martes, 25 de octubre de 2011

Oscurece en Edimburgo.

Hace una semana que acabé de leer Oscurece en Edimburgo, un libro que se posó en mis manos un día siete de mayo (casualidades, siete de mayo, siete plumas, siete manos,...) en la Plaza de San Telmo, en Las Palmas de Gran Canaria. Ese día tuve la dicha de acudir a su presentación y conocer a algunos de sus escritores.
Oscurece en Edimburgo tiene varias cosas que la hacen atípica dentro de las novelas que he leído. No podía ser de otra manera. Siete manos, siete cabezas, siete escritores que no se conocían entre ellos. No había un plan preestablecido, un guión. El resultado, por tanto, es puro proceso creativo de tal forma que las ideas se plasmaban tal cual se iban hilvanando en las mentes de sus creadores y se iban volcando en el blog 7 plumas. Eso se nota en los primeros capítulos donde se aprecian pasos algo titubeantes, puertas abiertas, donde la historia podía tomar rumbos diferentes y que poco a poco van convergiendo tomando una dirección que, pensando en perspectiva, era muy difícil de predecir al principio de su lectura. Es un ejercicio donde los siete autores (Francisco Concepción, Anabel Consejo, Inma Vinuesa, Ana Joyanes, Dácil Martín, Amando Carabias y Marcos Alonso), lejos de llevar la historia por donde probablemente les hubiera gustado a título personal, supieron renunciar a sus gustos y, con respeto hacia los demás y espíritu solidario anteponiendo el resultado a ningún tipo de personalismos, culminaron la obra de un modo muy solvente.
Hay muchas cosas que destacar. Por un lado, no hay descanso en la lectura. En cada capítulo se suceden situaciones que son narradas con mucha intensidad. También los personajes, redondos, bien caracterizados, que se van modelando conforme avanzamos en la lectura de tal forma que al final no parecen lo que eran al principio.
Un consejo: si deciden perderse por las calles de Edimburgo no lo dejen de leer para luego retomarlo. El ritmo frenético y la trama no lo permiten, y luego cuesta volver a encontrar el camino. Lo mejor es leerlo "del tirón". Es la mejor manera de disfrutarlo.
Les recomiendo su lectura.

Libro: Oscurece en Edimburgo
Autores: Inmaculada Vinuesa, Dácil Martín, Amando Carabias, Francisco Concepción, Ana Joyanes, Anabel Consejo, Marcos Alonso.
Páginas: 341
ISBN: 978-84-614-8705-9

viernes, 14 de octubre de 2011

Generación 21: nuevos novelistas canarios.

Canarias, tan perdida en el Atlántico, tan olvidada de otras tierras en su historia. Lugar, solo conocida durante años, por el olor a aceite de coco en sus playas o por ser el destierro de los contrarios (si no que se lo pregunten al bueno de Unamuno). Poetas, escritores, pintores o músicos viéndose obligados a viajar a ultramar para hacerse oir, porque aquí no había quien viniera a escucharlos como ellos se merecían.
Todo esto cambia como tiene que cambiarse: construyendo desde dentro, con la firme convicción de que en Canarias hay artistas lo suficientemente buenos como para que los vengan a buscar, los vengan a oír, los vengan a leer, y librándonos de esta manera de ese isloteñismo atenazante.
Generación 21: nuevos novelistas canarios, es solo un aperitivo. Un exquisito repaso por la calidad literaria emergente en Canarias a través de doce relatos cortos. Leyendo a estos autores, siento que este siglo XXI estará lleno de muy buena narrativa hecha en Canarias. Víctor Álamo (estimado profesor), Víctor Conde, José Luis Correa, David Galloway, Santiago Gil, Cristo Hernández, Javier Hernández, Álvaro Marcos, Pablo Martín, Nicolás Melini, Alexis Ravelo y Anelio Rodríguez, doce autores que nos dan a beber, cada uno, un pequeño sorbo de su exquisita cosecha. Les aseguro que no ha habido uno solo de sus relatos que no me haya gustado, y eso es difícil que ocurra en un libro de relatos. Buscando el porqué del efecto, encontré la respuesta: cada uno me ha invitado a seguirlo leyendo dejándome su tarjeta de visita. Cada relato es una invitación a sumergirme en sus novelas, proyectos más extensos, más elaborados. ¡Y hay tanto donde elegir! Narrativa de todos los géneros, desde novela negra a ciencia ficción, desde el erotismo a la novela social, lugares míticos, inventados, y lugares comunes.  Tal como nos comenta Anghel Morales, el editor de esta obra, desde los años setenta no se daba en Canarias la eclosión de una nueva generación de novelistas. 
Les invito a disfrutarlo. Les invito a leer en canario.

Libro: Generación 21: nuevos novelistas canarios.
Autores: Víctor Álamo de la Rosa, Víctor Conde, José Luis Correa, David Galloway, Santiago Gil, Cristo Hernández Morales, Javier Hernández Velázquez, Álvaro Marcos Arvelo, Pablo Martín Carbajal, Nicolás Melini, Alexis Ravelo, Anelio Rodríguez Concepción.
Ediciones Idea y Aguere. 2011.
ISBN: 978-84-9941-512-3
253 páginas.

lunes, 10 de octubre de 2011

La serena espera.

El paisaje de las tardes en mi calle nunca será el mismo en tu ausencia. Tu arrastrar de pies a pasos cortos, acompasados al ritmo de un corazón cansado de latir, y el jadeo por el esfuerzo quedan para siempre en mi recuerdo.
Me contabas, asomando sonrisas breves tras las tristezas, de lo que te gustaban los bailes, las guitarras, las bandurrias, las romerías, antes, mucho antes de tus abandonos, cuando enviudaste siendo demasiado joven y hermosa como para merecerlo, quedándote con dos niños tan pequeños a los que criar. El grande y el chico, el casi marido, y el solo hijo.

