lunes, 10 de noviembre de 2014

La Paz de los Vencidos - Jorge E. Benavides

Libro: La Paz de los vencidos
Autor: Jorge E. Benavides
Editorial: Nocturna Ediciones S.L.
ISBN: 978-84-939750-8-1
Págs: 215
pvp: 14,25 € en Agapea. También
disponible en versión Kindle a 6,64 €
Asistí a un “curso de novela” con Jorge Eduardo Benavides en la Escuela Canaria de Creación Literaria, un curso de apenas una semana, pero que me sirvió para abrirme los ojos sobre el oficio de escritor, que no hobby como lo entienden algunos, como lo entendía entonces. Tenía una asignatura pendiente con él, con Jorge Eduardo. Este año pude saldar por fin esa deuda de escritor y elegí éste libro, “La Paz de los vencidos” como manera de acercarme a su escritura.

Cuento una anécdota de aquel curso: Nos preguntaba dónde ambientaríamos nuestro proyecto literario. Todos competíamos a proponer el escenario más exótico o extraño para dar vida a nuestros personajes. Él nos escuchaba y en un momento dado nos interrumpió y nos preguntó: ¿por qué no aquí, en La Laguna? Nos quedamos mudos, sin saber qué contestar. Yo me dije que cómo iba a escribir sobre un lugar tan común para mí. Y él, como si me hubiera escuchado, dijo que no hay mejor lugar para escribir que los lugares comunes, los que más conocemos, y que en cada rincón se encuentran historias lo que pasa es que hay que buscarlas. Cambié desde entonces mi manera de relacionarme con mi entorno y confieso que mis ojos desde aquel día no miran igual lo que me rodea.

Jorge Eduardo Benavides, pasó aquí en Tenerife una buena temporada, unos 10 años entre 1990 y 2000 si no recuerdo mal (la fecha es lo de menos, el caso es que estuvo por aquí). De aquellas vivencias, seguro que se nutrió para traernos esta Paz de los Vencidos, por eso he conectado tanto con la novela. Su lectura me ha parecido un paseo con el protagonista por esos sitios comunes, comunes para ambos. Las mismas calles que transito, los mismos bares en los que he bebido (y sigo bebiendo), las mismas sensaciones de aquellos años de la despedida del siglo pasado: yo también he sentido más de una vez esa sensación de paz en la derrota.

Jorge E. Benavides, autor de La Paz de los Vencidos
(imagen extraída de Google images)
La Paz de los Vencidos está escrito en modo de diario fechado. Es el diario de un peruano afincado en Tenerife, un extraño de lo que le rodea. Viene a buscarse la vida como muchos, con un título sin convalidar (y poco le importa), trabajando para un jefe sin miramientos, que le pone la espada de Damocles desde el primer día. Personajes, pocos, pero ¡qué personajes!: un profesor sin alumnos, acabado; una ludópata y su hija preocupada; un músico de jazz, viejo amigo, y la novia de éste que anda sin saber lo que quiere ni en qué lugar buscarlo; un escritor con la obligación de triunfar más por lo que los demás esperan de él que por él mismo, y Carolina, una relación pasada, una sombra en su vida siempre presente desde la ausencia.

La novela de Benavides tiene muchas virtudes y pocos defectos. Fue merecedora del XII Premio de novela corta Julio Ramón Ribeyro y entiendo por qué. Es una novela que navega en el terreno de la reflexión y que no deja nada al azar, es un ejercicio robusto, Jorge no da puntadas sin hilo. Los personajes no están puestos al azar. La Paz de los vencidos es un devenir de personas en búsqueda continua de sentidos en sus vidas, ciegos dando palos. El protagonista es uno más de ellos. Los días pasan sin que nada pase porque todo se mueve y sin embargo también todo es dramáticamente estático. Dice en uno de sus pasajes:

“…como si la tristeza o la melancolía que me había provocado su ausencia hubiera eclosionado con toda su insoportable nitidez en aquel momento, dejándome ese alivio terrible del que sabe ya por fin que no hay esperanza y eso, que es espantoso, también tiene un lado bueno, porque significa que cualquier lucha, ahora sí, es estéril e infructuosa y viene el abandono, la extraña paz del vencido.”


