viernes, 6 de abril de 2012

Abrazando cuervos.

Las miro temeroso.
Llegan oscuras como blancas sonrisas
engañosas.
Arañan hasta estigmar viejos surcos sembrados.
En la estancia el dulce amarga,
ya no huele a té afrutado.
La herida se abre
y cicatrizar no puede, y sangra:
no hay agujas,
ni guantes, ni manos, ni hilos, 
ni ganas.
Los cuervos esperan,
acechan siempre que huelen sangre.
Entran en las carnes abiertas,
picotean escombros de entrañas:
esas que aman como saben libres,
cansadas de tejer sueños con lanzas.
Barras de hierro cierran la herida:
herrumbre gastada.
Revolotean furiosos en negra maraña
El aire falta.
Graznan roncos estertores,
rompen sus recias plumas con dolores consentidos.
Abrazo mis carnes y me hago ovillo:
se cierra la jaula, jadean dentro.
Enmudece el silencio.
supura la herida,
se olvida el recuerdo.

4 comentarios:

Ana J. dijo...

No, si terminaréis haciendo que tolere la poesía.
Este, en concreto, llega hondo. Demasiado dolor, demasiado.

Inma Vinuesa dijo...

Las viejas heridas del pasado son cicatrices difíciles de olvidar, dejan huellas profundas que a veces chillan por dentro y te retuercen de dolor. Hermoso poema, duro poema, profundo y triste. Enhorabuena escritor haces de cada palabra un puñal que se clava hondo.

Ángeles Jiménez dijo...

Doloroso retumbar de heridas sin curar, desgarros cercanos de cuervos traicioneros, negros, siniestros. Abre la ventana y échalos a volar.
Lo siento, Ana, pero no te queda otra que quitarte el sombrero y abrirte a la lírica miguelangelina.
Estupendas letras, mi querido amigo, un placer.

Aniagua dijo...

Supura el alma.. Me gustan mucho tus metáforas..
un abrazo