Foto: MA Brito)


El Roque de Taborno, ese gran "punto y final" (Foto: MA Brito)

Espectacular vista del mar desde Taborno

Hay muchas especies vegetales que sorprenden por sus formas. Helecho (Foto MA Brito)

Secos (Foto: MA Brito)

La explosión del Drago. Drago en la plaza de Taborno (Foto: MA Brito)

Descanso. (Foto MA Brito)
 

lunes, 8 de agosto de 2016

Al norte de abril - Claudio Colina





Acabo de terminar de leer la última obra de Claudio Colina, Al norte de abril. Se trata de un libro de relatos de viaje algo atípico a lo que estamos acostumbrados a leer. A veces los relatos de viaje (tanto por la vía escrita como por la oral) inevitablemente derivan en crónicas descriptivas y largas, porque es muy difícil para el viajero comprimir en unas pocas líneas un instante, y sobre todo elegir, de entre las múltiples situaciones que se nos presentan, aquella que merece el honor de ser la inmortal, la que nunca debe desaparecer de la memoria.
Al norte de abril se trata de una crónica de viajes, el físico y el metafísico que siempre van de la mano, porque cada imagen o situación se convierte en vivencia. Él nos decía en su presentación que había algo o mucho de realidad en cada relato, quizás por eso suene tan poco a ficción cuando se lee, quizás por eso nos tocan y señalan sus líneas a modo de cartografía existencial.
 Claudio Colina, autor de Al norte de abril


A pesar de los saltos temporales y espaciales, nunca faltan algunos elementos comunes en sus relatos: la globalización como marca de nuestra sociedad actual, y que sirve de estímulo en el autor para intentar escapar de ella y buscar sentirse único, original, el "raro" entre los clones que habitan en el planeta. También los bares o cafeterías, puntos de encuentro, puntos de soledad, lugares donde hacer la pausa, esa parada necesaria para recapitular, recuperar fuerzas y seguir andando... y por qué no, beber. Esos elementos comunes nos conectan con el autor, a pesar de que cada personaje/narrador parece distinto, ¿o no?
Ángeles Jiménez fue la encargada de presentar la obra (aquí pueden leer su presentación), y de ella dijo que se trataba de un libro de relatos que definió como “afilados”. También en la contraportada del libro, se define el estilo de Claudio como un estilo “afilado y brillante”. Afilado es una palabra que define muy bien la obra. Afilado por su estilo de escritura, donde con frecuencia recurre a la ironía y a los dobles sentidos para arrancar una sonrisa en el lector. Afilado también por la estructura de los relatos: Son relatos de no más de tres páginas que siempre comienzan con una frase que introduce rápidamente al lector, sin preámbulos, y con finales cerrados, nada de dejar espacios abiertos para la prolongación de la estancia del viajero ni para la reflexión póstuma sobre el relato: Es como si se cerraran y abrieran puertas cada tres páginas, con sensaciones distintas, llenas de contrastes entre sí, como esos cruceros donde te acuestas en Nápoles y te despiertas en Túnez. Por eso se pueden leer secuencial o desordenadamente, el efecto será el mismo.
Yo recomiendo su lectura a pequeñas dosis, dedicando a cada relato el tiempo necesario para saborear el contenido, y sobre todo no bajarse del avión, del coche o del tren en marcha porque las consecuencias pueden ser irreparables.


Ángeles Jiménez y Claudio Colina durante un momento de la presentación