viernes, 19 de agosto de 2016

Taborno


Taborno. Llegué a Taborno (Foto: N. Lorenzo)
Un consejo que me dieron hace tiempo: cada año tienes que visitar un lugar en el que nunca hayas estado. Siguiendo con mi propósito de no moverme de Canarias este año tal como comenté no hace mucho tiempo por aquí, me fui al mapa y vi un nombre guanche: Taborno. Me di cuenta que no había estado nunca allí a pesar de estar tan cerca, y que seguro que  sería un buen lugar para conocer, y nos calzamos las botas y fuimos a Taborno, andando, como lo hacían hasta no hace mucho las gentes de ese lugar y sus alrededores. Nos dijo una señora que allí nos encontramos, que hará unos cincuenta o sesenta años que hicieron la carretera que llega hasta el caserío. Antes, si querías trabajar en “la ciudad” o ir a comprar unas aspirinas, tenías que recorrer un sendero entre helechos y laureles, cuesta arriba, hasta llegar a la parada de la guagua, un sendero de más de dos horas de recorrido. Por suerte nosotros lo hicimos cuesta abajo sin intención de desandar lo andado. La señora allí seguía, después de mucho pateo por esos montes, vivita y coleando y con cara saludable. No supo precisarme cuántos vecinos había en Taborno. Decía que unos cincuenta o más, “sin contar los muertos” (me hizo gracia su ironía).
Otra señora con batín de andar por casa que encontramos camino de la ermita, no recordaba a bote pronto cuándo había venido la doctora. Al momento cayó en la cuenta: “¡ayer, vino ayer!”, nos dijo con contentura de haber hecho memoria, para luego decirnos que le tocaba venir ahora dentro de cuatro semanas. ¡Un mes! No supe qué decir, sólo se me ocurrió que bueno, que los médicos mientras más lejos mejor, que aquí seguro que la gente no necesitaba tanto médico, que aquí se vivía muy sano. “Y tranquilos” me apuntilló con una sonrisa.
Una de las cabras de El Cabrero (foto MA Brito)
Me gustó Taborno. Me gustó mucho. Un caserío amarrado a una cresta escarpada, con barrancos a diestra y siniestra, donde no queda otra que caminar de frente hasta toparte con el roque que marca el final del camino. Ese roque de Taborno me pareció un gigantesco punto y final cuando me puse frente a él. Camino del roque nos encontramos con un hombre al que sólo le quedaba un diente haciendo funambulismo por detrás de su labio superior. Nos saludó y nos dijo una frase de esas a las que se echa mano para entablar conversación: “buen día para dar un paseo” (con el calor que pegaba a las tres de la tarde…). Hacía un rato lo habíamos escuchado a lo lejos reprender al gato (seguro porque habría hecho alguna perrería). Nos dijo que iba a llevarse las cabras a pastar a la fresca, por detrás del roque. Le pregunté cuántas cabras tenía y no me supo precisar: Debe ser un rasgo de las gentes de Taborno el no contarse ni contar, pensé. De todas formas las cabras, me dijo, no eran de él sino de El Cabrero. Me llamó mucho la atención esa figura: El Cabrero. Lo dijo en ese tono como quien dice El Alcalde o El Señor Director del Banco. Le estaba haciendo un favor ya que El Cabrero había tenido que ir a la Laguna a resolver unos asuntos y no volvía hasta la tarde. Compañero que era el hombre: hoy por ti que mañana será por nosotros, esa manera de pensar que tanto echamos de menos a una hora de distancia de Taborno.
Ya de vuelta vino a acompañarnos a la parada de la guagua una madre con su pequeña. Mientras esperábamos a que llegara, nos dijo que conducía cuarenta y cinco minutos todos los días para llevarla al colegio, siempre que no tuviera el coche averiado. Ella prefería que fuera a clases al colegio de Las Mercedes, a pesar de que estuviera más lejos, que a la unitaria de Las Carboneras que está apenas a quince minutos, que eso de niños mezclados de distintas edades y conocimiento no lo veía nada bien, que ella quería que su pequeña no tuviera problemas para cuando fuera al instituto ni para cuando estudiara la carrera. Sueños de que volara tenía la madre para su pequeña, sueños de que saltara por encima del Roque de Taborno y que en vez de punto y final fuera un punto y seguido, y que llegara más lejos de lo que pudo ella llegar, por detrás de los roques de Anaga, lejos, muy lejos. “Esa es la mejor herencia que le puede dejar”, le dije. Ella asintió con la cabeza; en silencio.

Caserío de Taborno con el Roque de Taborno al fondo (Foto: MA Brito)


El Roque de Taborno, ese gran "punto y final" (Foto: MA Brito)

Espectacular vista del mar desde Taborno

Hay muchas especies vegetales que sorprenden por sus formas. Helecho (Foto MA Brito)

Secos (Foto: MA Brito)

La explosión del Drago. Drago en la plaza de Taborno (Foto: MA Brito)

Descanso. (Foto MA Brito)
 

2 comentarios:

Ana J. dijo...

Nunca deja de asombrarme la fortaleza de esas personas que hacían la ruta a diario, a pie, hiciera frío o "un buen día para dar un paseo". Y los del Batán, y los de Afur...
Increíble. Te hace sentir pequeñita, pequeñita. Igual que cuando te enfrentas al roque o a la costa, allá abajo, abajo.
Qué bueno que hayas gozado de este rincón y que lo compartas con nosotros!

Miguel Angel Brito dijo...

Sabes qué Ana? Una de las razones de elegir Taborno es una conversación que te escuché sobre una visita que hiciste allí. Digamos que fui allí porque una vez oí hablar de ese lugar. Ojalá este post tenga el mismo efecto sobre otros como yo.
La mujer de la que hablo que tenía una hija, me dijo otra cosa que no puse y que me pareció algo triste: me dijo, "qué raro se me hace escuchar a gente hablando como nosotros. Normalmente por aquí sólo aparecen estranjeros de visita". Para reflexionar...