domingo, 31 de julio de 2016

Conversaciones de verano


Días contados. Llevo cinco días solo, cinco días de vacaciones. Miro a mi alrededor. Estoy sentado junto a mi lugar de trabajo, a escaso metro y medio de mi despacho, y lo veo tan lejos que no lo puedo alcanzar por mucho que estire mis brazos y los dedos. Me caería si lo intentara. Ayer, mi hijo y yo, jugábamos a calcular el hondo de una piscina haciendo medidas indirectas en base a lo largo de nuestros cuerpos tocando el fondo con los pies y estirando los brazos hasta tocar el aire con la punta de los dedos. “Creo que son dos metros y medio, papá”, “puede ser, le contesté”. Conversaciones profundas, como veis, conversaciones de verano. Hablamos de más cosas, pero esta conversación se me quedó clavada, no sé muy bien por qué. Quizás sea porque me percaté ayer de que está casi tan alto como yo. ¿Dónde he estado todo este tiempo? Supongo que trabajando.

Juegos a trasluz - Fotografía: Miguel A. Brito

Las vacaciones van de eso, de distancias, pero no sólo de poner tierra de por medio entre nosotros y el trabajo, sino de poner poca o casi nada de distancia entre nosotros y nosotros. Algunos compran esa distancia a golpe de tarjeta, otros, los más acertados, la compran a golpe de vivencias aunque esto no les cueste ni un euro. El gran error está en pensar que sólo disfrutan de vacaciones aquellos que tengan dinero suficiente para poder pagárselas, y no puedo negar que me atrae mucho estar estos días en Zanzíbar (sin ir más lejos) y no a metro y medio de mi despacho, pero créanme, no va de distancias geométricas o geográficas las vacaciones: no estamos hablando de geo-vacaciones, aquí se trata de tener ocio, lo contrario del neg-ocio, que como veis, etimológicamente hablando, es una palabra que surge desde la negación al descanso. Si sentimos que necesitamos más dinero del que ganamos para alejarnos del trabajo comprando millas náuticas, es para hacérnoslo mirar (lo del trabajo, digo).
 Descansar, que no vegetar. No nos confundamos, porque hay quién también concibe las vacaciones, después de un embarazo de once meses -de trabajo-, como un efímero retoño de un mes de botadera como llamamos por aquí. Es como entrar en encefalograma plano, en estado de hibernación a 35 grados, durmiendo con los ojos entreabiertos, fijos en el horizonte del mar o en la pantalla de la televisión o del smartphone de turno. El despertar al trabajo treinta días después es brusco. El retoño, ese mes de botadera que hemos engendrado y criado con el sudor de nuestra frente, muere de muerte súbita, sin remedio. De él nada queda, ni tan siquiera una foto que lo represente, porque las fotos que quedan son fotos sin alma, atardeceres como todos los atardeceres, cañas sobre una mesa que puede ser cualquier mesa, expresiones fingidas, caretas carentes de toda vivencia existencial. Pronto quedarán olvidadas y no seremos capaces de recordar la fecha en que la hicimos, a qué olía el instante, o si la cerveza estaba fría o caliente. No gastar no debe significar no invertir, en nosotros.
No hace falta mucho dinero para disfrutar de las vacaciones. No hace falta mucho dinero para comprar momentos o lugares. No hace falta dinero para llenarnos de experiencias. Sólo hace falta abrir bien los ojos y no tenerlos entreabiertos, y no vestir de pereza el ocio, no sea que nos hagamos perez-ocios en plenas vacaciones, que es tanto o peor que ser perezosos en el trabajo.
Zanzíbar está bien, pero un día de piscina también. Todo depende de lo que necesitemos y lo que nos podamos permitir para estar lejos del trabajo y cerca de nosotros, si coger un avión, o tener el trabajo a metro y medio, justo más allá de la frontera de nuestros dedos.