martes, 10 de diciembre de 2013

El oficinista - Guillermo Saccomanno

Llevaba un año atrás de leerla. No me atraía nada en especial sino el que se hubiera llevado el premio biblioteca breve en el año2010. Sólo eso y esa portada tan llamativa, con esos dos perros rojos danzando amenazantes sobre la cabeza de un hombre cabizbajo, arrastrando su maletín, un hombre sin sombra. Se trata de la séptima novela de Guillermo Saccomano, “El oficinista”.

El tiempo que esperé ha valido la pena. Se puede cuestionar la historia, ya lo sé. Quizás a algunos de los que la hayáis leído opinareis que la historia en sí y el desenlace hayan sido decepcionantes. A mí no me ha pasado. Yo en la trama no voy a entrar porque no es lo que más me ha gustado del libro y al final eso es lo menos relevante porque, a mi modo de ver, lo que Guillemo Saccomano pretende de nosotros con “El oficinista” es que nos empapemos de una atmósfera, de una ciudad sin nombre en un momento atemporal. Es muy difícil en tan pocas páginas plasmar con tanta claridad un mundo que intuimos futurista sólo porque no lo hemos vivido, ya que tiene trazas de tiempos cercanos, lo cual puede apreciarse con esa recreación de un mundo empresarial propio de la primera mitad del siglo XX. Yo la veo ambientada en un futuro caótico con trazas del presente y también del pasado, donde el ser humano ha dejado de existir, de vivir por sí mismos eligiendo sus destinos, un mundo donde la fractura social es definitiva.

Los personajes de “El oficinista” han dejado de existir hasta tal punto, que ya no quedan ni sus propios nombres. Sólo son un rasgo, una prenda, un parentesco o una etiqueta laboral. Saccomano hábilmente quiere que participemos de esa falta de existencia, de esa sensación de incertidumbre, de esa falta de aire lograda a base de capítulos y frases cortas y esas aspas de helicópteros, siempre presentes, removiendo el aire e instalando el ruido. Logra con su estilo que el lector no sepa más que lo que un habitante de esa ciudad es capaz de llegar a conocer, que viva de suposiciones, de prejuicios, de permanente miedo a la seguridad. Ahí está la clave: Guillermo nos presenta a un narrador que vive pegado al protagonista, a ese triste oficinista que vive cada día como un perenne revival. A veces tenía que pararme y cerciorarme de si el narrador no era en primera persona, pero no, era en tercera persona, ¡vaya si lo era!, pero tan cercano al protagonista que era difícil de discernir donde acababa el narrador y empezaba el personaje. Yo me sentí subido a la chepa del oficinista, visualizando sus pensamientos, siguiendo sus razonamientos, viviendo su angustia enfermiza. La calle está llena de peligros, sin embargo, paradójicamente, al oficinista nunca le pasa nada (miren la portada, no es casual). Esto, que podría parecer inverosímil y alejado de la realidad, a mi modo de ver es intencionado, lo introduce Guillermo como un factor más para hacernos ver a ese personaje como un auténtico don nadie, ni siquiera merecedor de ser héroe de su propia novela.

Su única aventura es un sueño elaborado, una historia de amor, la historia de amor más grande jamás contada, una farsa. Esa figura del amor idealizado inspirado en la figura de la secretaria, no es un amor convencional, no es un amor de telenovela. Está a caballo entre la atracción física y la perversidad y el morbo de mantener una relación con la amante de su jefe. No es sólo el deseo de reencontrarse con su juventud, con sentirse vivo, con revivir el amor primigenio. Se trata de una huída, de acabar con su existencia y volver a nacer. No es puro el amor del oficinista porque lo vive de forma furtiva, rodeado de desconfianzas, sacando conclusiones a partir de las señales y no de un diálogo abierto, sincero, porque en ese mundo los personajes se han olvidado de hablar. Se han vuelto mudos por culpa de los ruidos.

Como podéis comprobar no puedo ocultar que me ha gustado El oficinista. Es técnicamente una genialidad literaria. Me recuerda mucho, salvando las distancias, a “Bartleby el escribiente” de Herman Melville, sólo que aquí nos poníamos en la piel de quien observa al protagonista sin llegar a saber nunca el por qué de esa obsesión y persistencia en la resistencia pasiva al trabajo. En “El oficinista” nos ponemos en la piel del protagonista, una figura sin importancia que no tiene, el pobre, ni un mísero perro clonado que se fije en él y lo vea lo suficientemente apetitoso como para darle un bocado.

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