lunes, 10 de octubre de 2011

La serena espera.

El paisaje de las tardes en mi calle nunca será el mismo en tu ausencia. Tu arrastrar de pies a pasos cortos, acompasados al ritmo de un corazón cansado de latir, y el jadeo por el esfuerzo quedan para siempre en mi recuerdo.
Me contabas, asomando sonrisas breves tras las tristezas, de lo que te gustaban los bailes, las guitarras, las bandurrias, las romerías, antes, mucho antes de tus abandonos, cuando enviudaste siendo demasiado joven y hermosa como para merecerlo, quedándote con dos niños tan pequeños a los que criar. El grande y el chico, el casi marido, y el solo hijo.

La vida te dio, algunos años después, el zarpazo de enviudar por segunda vez, esta vez de tu hijo mayor, el casi padre, el casi esposo, y el tiempo hizo el resto arrugando tus manos, enturbiando tu mirada tras lágrimas sedantes y volviendo más cansino tu andar, más improrrogable tu vivir.

Mi calle está vacía.

Ya no veo abrir por las mañanas y cerrar por las noches tus ventanas desde detrás de las mías. Ya no siento tu presencia aunque no te viera. Ya no oigo el ladrido alegre de tu querida Chispa, cuando sentía que te acercabas tras el paseo vespertino. Solo alcanzo a ver ausencias. Tu casa se cerró para siempre y no pude abrazarte y despedirme.
Hace dos meses daba un paseo acompañado de mi cámara y te encontré en la calle. Te pedí que sonrieras para fotografiarte. ¿Te acuerdas? Lo intenté muchas veces. No fui capaz de hacerte sonreír. Ahora entiendo esa expresión de serena espera en tus ojos. Recuerdo haber acariciado esa tarde tu cara y susurrarte un "Ay, Antoñita..." Quizás algún día comprenda que el sufrimiento es de quien lo padece y que es vedado a los demás. Espero que sea tarde, o mejor nunca.
Un fuerte abrazo, Antoñita. Un fuerte beso.
Vive en mis recuerdos.

                                                                                  A Antoñita, con cariño eterno

7 comentarios:

Marimer dijo...

He empezado este lunes con los ojos humedecidos leyendo tu relato, que me ha transportado a mis propias vivencias y recuerdos de seres queridos. Es ley de vida.
Enhorauena.
Saludos.

Inma Vinuesa dijo...

Miguel Angel, con lágrimas en los ojos, creo que esta es la mejor despedida que le podías hacer a Antoñita. Gracias a tus palabras estará en el recuerdo de todos los que te leemos.

Isabel Expósito dijo...

Emotiva, dulce semblanza de un adiós. Estelas agridulces parece haber dejado en tí Antoñita. Al leerte: "el sufrimiento es de quien lo padece y que es vedado a los demás" no pude evitar acordarme de un entrañable amigo que también se fue, que me decía siempre lo mismo, aunque de manera más prosaica: "mi dolor de muelas es MI dolor de muelas". Cuánta verdad¡ Un cálido abrazo.

Miguel Angel dijo...

Muchas gracias. Yo también lloré. Solo un poco. Se que era lo que quería hacía tiempo, lo que serenamente esperaba. Le enviamos flores de nuestro jardín para despedirla. Ahora sí que estará sonriendo. Por fin.

Ana J. dijo...

Cuánta emoción en esta despedida!
Hay personas que dejan huella incluso en su silencio y su tristeza se hace un poco la nuestra.
A pesar de las tragedias que marcaron su vida, tuvo suerte de contar con alguien que supo darle afecto, antes y después de su muerte.
Me has emocionado, Miguel, muchísimo, más de lo que pueda expresar.

Ángeles Jiménez dijo...

No creo que Antoñita pudiera imaginar tan cariñosa y sentida despedida, ni que haya flores que puedan alegrar más su memoria. Que descanse feliz, un beso enorme para ella y para ti, Miguel por compartir tu pena.

lenita dijo...

Grande ese amor y ese recuerdo, me trajo a la memoria a mi abuela fuerte, a mi abuela tierna. Preciosas palabras, precioso relato.