miércoles, 12 de junio de 2013

Nadie me escuchaba


grito, enfado, gritarPor mi boca se asoman.
Otra vez. Son esos ruidosos espasmos carentes de sentido, cada vez más incongruentes, que cabalgan atropellados como una jauría, que cortan el aire, que abollan el silencio con sus coces. Esos que adormilan las iniciativas y despiertan las alertas. Esos que son capaces de acobardar al más valiente defensor de sus ideales.
Sí. Lo sé. Sé que ellos, los que los escuchan, a mis espaldas se refugian en sus cuevas, y sus silencios iniciales poco a poco se convierten en una coral de susurros que me juzgan, lejos, para que no los escuche. Lo que no saben es que sus ecos me llegan en forma de cruces de miradas, sonrisas impuestas, espásticas, gestos cómplices y delatores.
A mí no me queda otra que seguir haciendo resonar mi estómago. Ya no recuerdo cuándo dejé de hablar, ni cómo sonaba mi voz. Sólo sé que nadie me escuchaba.

6 comentarios:

Aniagua dijo...

A veces cuanto más gritamos menos nos escuchan...
Es un placer leer a un escritor com tú.
Besos

Inma Vinuesa dijo...

Gritos, la primera razón de la sinrazón,del sinsentido.
Magnífico micro.

Belén dijo...

A veces parece que lo realmente importante no se quiere escuchar, ni gritando ni en susurros.

Miguel Angel Brito dijo...

Muchas gracias Aniagua. Efectivamente. Yo incluso diría que eso ocurre no sólo a veces sino siempre. Todo un elogio que sea un placer para ti leerme. El sentimiento es recíproco.

Gracias Inma. Ciertamente es un sinsentido gritar. Es el recurso de la impotencia, la incapacidad. Es la evolución del ser humano hacia la especie animal.

Cierto Belén. ¡Qué importante es que te escuchen! Pero para eso hay que dejarse oír y eso no está en función sólo del volumen de la voz, sino de las palabras que se dicen.

Ana J. dijo...

Impresionante el dolor que transmite!

Ángeles Jiménez dijo...

Te escucharán, los que importan siempre escuchan y ahí no hace falta gritar.