domingo, 20 de septiembre de 2015

Chinita - Antonia Molinero

Libro: Chinita
Autora: Antonia Molinero
Editorial: En Voz Alta ediciones
ISBN: 978-84-606-7733-8
PVP: 16,91 € (Librería El Corte Inglés)
Para hacerse mujer habiendo sido niña, no hay más que esperar a que la fisiología y el tiempo hagan su trabajo. Para saberse niña habiendo sido mujer, hace falta crecer y madurar. Este, creo, es el principal valor de Antonia Molinero (Madrid, 1964), que ha echado mano de recursos para hacerlo y, tras leer Chinita, creo que lo ha conseguido.

Antonia ha creado un personaje redondo, definido. Desde hace mucho tiempo, casi desde que la conozco (y ya van unos cuantos años), la oí hablar de este personaje aunque al principio no tuviera nombre, primero como trazos indefinidos, que poco a poco fueron tomando forma, más tarde como realidad a punto de concretarse. Fue un embarazo largo. Antonia la llevó muy dentro aunque nunca se lo noté durante unos cuantos años, por eso ha nacido así, tan definida y palpable. Chinita no es una niña ni tampoco una adulta. Por eso vale tanto para un roto como para un descosido. 

No se trata de una novela. De hecho es un libro para leer a pequeñas dosis. Se trata más bien de un tratado del sentido común ideal para niños, jóvenes y viejos. Cada página es una historia cargada de filosofía, filosofía de pequeña adulta de nueve años, con una voz propia y actual. Está escrita a modo de diario y es por eso que lectura y escritura tienen que ir de la mano. Así me lo leí: cada noche, antes de ir a la cama, mejor dicho, dentro de la cama, como quien coge papel y lápiz y escribe lo que pensó de lo que le pasó en el día. De esta manera fui menguando de tamaño y creciendo en sabiduría y se me achinaron los ojos hasta cerrárseme en ensueños.

Y algo de valor añadido: Chinita es un libro, no es un ente virtual. Disfruté tanto de su lectura como de la aportación de fotógrafos e ilustradores como Juan Pedro Ayala, Juana Fortuny, Miguel Ángel Roldán, Roy Fernandez Galán o Tarek Ode, entre otros.

Antonia Molinero, escritora y directora
de la Escuela Canaria de Creación Literaria
(Foto extraída de Google Images)
La obra está estructurada en tres partes, cuatro más bien si contamos la primera, la de la presentación, la que nos pone en situación. Luego viene a contarnos el mundo visto a través de sus ojos de niña oriental en un mundo occidental, con esas costumbres tan lejos de las suyas de origen. Era necesario hacerlo así. Para explicar muchas de las incongruencias y sinsentidos de nuestra niñez, es necesaria la visión llena de crítica de alguien apátrida en busca de su sitio, como ella. Y esa edad que ella tiene es clave, esa edad en que se empieza a pisar la preadolescencia, en que empezamos a dejar atrás el niño crédulo para convertirnos en pequeños cuestionadores. Nosotros nos lo creíamos todo, lo aceptábamos todo, porque sí, por pura psicología infusa, por obligación existencial. Ella no. Por eso me arrancó más de una sonrisa de "ahí la has dado". Y me lo pasé bien aprendiendo de mí a través de ella.

Chinita se trata de un homenaje a nuestra infancia, a nuestra familia, a los abuelos, sobre todo los abuelos, esos que tanto nos marcaron porque estaban más cerca de nosotros que nuestros padres de los que tuvimos que tomar distancia para evitar lo que siempre quisieron: que no creciéramos. 




jueves, 10 de septiembre de 2015

Todas las personas que mueren de amor - Víctor Álamo de la Rosa

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Título: Todas las personas que
mueren de amor.
Autor: Víctor Álamo de la Rosa.
Editorial: Salto de Página S.L.
ISBN: 8416148228
pvp: 15,11 € en Agapea
“Y fin” y no podía acabar de mejor manera. He leído varias novelas de Víctor Álamo de la Rosa. No he podido leerlas todas pero seguramente lo haré. Es uno de mis escritores preferidos y les voy a decir por qué con solo tres palabras, porque es escritor, y me explico: es apasionado hasta el punto de morir por escribir, es apasionado hasta el punto de resucitar para escribir.

“Todas las personas que mueren de amor” se trata de un ejercicio ingenioso donde nada parece lo que es. No sabemos si los muertos murieron o viven. Todo el escenario está recreado usando un estilo milimétrico que juega con las percepciones del lector a modo de una pecera al revés, donde el que vive dentro (el hospital) interpreta lo que pasa fuera, lo que ve y lo que no ve pero se imagina. Una voz lleva la voz cantante, aunque no sólo hablará uno de los personajes, (que cada uno tendrá su turno de palabra), y así habrá más voces que acudirán a hablar del difunto vivo, como sucede en la vida misma donde cada uno opina sobre lo que somos y sobre los demás: siempre somos juzgados. El nivel técnico de la escritura de Víctor es muy alto, esto ya deja de sorprenderme, pero me llamó poderosamente la atención los cambios de voces y registros sin que me haya chirriado lo más mínimo. Esto es posible porque Víctor maneja muy bien el lenguaje: lleva al lector de la mano y no lo suelta hasta ese punto y final (¿o será un punto y seguido?).

¿Qué nos ha querido contar Víctor? En “Todas las  personas…” Víctor muere para seguir siendo escritor. Casi podríamos decir que se trata de un suicidio literario. Hay mucho de Víctor Álamo escritor en sus líneas. Creo no equivocarme (el tiempo lo dirá), pero en un futuro, cuando estudien la obra de Víctor, considerarán esta novela como una obra de transición en su trayectoria literaria, porque no me cabe la menor duda de que vienen más novelas, al menos dos novelas más por lo que se desprende de la lectura del libro.  Este no es un cambio de registro, esta no es la primera novela de un nuevo Víctor después de que dejara su universo literario de “la isla menor”. La primera novela aún está por llegar. En las 168 páginas de “Todas las personas que mueren de amor” se encierran una serie de guiños crípticos hacia su obra y lo que significa “morir por escribir” y “resucitar para escribir”.  No voy a compartir aquí esos guiños literarios porque el encanto de la lectura está en buscarlos para poder saborear la historia, pero el mensaje que me queda después de leer esta última obra de Víctor es una gran verdad: el escritor debe tener la osadía de cuestionarse, de mirarse al espejo, de decirse que tiene que morir, de matarse para seguir escribiendo. Hay muchos ejemplos de escritores que no lo hicieron y que siguen escribiendo a pesar de llevar años muertos remuertos de verdad, y sus libros apestan porque ya nacieron fallecidos. Eso no le ocurrirá a Víctor, por encima de que te fascine o no te guste su obra.


Víctor ha muerto y resucitado. Yo apenas he nacido. Me queda mucha vida por andar. Me tengo que dar prisa. Quiero morir en el intento.