La vida te dio, algunos años después, el zarpazo de enviudar por segunda vez, esta vez de tu hijo mayor, el casi padre, el casi esposo, y el tiempo hizo el resto arrugando tus manos, enturbiando tu mirada tras lágrimas sedantes y volviendo más cansino tu andar, más improrrogable tu vivir.

Mi calle está vacía.

Ya no veo abrir por las mañanas y cerrar por las noches tus ventanas desde detrás de las mías. Ya no siento tu presencia aunque no te viera. Ya no oigo el ladrido alegre de tu querida Chispa, cuando sentía que te acercabas tras el paseo vespertino. Solo alcanzo a ver ausencias. Tu casa se cerró para siempre y no pude abrazarte y despedirme.
Hace dos meses daba un paseo acompañado de mi cámara y te encontré en la calle. Te pedí que sonrieras para fotografiarte. ¿Te acuerdas? Lo intenté muchas veces. No fui capaz de hacerte sonreír. Ahora entiendo esa expresión de serena espera en tus ojos. Recuerdo haber acariciado esa tarde tu cara y susurrarte un "Ay, Antoñita..." Quizás algún día comprenda que el sufrimiento es de quien lo padece y que es vedado a los demás. Espero que sea tarde, o mejor nunca.
Un fuerte abrazo, Antoñita. Un fuerte beso.
Vive en mis recuerdos.

                                                                                  A Antoñita, con cariño eterno

sábado, 8 de octubre de 2011

La cara oculta.


Quería agradecer la colaboración de Inma Vinuesa, que nos trae esta crítica sobre una película que está gustando mucho dentro de una temporada donde no alcanzamos a ver películas que merezcan mucho la pena. Muchas gracias, Inma. 


Crítica de cine: La cara oculta (por Inma Vinuesa)

Coproducción hispano-colombiana, dirigida por: Andrés Baiz, e interpretada por: Quim Gutierrez en el papel de Adrian, Clara Lago en el papel de Belén y Martina García en el papel de Fabiana.
Catalogada como thriller psicológico que indaga en los límites de los sentimientos humanos: amor, celos, infidelidad y traición.
No soy crítica de cine, ni pretendo convertirme en ello, pero lejos del mito de que las películas hispanas hay que mirarlas con otro prisma, La cara oculta me ha sorprendido gratamente, no por el tema que está muy trillado en el mundo del séptimo arte, ni por las interpretaciones, que no destacan por ser especialmente sobresalientes, lo que realmente me ha llamado la atención es la forma tan original de llevar esta historia. Hasta más de la mitad de la película suceden una serie de hechos narrados a través de los ojos del protagonista masculino (Adrian), sin que conozcamos qué le ha sucedido a la protagonista femenina (Belén). A partir de conocer el paradero de Belén, la historia se transforma y observamos  lo que ya habíamos visto desde otro prisma muy diferente, desde el punto de vista de la protagonista femenina. Para mí eso es lo sobresaliente de esta película: las diferentes formas de interpretar un mismo hecho dependiendo del ojo que cuenta y del sentimiento o necesidad que permanece en el que cuenta. Fue especialmente curioso sentir ante una misma imagen, en un periodo tan corto de tiempo, emociones tan opuestas.
Sinceramente, es una película de las que no te deja indiferente y sólo por eso merece la pena verla.



martes, 4 de octubre de 2011

Rumiando.

Raúl quería ser poeta. Con esa vocación había alimentado de goces su cuerpo. Placeres contables e incontables. Viajó por el mundo con actitud camaleónica, mezclado entre sus gentes sin ser visto. Leyó clásicos, los más, y entró en el alma de los poetas hasta alcanzar a ver sus vísceras abiertas. Vio, tocó, olió, bebió fascinado en la fuente de la vida antes de tomar la decisión de escribir y contárselo a todo el mundo.
Se sentó a escribir una tarde de mayo. Lo primero que dibujó fueron trazos breves y frases inconexas. Poco fluidas. Nada reveladoras de sus sentimientos. Rompió una y otra vez papeles garabateados de absurdos. Observaba con impotencia cómo sus pensamientos se desvanecían al asomar por la punta de los dedos.
Raúl dejó entonces de escribir y se sentó en el sofá del salón para revolcarse en él con sus sentimientos. Amor y odio. Desprecio y fascinación. Deseos incontenibles y ascos infectos. Mezclando palabras y sentimientos elaboró platos a veces placenteros y a veces difíciles de digerir. Tortuosos. Rumió toda aquella comida verbal, la única que comió durante días, y por fin encontró un hilo al que agarrarse y empezó a tirar de él para escribir. Llenó hojas y hojas de poemas que describían al mundo, al hombre, la vida y la muerte, y tanto escribió que acabó después de varios días extenuado. Solo y vacío. Llamaron a la puerta con insistencia e intentó hablar, pero ya se había olvidado de hacerlo. Solo sabía escribir y leer lo que escribía. Tuvo hambre otra vez y decidió volver a sentarse a la mesa y comerse de nuevo las palabras que había vaciado sobre el papel. Platos cocinados, ya fríos, listos para volver a ser comidos y vomitados de nuevo en un círculo infinito y vicioso de bulimia literaria.
El hedor que provenía de la casa de Raúl llegó hasta la oficina de los Servicios Sociales. Decidieron, al ver su caso, que lo mejor sería sacarlo de allí. Le prohibieron escribir. Escondieron lápices y papeles mutilando sus manos. Se quedó cocinando entonces platos en su cabeza. Platos hechos de palabras caleidoscópicas. Impronunciables. Rumiando recuerdos.