Suerte que ocurren cosas y que un hecho inesperado nos puede encender la llama de la voluntad de vencer y dar el paso: Sólo hay que estar atento a las señales.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Ida Susal: Mamihlapinatapai

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Carátula del disco
(Imagen extraída de Google Images)

Anoche sentí un impulso inesperado de ir a Tejina, al Teatro Unión a escuchar música. Llegué tarde –me costó aparcar, ni que fuera Madrid- pero por suerte se retrasó el comienzo: me estaba esperando. Me senté, mi corazón latía con fuerza desbocado por culpa de las prisas en llegar. Casi al sentarme se apagaron las luces y empezó a sonar el dum dum de un bajo, una serie de sístoles y diástoles para abrir el concierto. Poco a poco mi corazón se acompasó, se tranquilizó con ese ritmo pausado. La canción, como no podía llamarse de otra manera, se llamaba ‘Sentidos’. Ahí empezó todo: Un concierto para dejarse llevar.

Ida Susal es el proyecto musical de la cantante Julia Botanz. Ella nos presentaba anoche su primer trabajo discográfico llamado caraAcaraB. Los que han invertido su dinero en este proyecto que nació como unapropuesta de crowfunding pueden estar satisfechos. Julia ha realizado un trabajo de mucha calidad en las canciones y de gran acabado, recuperando el gusto por el CD Objeto, porque es CD y libro ilustrado a su vez, y siguiendo las claves del libro se paladean mucho mejor las canciones. Todas las canciones son originales y compuestas por ella. Se nota un gran trabajo detrás.

CaraAcaraB, está dividido en dos partes, la CaraA y la CaraB, con doce canciones más un ‘Contratiempo’ que es otra canción: También esa nos la cantó anoche. Bueno, hubo sorpresa, porque fueron trece las que cantó. Cantó también la del cambio de tercio, de la cara A a la cara B, pero esa la cantamos todos. Ella en el patio de butacas con su guitarra y el público, ellos, yo, improvisando sobre su base rítmica, con la voz, con las palmas. Esa canción sólo la pudimos escuchar y cantar los que estuvimos allí y no será igual en ninguna parte, porque esa canción es sólo nuestra, de los que allí estábamos: ella nos la regaló. Como espectador me sentí protagonista por una noche: con Julia Botanz esas cosas son posibles.
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Julia Botanz, vocalista del grupo Ida Susal
(Imagen extraída de Google Images)

Cada canción del disco es una historia, una historia pegada a la tierra, a lo cotidiano, a las cosas sencillas que nos pasan que pueden ser grandes si queremos que lo sean. Un brindis con el vaso medio lleno, una maceta de orégano huérfana, una luz que desaparece, un capitulito, un mapa de lunares en la espalda,.. todo en nosotros es una historia. Julia acompaña sus canciones con sonidos cotidianos, que puestos en su lugar se convierten en música. Por eso se sienten tan cercanos sus temas. Música plagada de optimismo para momentos plagados de incertidumbre, invitando a la acción, al inconformismo activo, a querer cambiar lo que nos rodea. Si queremos podemos, claro que sí.


Ayer ella me enseñó la palabra más concreta del mundo: Mamihlapinatapai. Esta palabra, que usan los indígenas yámanas de Tierra del fuego, viene a describir ese momento en que dos personas se miran y cada uno espera a que el otro comience una acción que ambos desean pero que ninguno se anima a iniciar, es algo así como conectar con el otro. Así hizo Julia que vibrara el teatro anoche, con ese Mamihlapinatapai que llenó la sala y que nos envolvió para acompañar sus canciones, que nos hizo brindar con copas medio llenas de vino. La botella se acabó y volví a mi casa, con el CD bajo el brazo y un sabor a labios musicales en la boca: el de los muchos artistas que compartieron su copa conmigo. 

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Momento de la actuación de anoche de Ida Susal
(Fotografía: Miguel A. Brito)